Cochabamba, Bolivia, Domingo 16 de julio de 2017
Ramona

Nuestras Historias: Sobre Diario de un comandante de la Guerra de la Independencia, del “Tambor” Vargas

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Por: Joaquín Tapia Guerra | 16/07/2017

BBB

¨El diario es donde un escritor es heroico para sí mismo.¨

Susan Sontag, Camus’ notebooks: Agains interpretation and other essays



Corrían los años tempranos del nuevo milenio, tenía unos doce años. Una de las profesoras de mi colegio regresaba con nosotros cada día en la góndola, Gabi. Ella nunca dejaba que juguemos durante el trayecto, quería que vayamos callados.

Una vez mi amigo, al llegar a su casa, nunca lo olvidaré, bajó, se dio la vuelta, le gritó “¡gorda estúpida!” y riéndose tiró la puerta del minibús.

Años más tarde, inclusive, he llegado a contar esta anécdota poniéndome a mí en su lugar. A ese nivel admiraba y envidiaba su valentía.

Es posible que sea una falta de respeto empezar a hablar del diario de José Santos Vargas, alias “El Tambor”, con una historia personal, pero como se trata justamente de eso, de historia(s), le prometo al lector que para el final de este corto texto, ese “comienzo” se justificará de manera trascendental y hasta conmovedora, en el intento de hacer una lectura de esta novísima edición intitulada Diario de un Comandante de la Guerra de la Independencia.

Hasta la fecha hubo cuatro impresiones distintas de este diario. En la primera, de 1956, se publicó el descubrimiento gigantesco que Gunnar Mendoza había hecho en los repositorios del Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia: tres cuadernillos cosidos, 107 folios, cuya autoría se atribuye al Tambor Vargas.

La segunda (1982), también la encontró Mendoza, en 1963, en manos de la familia de otro escritor: Adolfo Costa du Rels. Incluía varias partes nuevas, estaba mejor conservada, pero también tenía rayones y enmiendas, huellas de las correcciones que habría podido hacer a su manuscrito el propio Vargas. Para Mendoza, ambas versiones tienen gran valor y no puede preferirse una por encima de la otra. Tiene razón. La tercera edición (2008), es una segunda publicación de la versión de 1982.

La última edición, del anterior año, es la de la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia (BBB), incluye la introducción de Mendoza de 1982, otra nueva de Roger Mamani, así como un glosario y una lista de nombres al final, que también preparó anteriormente Mendoza.

Pero este no es el mérito de esta última publicación, sino su trabajo comparativo entre todas las versiones existentes, para una modernización gramatical, se lee, pero sin jamás dejar de dar cuenta dónde y cómo se han cambiado cosas entre la versión de 1956, la de 1982 y la más reciente. Tamaña diligencia en el esfuerzo editorial, creo, simplemente no puede dejar de ser aplaudida.

Otros detalles de la versión 2016: En la página 105 tiene un facsimilar de la portada del manuscrito original donde se puede apreciar la caligrafía del “Tambor” Vargas amanuense; también incluye una carta que mandó en 1853 al presidente Isidoro Belzu, que la ignoró, para pedir que publiquen su manuscrito; pies de página aclaratorios acompañan toda la lectura con minuciosidad y, casi siempre, pertinencia; el libro se halla disponible en tapa dura y blanda, así que es accesible a cualquier tamaño de bolsillo (¡con más de 600 páginas, el más económico cuesta solo 55 bolivianos!); por último el diseño de tapa es una pintura de Arturo Reque Meruvia, que en principio ignoré, pero que, pensándolo bien, me recuerda un poco a la portada de ese libro falso que aparece en The Royal Tenenbaums (Wes Anderson, 2001): Old Custer, con todo y el ruido evocador de cabalgaduras en off: las publicaciones de la BBB son sobrias y para nada desalientan como aquellas nuevas que hacen las editoriales G.U.M. o Juventud.

El diario cuenta las aventuras del ejército patriota desde 1809 hasta 1825, año de nuestra independencia. Unas veces lo hace incluso con diálogos que dramatizan los acontecimientos, otras veces, más abarcadora y sintéticamente.

Dos comandantes (Lira y Chinchilla) mueren en sus páginas, también muchos soldados, de un lado y del otro, muchos cretinos que merecerían perecer siempre, muchas mujeres y campesinos, perturbados injustamente. Al final, en su cuento sobre el intento de una invasión peruana en 1828, hasta el propio “Tambor” Vargas se encuentra a punto de ser ejecutado, aunque no era la primera vez que la muerte se le acercaba.

Cuenta tantas batallas y anécdotas increíbles, tanta sabiduría geográfica de nuestro país, que ni siquiera la más curtida de las sensibilidades puede evitar conmoverse. Me refiero obviamente a la sensibilidad mía, a la de los colegiales que nos hemos vuelto piedras por aprender las enseñanzas de hordas de maestros normalistas que no saben sino mirar a sus pupilos con tedio.

Sería ideal dar más ejemplos, pero el espacio no lo permite. Aquí, al menos, uno:

“De que fue presentado el indio Mariano López Quispe (alias el Lupico), que se estaba hilando y con su honda, al momento dice el coronel Quimber:

−Éste es un alzado.

Le fulmina la sentencia de muerte. Ya que iban a vendarle los ojos para tirarle los balazos, con una bravura de corazón dice este infeliz:

−Yo no soy mula para que me venden los ojos.

Decía en su lengua:

−Janihua nayaja mulahati nayra iman tañmataqui.

Un soldado le dio un tiro a ojo abierto. Cayó del balazo el indio, siéntase y mira por todas partes: lo conoció al soldado que le dio el balazo y le dice:

−Está bueno, vos me has hecho. Muy bien, te conozco −le amenaza con la mano. En la lengua del país decía:

−Hualiquihua uñtusmahua, humahua lurista acamaja.

Le dieron un par de balazos más, murió el infeliz”.

Ahora bien, erraríamos en sacar de esto tan solo otra condolida lágrima de saludo al dolor secular en que dice fundarse el indigenismo que está de moda.

Este fragmento es impactante porque en dos patadas da cuenta de la entereza inquebrantable de Mariano López Quispe, que muere sin siquiera participar de ningún ejército, y también porque ninguna historiografía oficial habría tenido los recursos para rescatar ese testimonio de una manera tan precisa y vívida.

Entonces, valentía, patriotismo y todas esas cosas, pierden de repente el sabor empalagoso que hemos aprendido a darles y adquieren un nuevo semblante cuando bajo la luz refrescante de un tipo que no te cuenta las mismas sonseras, sino que diligentemente toma nota durante más de una década de todas las cosas que le han parecido importantes, y que jamás dejó de creer que ese trabajo que hacía, anécdotas anónimas incluidas, tenía una relevancia histórica gigante.

El espacio que nos permite ocupar esta nueva edición de este diario es justamente aquel desde el cual podemos decir: esto ha sido genial para mí por este detalle, esto ha sido trucho por aquello, este pedazo anticanónico de historia, de alegría al recordar aquel día que fue tan triste para mi profesora Gabi, lo voy a recordar para siempre por esto, etcétera.

Por último, no es posible decir que la experiencia de encontrar viejas ediciones, casi coleccionables, de nuestra bibliografía nacional en los puestos de libros usados sea deprimente. Al contrario, es una emoción arqueológica enorme, pero, también, una que no todos vamos a tomarnos el trabajo de descubrir. ¿Y por qué eso debería privarnos de leer las historias del Tambor Vargas, la obra reunida de Hilda Mundy, la poesía de Roberto Echazú, las demostraciones filológicas y la desconcertante biografía de Villamil de Rada?

Cineasta






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