Cochabamba, Bolivia, Domingo 13 de agosto de 2017
Ramona
TELEVISIÓN

El relato seriado, la muerte del cine y Tony Soprano

Un alegato contra el supuesto papel pionero de Twin Peaks en el boom de las series televisivas.
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Por: Xavier Jordán A. | 13/08/2017



Desde hace al menos un par de años, las páginas culturales del mundo están publicando artículos y reseñas de un fenómeno que gustan llamar el boom de la televisión o el auge de las series televisivas. En otras oportunidades, suele hablarse incluso de cómo la televisión y el relato serial están compensando la falta de originalidad en el cine contemporáneo. Voces extremadamente inteligentes, como Javier Marías, Vargas Llosa, Muñoz Molina y Pérez-Reverte, se han rendido a esta tendencia junto con innumerables blogueros, cibernautas y comentaristas de Facebook, incluyendo a críticos nacionales como Mauricio Souza y suplementos culturales como la RAMONA. Y no es para menos.

Si uno ha visto series como Los Soprano, The Wire, The Boardwalk Empire, Homeland, House of Cards o True Detective, por citar algunas, comprende que está ante una extraordinaria veta narrativa que no tiene nada que envidiar al mejor de los cines. Pero hay algo que también se está volviendo un lugar común y que, en el mejor de los casos, ronda en la exageración cuando no en el esnobismo, y es decir que este apogeo de narrativa serial proviene del influjo y la supuesta paternidad de David Lynch y su antigualla melodramática Twin Peaks. Acorde con algunos analistas del fenómeno, la serie noventera de Lynch habría “revolucionado” el relato serial añadiendo algunos elementos como los ambientes oníricos y fantásticos (cosas que ya desde los 60 utilizaban series como The Prisioner, The Twilight Zone o Alfred Hitchcock Presenta), y la ambigüedad y oscuridad de sus personajes (ya estaban instalados hace mucho Columbo, Barney Miller o el propio Santo de Roger Moore). Pongámonos serios: amén de la excelente Blue Velvet y la inquietante Wild at Heart, la obra cinematográfica de Lynch a lo sumo llega a ser bizarra. Y Twin Peaks fue una serie interesante y novedosa (envejeció muy mal, ahora parece un anacronismo), pero no pasa de eso. El boom verdadero (si entendemos el anglicismo como una explosión de propuestas narrativas basadas en recursos similares) viene con Los Soprano. Punto. Y Los Soprano no le deben nada a nadie.

De acá se desprende todo, no se trata de lineamientos técnicos, sino de maneras de contar, de construir personajes cercanos tan similares a nosotros, de introducir delicadamente el sentido del detalle intrascendente, la vida familiar, las crisis internas, la debilidad y la inseguridad, el absurdo… Los Soprano fue pionera en eso y el fenómeno se lo debemos a esta magistral creatura de un tal David Chase, que bebió las fuentes de Coppola y Scorsese, de Orson y de Hitchcock, de Peckinpah y de Leone y, claro, seguro que vio Twin Peaks y muchas otras. Los personajes de Los Soprano no son —como los de Twin Peaks— extractados de la generosa imaginación deformada de un eterno adolescente con ínfulas de fabulista, sino de las calles, las prisiones, las familias de clase media, los drogadictos, los adolescentes. La magia de esa serie está en los diálogos fútiles, en las acciones de parsimoniosa rutina, en la sorpresa vibrante, en fin, en la grandeza de la simple y puerca vida de los ordinarios. Sobre esa premisa han jugado las demás favoritas del boom, Game of Thrones y Breaking Bad incluidas y, claro, las discontinuadas y exquisitas Roma y Carnivale, y las concluidas Six Feet Under y Oz.

Tampoco estaría tan seguro de afirmar que el fenómeno es solamente norteamericano. La HBO, en sus versiones latinas, produjo la magistral Filhos do Carnaval (una lujosa apuesta entre el folclore y la mafia en Río) y los argentinos, con su larga tradición en la novela policial negra, se lucieron con Epitafios. En Netflix uno encuentra sombríos y atormentados detectives resolviendo sórdidos casos en bellas series británicas como River o Wallander. Los nórdicos produjeron un colosal relato que los gringos rebautizaron como The Killing. La propia Homeland es la adaptación de una serie israelí que uno puede encontrar manejando torrents y, también británica, aguardamos la nueva temporada de la superlativa The Crown. ¿Y todo lo que no sabemos que existe?

Hay series de un pasado reciente que son verdaderas obras de arte y que se pueden encontrar por vía pirata. Cracker, por ejemplo, con un orondo y perfecto Robbie Coltrane que encarna un alcohólico psicólogo que quiebra a los sospechosos en dramáticos interrogatorios. Neil Jordan se mandó la parte con la discontinuada The Borgias, monumento a la elegancia y la precisión histórica. Sons of Anarchy fue una adaptación shakespeareana a la lúgubre y patética vida de los motociclistas, llena de violencia y tragedias insanas. Discontinuada absurdamente está la reciente y genial Aquarius, sobre los crímenes de Charlie Manson y la racista Norteamérica de finales de los 60. A trasmano dejó la crítica una genial The Bridge que explora el oscuro mundo de las fronteras al mejor estilo de Touch of Evil del oso Orson, como a trasmano dejaron las interesantes The Leftovers (un relato que parte de la misteriosa desaparición del 2 por ciento de la población mundial y cómo la gente debe aprender a vivir en ese vacío) y Westworld (versión seriada de un viejo filme sobre un mundo en el cual los androides se rebelan al mejor estilo de Blade Runner). Y por si fuera poco, ha terminado el más bello homenaje a Stevenson jamás realizado por nadie que fue la preciosa serie Black Sails.

Tampoco me resulta muy convincente llamar a este boom como un fenómeno explícitamente televisivo, pues, convengamos, la televisión abierta, acá o en Dubai, es abierta a la basura solamente, a la asquerosa cultura del espectáculo grosero. Y la llamada televisión por cable, al menos en nuestro país, es una estafa repleta de canales impuestos que son los más baratos y los más insulsos, o —crimen favorito de las estúpidas empresas— transmisiones que doblan sus series y películas al español y con eso se muere la magia. Así que la manera que tenemos de consumir estos relatos seriados es gracias a la pericia de nuestros nobles piratas (en cuyo caso apelamos al DVD) o a nuestras habilidades en el manejo del The Pirate Bay o por suscripción al Netflix y la recientemente funcionando —en Bolivia— aplicación de HBO GO. Lo cierto es que ellas (las series) sí que han contribuido a devolver la esperanza en el oficio de contar historias desde la magia de la imagen en movimiento, superando ampliamente el cada vez más previsible cine contemporáneo y acercándonos de nuevo a la apuesta por contar la vida de los hombres extraordinarios en su ordinaria cotidianidad, y eso —permítanme ser iconoclasta y generar el repudio de su club de fans— no se lo debemos de ninguna manera a David Lynch, sino al señor Soprano. A Tony Soprano.

Comunicador y docente - xordanov@gmail.com








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