Cochabamba, Bolivia, Domingo 16 de julio de 2017
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El caso de Polonia Méndez visto por Arthur Posnansky

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Por: Freddy Zárate | 16/07/2017


En la década de los años 20 del siglo pasado, los juzgados en materia penal de la ciudad de La Paz, la prensa y la sociedad en general siguieron de cerca el sonado caso de Polonia Méndez. El ingeniero, arqueólogo y antropólogo Arthur Posnansky (1890-1946), desviándose momentáneamente de sus habituales investigaciones acerca de Tiwanacu, indagó el caso penal ocurrido el 28 de noviembre de 1920. Posteriormente, Posnansky publicó el libro Impulsos atávicos: El caso de Polonia Méndez, que lleva como subtítulo Consideraciones antropológicas-psiquiátricas referentes a un crimen llamado pasional (Imp. Velarde, La Paz, 1923).

La reconstrucción de hechos realizada por Posnansky indica que Polonia Méndez contaba con 18 años de edad cuando cometió el llamado “crimen pasional”. Las declaraciones hechas por Polonia son consideradas por Posnansky como una “fabulita” bien tejida. El protagonista de este hecho es el joven diplomático Fernando Granier. Las arduas labores en su despacho hicieron que decida contratar a una secretaria privada para alivianar su trabajo. Tras este requerimiento laboral aparece en escena Polonia Méndez para ocupar el cargo de asistente. Según declaraciones de Méndez, ella empezó a trabajar armoniosamente con Granier. Con el pasar de los días, la doncella no pasó desapercibida a los ojos del joven diplomático. Con aires donjuanescos y con ayuda de un narcótico, hicieron que Polonia Méndez caiga en sueño y despierte con su honor mancillado. La primera reacción que pasa por la cabeza de Polonia es casarse con su ultrajador, seguida de una sed de venganza por su arrebato virginal. La doncella opta por la primera idea, ruega a Fernando reparar su honor desposándola.

Según el contexto social de la época, Fernando Granier ocupaba una posición social ascendente y no podía contraer nupcias con Polonia Méndez por ser una “plebeya”. El pretexto que manejó Fernando para postergar y apaciguar el pedido de Méndez fue responderle que lo haría más tarde. La muchacha se desespera y decide alejarse momentáneamente de La Paz. Viaja a Challapata y recorre varios centros mineros. A pesar de la distancia geográfica, Fernando y Polonia mantienen una fluida correspondencia, pero en el final de cada carta está latente el mismo pedido de Méndez a Granier: “¿Te casaras conmigo, me devolverás mi honor que me quitaste?”. Pasado unos meses, Fernando siente deseos de volver a poseer a Polonia. En un retorno lleno de peripecias Polonia Méndez reaparece en la urbe paceña y se desencadena el “crimen pasional”.

Para explicar este controvertido caso, Posnansky se nutre de teorías de la antropología criminal de su época. Pone en duda las explicaciones del afamado criminólogo positivista Cesare Lombroso y el médico Franz Joseph Gall, por considerarlas caducas para su tiempo. Además, el inquieto Posnansky realizó una serie de entrevistas a varios jurisconsultos como Daniel Sánchez Bustamante, Hernando Siles Reyes, Carlos Calvo, Arturo Loaiza y Benjamín H. Gallardo. Con estas herramientas de interpretación, pone en entredicho el llamado “crimen pasional” de Polonia Méndez. El antropólogo Posnansky cuestiona la versión de Méndez con el siguiente argumento: “Cualquiera que estudie la vida moderna y comprenda la psique de la muchacha pobre, se da cuenta que la fabulita aquella está amasada con migajas de verdad”. La urbe paceña conoce a este tipo de mujeres con el epónimo de la “tempranilla”. Este adjetivo es el indicado para Polonia Méndez, que representa el prototipo de la muchacha “of today” (de hoy). La conducta de Polonia –según Posnansky– se debe a la tradición de sus antecesores o una degeneración racial heredada juntamente con la atmósfera social, y en especial a las moralmente malsanas impresiones de los cines que despertaron instintos siniestros e ímpetus atávicos que hubiesen quedado adormecidos quizá para siempre, pero que generaron una lucha interna contra la cual no pudo resistir Polonia Méndez, lo que le llevó a cometer el asesinato.

Según las pesquisas de Posnansky, el comportamiento de Polonia puede ser atribuible a todo lo somático que representa la mujer: “Es más infantil, más fino, más débil, en suma más idealizado y hasta primitivo”. La idea de la mujer en la segunda década del siglo XX estuvo marcada por diferenciar el coeficiente intelectual, la fuerza física, el carácter. En palabras de Posnansky, la mujer era sumamente “inferior” al hombre. Con apoyo de la psicología, el antropólogo llegó a confirmar que la mujer en ciertas épocas padece un comportamiento “biológico-crítico”. Esta conducta para Posnansky es fruto de una anormalidad anímica que, si no se llegara a contener mediante los “frenos sociales” como la educación, la vigilancia de la familia o el esposo que logre sujetarla a las convenciones sociales, haría que las mujeres sean propensas a cometer delitos.

El arqueólogo Posnansky afirma que Polonia Méndez planificó todo el teatro y escenario del crimen. Se mostró ante la sociedad como una mujer de alto nivel moral, pero en realidad hacía una comedia del pudor y de la altivez: “Se cree inmaculada”. Polonia era una muchacha pobre y no era de “buena familia”, pero su seductor era de una familia acomodada. El papel que juega Fernando Granier es de manso cordero, el que cubriría con su nombre y bolsillo las aventuras y amoríos ocultos de Polonia Méndez. Pero, ¿por qué se comete el delito?, se pregunta el arqueólogo. Al no tener una respuesta clara, Posnansky nos deja un enigma psiquiátrico: una muchacha al parecer tímida resolvió matar, clavar un puñal con premeditación en el pecho de su amante con quien minutos antes disfrutaba del mayor placer que la naturaleza brinda a los mortales.

En todo momento Posnansky se apoya en la antropología criminal para tratar de explicar el caso de Polonia Méndez. En las conclusiones de su investigación pone énfasis en describir el rostro de la joven y su constitución física. Estos signos exteriores son para Posnansky reveladores, ya que comprobarían la existencia de una “raza inferior”, en realidad, de una raza degenerada por “reflejadas y depravadas costumbres” que engendró “hijos neuropáticos”. En particular, el largo del brazo en relación con el cuerpo era síntoma indudable de esta degeneración. Por supuesto, no todos los que tenían estos rasgos eran criminales ni viceversa, pero era más probable que incurrieran en delitos, ya que “no podían evitar el llamado de la sangre”, “inconscientemente llevaban el fatal germen engendrado por los placeres de sus antecesores” o “los días biológico críticos”. Posnansky ratifica contundentemente que los signos corporales como el cerebro, los molares, las orejas, la cara, la frente, el cráneo, la quijada y la herencia genética ponen a esta clase de mujeres en el rango de los llamados “predispuestos” a delinquir.

Según el relato de Posnansky, la protagonista de este estudio antropológico fue condenada a varios años de reclusión. Pero esta decisión de la justicia es cuestionada por el autor: “Al estar privada de libertad, no lograran reformar a la reclusa, después de algunos años, después de haber concluido su condena, la infeliz ha de salir más sucia de carácter y alma del panóptico de La Paz”. El arqueólogo sugiere que el caso de Polonia Méndez hubiera sido aconsejable enviarla a la Casa de Salud Mental de Sucre: “Allí en una celda, podría meditar, arrepentirse y quizás salir más tarde buena”.

Esta curiosa investigación –a casi un siglo de lo ocurrido– nos refleja los prejuicios machistas de la época y la concepción que se tenía de la mujer. La esforzada explicación del arqueólogo y antropólogo Posnansky nos revela una instrumentalización de la “ciencia” para responder a sus propias manías antropológicas. Este caso en particular nos retrata a una sociedad problemas que no se diferencian en nada de los actuales. La diferencia es que hoy en día nadie escribe un libro sobre un caso criminal concreto ni utiliza como instrumento de explicación la antropología de manera ciega, para determinar un tipo de comportamiento criminal. Por otro lado, la modernidad forjó ciudadanos temerosos del crimen, pero bien informados –a través de la prensa roja, Facebook, televisión– de robos, violencia, secuestros y asesinatos que pasan desapercibidos a la cotidianidad por las continuas transgresiones que resultan ser tan comunes en la actualidad.



Abogado - freddy_zarate@yahoo.de






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