Cochabamba, Bolivia, Domingo 10 de septiembre de 2017
Ramona

La noche que Boca cayó

Una crónica del partido que el Wilstermann de Taborga le ganó el equipo argentino, el 30 de julio de 1982. El gol del triunfo lo marcó Miguel Ángel Bengolea a los 84 minutos.
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Por: José Vladimir Nogales | 10/09/2017



Volvió la mística al Capriles. Volvieron el corazón y la electricidad al viejo estadio de Cala Cala, escenario de incontables batallas. Una se libró ante Boca Juniors, entre el bramido del frío austro. Del combate salió ganador Wilstermann, que recuperó el orgullo perdido. Después de un primer tiempo frío y táctico, el cuadro rojo se lanzó contra Boca con el coraje de sus jugadores y el griterío de la hinchada. El xeneize apenas encontró argumentos para pretender algo más que conservar el cero. Jugó de manera difusa y se vio sometido a un partido de gran tensión, un duelo que se decidió a la antigua, con un gol de foto sepia, como lo pedía una noche sin artificios, una noche que desató el delirio en las poco pobladas tribunas. El duelo discurrió de inicio por debajo de las expectativas, que eran moderadas. La crisis cambiaria de marzo (que hizo trepar el dólar y acentuó un angustioso proceso inflacionario) había mutilado una concurrencia no excesivamente ansiosa por ver a un Boca desmantelado (Maradona había fichado por Barcelona) y a un Wilstermann turbulento, indefinido (el retorno de Gastón Taborga devolvía luz a un andar brumoso).

La alineación de Wilstermann prometía una carga intensa, con todos los delanteros a la caza del gol. Pero la realidad fue diferente. Boca logró aquietar el ritmo, fagocitando el tibio juego rojo. El trámite era confuso, el fútbol enredado. La presión de Krasousky, siempre constante, se imponía a la creatividad de Taborga. Boca recuperaba pronto el esférico, pero no generaba demasiado. Su fórmula consistía en agarrar alguna contra para que Gareca o Scotta se jugaran un duelo ante Villalón o Navarro. De a poco, Wilstermann creció. Ajustó las marcas y encontró más libre a un escurridizo Taborga, que lograba huir de su cancerbero. En el pináculo de la marejada roja, emergió Gatti para calmar la furia de los vientos. Y la tempestad cesó.

Con la vieja mística, Wilstermann entró a la segunda parte tratando de apurar el desarrollo. Ensayó variantes (aceleró la marcha y probó de fuera) que disfrutaron de corta vida, al menos hasta que Boca cercó a Taborga y estranguló su incidencia. Atascado Taborga y perdido Blanco, el local viró hacia Melgar, que puso todo el empeño del mundo, pero abrochado por Ruggeri y Mouzo acabó la noche en el limbo. A la contra, con el rival abierto, Boca tuvo su chance: Roger Pérez se jugó la vida para interceptar un letal envío de Brindisi para Gareca.

Aún sin ideas claras para usar el balón, Wilstermann apretó con fuerza. Boca, que había vivido en la comodidad, se incomodó y perdió la pista al partido, que se volvió intenso, sin artificios, pero con una vena intrépida. Era el viejo Wilstermann de la épica. El Capriles era un clamor porque el gol se anunciaba. Y llegó. Navarro, oportuno para rematar los tiros de córner, se levantó con majestad e impactó de cabeza. Gatti erró en la salida. Luquez, sobre la línea, logró despejar, pero el balón quedó corto. Bengolea, con potente zurdazo, desató el delirio en las gradas y finiquitó una noche de gloria.

Periodista deportivo





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