Cochabamba, Bolivia, Domingo 3 de septiembre de 2017
Ramona

Un libro para no bailar

Sobre La Opera Chola. Música popular en Bolivia y pugnas por la identidad cultural (Plural Editores), del investigador Mauricio Sánchez Patzy y recientemente presentado en Cochabamba y La Paz.<BR><BR>
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Por: Beatriz Rossells | 03/09/2017



El libro La Opera Chola. Música popular en Bolivia y pugnas por la identidad cultural (2017) de Mauricio Sánchez es un aporte sustancial para el estudio y conocimiento de la música boliviana. Nosotros, los bolivianos que amamos la música en general y particularmente, la nuestra, aprovechamos de ella con muchos motivos de fiesta, alegría, baile, cumpleaños, festivales, nombramientos, etc. Pocas veces pensamos en que es una temática compuesta por numerosas otras temáticas que merecen la reflexión y el estudio. Esto es lo que Mauricio Sánchez ha realizado, primero, como tesis universitaria y luego profundizando y puliendo durante más de 15 años para ofrecernos este difícil pero necesario trabajo.

¿Por qué es tan importante estudiar la música popular con tanto ahínco, se preguntarán algunas personas, no es mejor gozar de ella y engrandecerla en la práctica, vale decir bailando? Veremos que no es así, la parte de la apropiación, la transformación y uso de las músicas es fundamental, pero la otra, la que nos ofrece explicaciones, la que recopila información, guarda la historia de los compositores, cantantes, instrumentistas y grupos que ponen la música en acción es también vital, de lo contrario, solo estaríamos conscientes del presente, de lo que está de moda, y no del pasado en el que cientos de artistas, cantantes y bailarines dejaron parte de su vida.

Pero Mauricio Sánchez enfatiza algo que varios investigadores han anotado: la música popular es casi parte de la estructura social en este país de tan ligada que está a la vida cotidiana, a las celebraciones y a la política. El autor penetra hasta los recónditos canales por los que circula la música y se encuentra con el público, las personas o sujetos. ¿Cómo se producen esas conexiones misteriosas? ¿Es que la música trae, ya por sí misma, una cantidad de elementos que embrujan y recuerdan a los oyentes ciertos pasajes o temas especiales que motivarán de cualquier manera ciertas reacciones? En cierta forma, sí, la música contiene numerosos elementos provocadores de una serie de reacciones que tocan las cuerdas más sensibles de las personas que han acudido a escuchar ciertas músicas específicas, aunque puede ocurrir también lo mismo con otras músicas totalmente desconocidas. Pero la otra fase de la música es que el público le otorga el sentido mismo que para él tiene, el público consagra las músicas, las involucra en su identidad aunque a veces no sean propiamente de su tierra.

Así como la música es un espacio de luchas y batallas ideológicas, es también un lugar de contactos, de aproximaciones, de generación de sentimientos positivos por medio de intrincados movimientos que en los objetivos del autor se concentran en la relación entre la música popular y la identidad social. Sánchez se introduce en la selva de signos y complicadas rutas en el proceso musical inmerso en el medio social, estructurado en clases, hegemonías, contrahegemonías, preferencias, imposiciones o seducción permanentemente activas en las interrelaciones sociales.

Por cierto, necesitamos comprender qué hace a algunas melodías o músicas o ritmos, exitosos y a otros no, qué mecanismos influyen en estas decisiones. Veremos que no son tan sencillos como parecen pues intervienen diversas propuestas de identidad que están constituidas por narrativas, esta es la hipótesis central del autor, las formas de relación con el sentido que las personas dan a las cosas, una especie de tramas argumentales que ayudan a explicar la vida, que a la vez no son indisolubles, ellas pueden transformarse de muchas formas, particularizadas por los diferentes estilos o ritmos musicales.

En Bolivia se aprecian estas macrotendencias: folclore, neofolclore, música moderna rock, jazz, balada y música tropical. Comprendida esta primera fase viene la articulación entre las grandes tendencias y las formas en que se realizan las interpelaciones y la generación de identidades colectivas. Por cierto estas tendencias buscan diferentes objetivos aunque pueden confluir entre ellas.

Algunos autores se han ocupado de la primera parte de la historia de la música boliviana del siglo XX e incluso del XIX, o finalmente de la música colonial y prehispánica. Ese pasado constituye el ancestro no solo de nuestra música, sino de toda la cultura que la sustenta, el contexto histórico que la música llega a transmitir en cada período.

Contrariamente, el autor se ha propuesto el estudio de la segunda parte del siglo XX hasta el presente, lo que significa un panorama bastante completo de la música popular en Bolivia aunque no exhaustivo, pero sí, creciente en complejidad. Si antes del siglo XX, ya eran numerosos los guitarristas, cantores y grupos en ciudades y provincias, muchos casi en el olvido, vale decir, aquellos que empezaron a crear la música boliviana diferenciada de modelos un tanto comunes en varios países de Hispanoamérica, y a conformar los ritmos o estilos tal como son aun ahora, el huayño, el bailecito o la cueca por ejemplo.

En el periodo que vivimos, la producción musical popular es abrumadora. En la segunda parte del siglo XX y más en el XXI, la producción de música popular tanto proveniente de Bolivia como de otras partes -según la clara propuesta del autor de no ejercer una mirada cerrada solo dirigida a aquello que pudiera tener raíces nativas, sino también a todo lo que llega de fuera y es apropiado por los bolivianos- esta música popular ha crecido y sigue creciendo de una manera espectacular por las transformaciones económicas y sociales del mundo, la tecnología de la comunicación y todos los elementos que tienen que ver con el espectáculo y la difusión. Este es uno de los retos que Mauricio Sánchez acepta al encarar este trabajo monumental que sirve perfectamente como documento de consulta para conocer especialmente la música juvenil de varias décadas y del período contemporáneo en general, en toda la complejidad de sus idas y venidas.

Explicar y aclarar la complejidad de la música popular y las maneras en que esta forma parte de la identidad de las personas es la parte sustancial del libro. Responder a preguntas que tal vez todos se hacen alguna vez. ¿Qué tiene la música para que nos fascine tanto y, a veces, nos haga llorar? ¿Qué nos dice la música más íntima ligada a nuestras ciudades o pueblos de origen, a nuestros padres, a nuestra niñez, a los recuerdos juveniles? ¿Qué nos conmueve tanto? En realidad, este fenómeno relacionado con la capacidad de la música de conmover a extremos difícilmente comparables con otras manifestaciones artísticas, no ocurre solo con la música boliviana, la música es universal y se encuentra en la vida de todos los seres humanos.

Con el apoyo teórico de reconocidos estudiosos como Ricoeur, Middleton, Frith y el sociólogo argentino Pablo Vila, el autor indaga en la capacidad interpeladora de la música popular en las narrativas de identidad, en esa relación juega la poderosa capacidad de la música de movilizar experiencias, emociones intensas, más que otro tipo de artefactos culturales. Esa articulación se presenta tanto a nivel de la sociedad como del individuo.

Articuladas en la historia y condiciones sociales de cada región, estas tramas narrativas y la interpelación de la música a distintos sectores y actores sociales ingresan a un proceso de luchas simbólicas por imponer su influencia, allí se inicia un largo y difícil ascenso o descenso de las músicas quedando sus marcas en el tiempo.

El autor toca asimismo un tema cardinal, tener la mente abierta a toda la música que nos llega, aunque después surja la mirada crítica que nos aparta de esas músicas, lo que es perfectamente posible, no todo es para nuestros oídos. De lo contrario, nos negaríamos a ser seres del mundo, privilegiados para conocer las creaciones maravillosas que también existen en otros lugares inaccesibles para conocerlos personalmente, pero con la magia de los medios actuales pueden aproximarse a nuestras casas y así, podemos ver y oír, instrumentos musicales, voces de lugares lejanos y extraordinarios. Mencionaré algunos, que lejos de alienarnos, nos llevan a profundizar más en lo nuestro, conociendo lo de más allá. Al igual que la música de nuestra tierra, zampoñas, tarkas y guitarras o la fuerza fenomenal de la morenada como baile y música en banda y otros ritmos, podemos adherir nuestra preferencia y sentimiento a otras figuras magistrales del mundo como Cesarea Evora de la lejanísima isla de Cabo Verde, que ha subyugado a públicos europeos hasta Moscú, cantando en el portugués colonizado del norte de Africa; los viejos maestros cubanos que nos envuelven en su alegría; los blues de Mississippi y tantos cantos negros o de otros colores, provenientes del norte hasta las tonadas andaluzas como las músicas brasileñas, colombianas, venezolanas, de lugares del África y Asia y cientos de músicas lejanas desde las antiguas hasta las modernas y contemporáneas. Esta apertura es vital y nos enriquece.

Docente investigadora de la UMSA





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