Cochabamba, Bolivia, Domingo 10 de septiembre de 2017
Ramona

La pasión, muerte y resurrección de un grande

En un mismo año, el 2010, Wilstermann fue campeón de la Liga y cayó al descenso, de donde recién salió en 2012. Este texto reconstruye el que fue el momento más triste de la historia futbolística del cuadro rojo, al tiempo que rinde homenaje a los jugadores que lo devolvieron a la vida.
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Por: Joel Vera Reyes Desde EEUU | 10/09/2017



Un golazo a los 24 minutos del segundo tiempo fue suficiente para que Wilstermann despierte de una pesadilla que se prolongó por un año y medio. Los “aviadores” se sacudieron así de entre sus cenizas tras vencer a Guabirá 1-0 en un partido de desempate, que se jugó en una congelada noche de Sucre el penúltimo día del mes de mayo de 2012, en un estadio Patria que palpitó al ritmo de unos 8.000 corazones wilstermanistas que explotaron en sus graderías, cuando el argentino Juan Carlos Ojeda envió un misil de zurda desde la media luna frontal del área grande para anotar el único tanto del último capítulo del vía crucis rojo, y que latieron como si fuesen uno solo tras el pitazo final del juez chuquisaqueño José Jordán para festejar hasta las lágrimas su ansiado retorno a la Liga del Fútbol Profesional Boliviano.

En ese momento quedaron atrás las amargas jornadas de derrotas, lejos quedó el sufrimiento de los hinchas y entonces solo se les grabó en la memoria aquella hazaña de los jugadores y de un cuerpo técnico “de emergencia” comandado por Mauricio Soria. Y es que a Wilstermann nada le fue fácil en ninguna de las etapas en el largo camino del retorno a la Liga que se le hizo casi eterno, tanto así que tuvo que esperar hasta el último de los minutos de su infierno en la segunda división, para quitarse la soga del cuello y bajar de su cruz para volver al sitio que dejó vacío. En ese momento, para el pueblo “aviador”, el eje de este planeta volvió a su lugar y el universo encontró una calma que -desde entonces lo sabe- puede traicionarle.

Pero la agonía aviadora comenzó mucho antes, con una paupérrima gestión dirigencial que cometió un increíble error de cálculo cuando aceptó no validar puntaje para el punto promedio en el arranque de la temporada Apertura 2010, justo cuando paradójicamente más unidades sumó y hasta se coronó campeón nacional de la Liga. Y fue campeón sin lograr indulto para una pena máxima que se consumó acto seguido. Agonía que se olvidó por un instante en la Copa AeroSur que también coronó, pero que nuevamente asfixió a Wilstermann desde el inicio del Nacional B, cuya primera fase -la de grupos- concluyó segundo. Agonía que se hizo dramática y patética en ese cuadrangular final, cuando cayó las veces que salió -goleada 4-2 ante Universidad incluida- y que en su cancha resolvió dos veces milagrosamente y en una tercera no pudo pasar de un empate que lo condenó a concluir el torneo en busca de su retorno en tercer lugar materializando un fracaso rotundo.

La cadena del desastre comenzó antes con esa amarrete gestión que no hizo lo necesario para conseguir verdaderos refuerzos y encarar el torneo Nacional B en busca del regreso al profesionalismo. Como tiro de gracia, la crisis se profundizó con la inexplicable partida de Amilcar Sánchez y Víctor Hugo Melgar, que vivían el mejor momento de su madurez futbolística y que por entonces eran piezas clave y “de la casa” en el medio campo, a cambio de treinta monedas. A esto se sumó la tardía reacción de esa misma dirigencia para el cambio de su cuerpo técnico, lo cual concluyó con un rotundo fracaso en el torneo Nacional B, del cual ocupó una vergonzosa tercera plaza que por una excepción hasta ahora polémica y discutida le posibilitó el ascenso casi por la ventana, siendo un “grande” entre equipos considerados “chicos”, entre los que finalmente pudo consumar un nuevo inicio.

Es posible que aquella entrega inagotable de figuras de la casa como Marcelo Carballo, otras nuevas en la historia roja con similar experiencia como la de Ronald Arana, otras que por entonces fueron parte del cotidiano aviador como el portero Mauro Machado y jugadores como Richard Rojas, Sergio Garzón, Diego Bengolea, José Luis Llanos, Gianakis Suárez, Ítalo de Souza, Nicolás Tórrez o Carlos Vargas, haya quedado casi en el olvido. Sin embargo, ese grupo que no pudo levantar aquella copa, que de seguro no estaría entre las más preciadas de las vitrinas aviadoras, aquel que sufrió tanto en cada partido, ese que oró pidiéndole ayuda a Dios sobre el césped y que lloró a mares cada derrota en la intimidad de su vestuario, es nada más y nada menos que el artífice de la resurrección de Wilstermann, de un nuevo punto cero. Ese puñado de hombres, que se tragó insultos desde las gradas, que aguantó la presión de la prensa, que llevó sobre sus hombros el sufrimiento de sus familias, ese mismo que tan solo a vuelta de página recibió como pago la indiferencia de su público y el despido casi general como “premio” por parte de una nueva dirigencia. Ese grupo es el que ha escrito con sudor y lágrimas la génesis de una nueva era, el nacimiento de una nueva generación cuyos herederos están a un paso de saborear los frutos más dulces de aquella hazaña conquistada en aquella fría noche de mayo en Sucre.

De la gloria a la tumba en cinco meses

Silencio. Luego sollozos y nuevamente el silencio.

Así fue la vuelta de los hinchas de Wilstermann esa amarga tarde del 28 de noviembre cuando su equipo consiguió una victoria (1-0) sobre su clásico rival Aurora en el estadio Félix Capriles colmado, pero de nada le sirvió porque Real Mamoré le había empatado a Universitario en Sucre y su equipo descendió a los infiernos.

El descenso de Wilstermann se produjo cinco meses después de haberse coronado campeón en el Apertura 2010 y luego de dos temporadas de caminar a los tumbos en la Liga. Un año antes había salvado el descenso indirecto venciendo a Ciclón de Tarija, pero la crónica de su muerte anunciada se fue escribiendo con cada partido.

El llanto. La imagen de dos barras de aviadores con el rostro pintado, abrazados, llorando desconsolados en las graderías lo decía todo. En la salida del Capriles nadie decía nada, nadie creía que la larga tradición de los entonces 61 años de historia sin haber descendido jamás de categoría, se había roto y que el futuro era una nebulosa, era la muerte.

Cual si fuesen dolientes acompañando un féretro, al menos tres generaciones de hinchas aviadores caminaron juntos pero distantes. Niños, padres y abuelos volvieron entre murmullos y sollozos a sus casas desde Cala Cala, como en un rito inverso al de la alegría y entusiasmo con el que cada domingo se fueron forjando las nuevas generaciones aviadoras. Como si la razón de aquel rito de domingo hubiese desaparecido. Y en partes lo hizo, porque aquella victoria que paradójicamente marcó el descenso de Wilstermann caló profundo como nada antes lo había hecho en el alma de su pueblo, porque en tan solo cinco meses caminó de la gloria hasta su propia tumba.

Periodista-joelverareyes@gmail.com








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