Cochabamba, Bolivia, Domingo 9 de julio de 2017
Ramona

Sangre, nieve… Fargo

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Por: Santiago Espinoza A. | 09/07/2017



A propósito de la tercera temporada de la serie creada por Noah Hawley, que se inspira en la película homónima de los hermanos Coen, cuyos 10 episodios fueron recientemente lanzados por Netflix. La protagonizan Ewan McGregor, David Thewlis, Carrie Coon, Marie Elizabeth Winstead y Micheal Stuhlbarg. Las tres temporadas de la serie están disponibles en el mercado pirata.

Este jueves 13 se darán a conocer las nominaciones para los Emmy, una premiación que viene cobrando un lustre cada vez mayor en la industria del entretenimiento como reflejo de eso que se ha dado en calificar como la “nueva era dorada de la televisión” y que está directamente asociada a la fertilidad creativa de las series y el culto masivo que generan alrededor del mundo. El anuncio de las candidaturas a los premios de la Academia de las Ciencias y Artes Televisivas bien podría ser una de las últimas oportunidades en que escuchemos hablar de Fargo, la miniserie inspirada en la película homónima de 1996 de los hermanos Coen, que este 2017 lanzó su tercera temporada. Su creador, Noah Hawley, ha dejado incierto el futuro de la serie, aduciendo estar más ocupado en su nueva criatura televisiva, Legión, y en su salto al cine (tiene en carpeta siquiera dos proyectos: Pale Blue Dot y Before the fall, esta última adaptación de una novela suya). Aunque no ha explicitado su fin, sí ha dicho que no sabe aún si habrá una nueva temporada, al no encontrar ni el tiempo ni la creatividad para realizarla. De ahí que su eventual nominación a los Emmy (se perfila para competir a mejor miniserie y/o a mejor actor protagónico, entre otras categorías) podría ser también la despedida, al menos dentro los márgenes de Hollywood, de la fábula ambientada en un remoto pueblo de Minnesota que Hawley resucitó para la televisión con dosis tanto o más generosas de nieve y de sangre que su versión cinematográfica.

La distancia temporal de las dos primeras temporadas (la primera estrenada en 2014 y la segunda en 2015) respecto de la tercera (lanzada en abril pasado y con el último de sus diez episodios aún fresco en la memoria) limita la posibilidad de hacer una revisión más exhaustiva y justa de toda la serie. Lo que nos queda es ensayar una valoración de la tercera, un ejercicio que, si nos guiamos por la crítica, podría resultar injusto, por tratarse de la menos sólida de las tres. Pero ello no significa que estemos ante un mal producto; al contrario, se trata de una obra televisiva de muy buen nivel, totalmente recomendable y altamente adictiva, calificativos que, para esta era de la televisión plagada de productos de alta calidad, no significan poco. No está de más recordar que la serie no traslada a la televisión la misma historia de los Coen, sino que toma del filme su atmósfera ambiental (la Minnesota provincial y nevada) y anímica (violenta, absurda y cómica), sus premisas narrativas (policías descubriendo crímenes incomprensibles y criminales sanguinarios) y el espíritu de sus personajes (estúpidos, torpes, oscuros, reflexivos y, en menos medida, ingenuos y nobles). Tampoco está de más recordar que cada una de las temporadas de Fargo cuenta una historia diferente, tiene personajes propios y está situada en años distintos (la primera en 2006, la segunda en 1979 y la tercera en 2010-2011), por lo que no hay una continuidad narrativa entre ellas y cada cual puede disfrutarse de forma autónoma.

Tras este largo preámbulo nos metemos a pasar revista de la tercera temporada, que en su origen tiene una rivalidad familiar. (Llegó la hora de los spoilers, aunque en dosis mínimas, solo imprescindibles para presentar la historia.) Emmit Stussy (Ewan McGregor), un feliz y próspero hombre de familia, dueño de una cadena de estacionamientos, está enemistado con su hermano menor, Ray (también McGregor), un perdedor semicalvo y sin dinero, que se gana la vida como oficial de libertad condicional y al que solo le ilusiona la llegada a su vida de Nikki Swango (Mary Elizabeth Winstead), una liminal y escultural delincuente de poca monta que es capaz de quitarle el aliento y desatar la concupiscencia de cualquiera y que –todos lo intuyen- solo se aprovecha de la ingenuidad del menor de los Stussy. La discordia entre hermanos es la que provoca el crimen detonante de la trama: Ray extorsiona a un delincuente bajo su supervisión para que se meta en la casa de Emmit, a quien le reclama su parte de la herencia paterna, y se lleve de la mansión un sello postal de aparente valor económico y sentimental. Sin embargo, como suele ocurrir en Fargo y en otros filmes de los Coen, todo sale mal, por la torpeza del mercenario, que no roba el sello y se equivoca de Stussy y acaba matando a un anciano con el mismo apellido. Ese crimen da lugar a la intervención de la oficial Gloria Burgle (Carrie Coon), a la sazón, hijastra del anciano asesinado por accidente, una madre ya madura a punto de divorciarse y de dejar de ser jefa de la Policía, que conserva una inocencia ajena a la perversidad de su entorno. Paralelamente, mientras Emmit se entera de los planes descarrilados de su hermano, recibe la visita de un inquietante personaje de acento británico, V.M. Varga (David Thewlis), quien se presenta como representante de una firma que le hizo un millonario préstamo a su empresa Stussy, el cual no quiere de vuelta, sino que asume como su inversión en la compañía. Esta intempestiva presencia termina por alterar completamente la apacible rutina de Emmit y de su socio, asesor y amigo, Sy Feltz (Michael Stuhlbarg), y a la postre, repercute también sobre las tropelías planeadas por Ray y Nikki. La trama de los diez capítulos discurre en torno a la investigación policial del primer asesinato y de otros delitos posteriores, al enfrentamiento entre los hermanos Stussy (y sus respectivos refuerzos) y a la progresiva apropiación de Varga de los negocios (y la vida) de Emmit.

Más allá del prestigio de sus dos primeras temporadas, la tercera se ha promocionado apelando al singular hecho de que McGregor encarnara a dos hermanos en la misma trama, lo que, en principio, le inyecta evidente atractivo a Fargo. Pero este subterfugio se normaliza pronto y, sin ánimo de disminuir la labor del actor escocés, da lugar al brillo de las verdaderas estrellas de la historia: las dos protagonistas femeninas, la electrizante Swango y la aplomada Burgle, y sobre todo, el desalmado Varga, un villano de antología. El personaje, escrupulosamente bordado por Thewlis, provoca una repulsión creciente, mientras se destruye con un fierro su propia dentadura y cultiva unos sórdidos hábitos alimenticios-sanitarios; a la vez, desencadena escalofríos por la sangre fría con que manipula a sus víctimas, ordena ejecuciones sumarias (a cargo de sus no menos bizarros y desalmados sicarios) y se planta ante sus enemigos; y cómo no, seduce por la erudición y la inteligencia con que desliza relatos y sentencias de hondura existencial.

La culposa fascinación que ejercen los villanos es un efecto que remite a la indistinguible firma de los Coen, quienes, si bien solo aparecen como productores ejecutivos de la serie, se hacen visibles en virtud del oficio de Hawley, que desde la primera temporada se tomó en serio el estudio y puesta en escena de las fijaciones características de los hermanos de Minnesota. Al margen de la naturaleza retorcida de sus personajes, el showrunner de la serie recupera la libertad sin restricciones de los Coen para explotar las posibilidades narrativas que ofrece el relato, probando en esta temporada a jugar con animaciones alucinantes y hasta narraciones en off y música que constituyen un ejercicio en el que se revela el montaje/desmontaje del artefacto audiovisual. No menos característico de los hermanitos es su afición a introducir digresiones en el relato, con las que generan un extrañamiento que obliga al espectador a buscar pistas y significados por todas partes para no siempre encontrarlos. Es lo que provoca Hawley con el prólogo de esta temporada (tan A serious man) o con ese episodio enteramente consagrado a hurgar en el pasado del viejo asesinado al inicio. Otro guiño “coeniano” se materializa en el reparto: la presencia de Stuhlbarg (protagonista, otra vez, de A serious man), un actor que, aun siendo secundario, nos transporta a los autores de The big Lebowsky, tal como lo hacía en la primera temporada Billy Bob Thornton. A la obra de los Coen remiten también algunos de los asertos temáticos de la serie: la gratuidad del mal, el sinsentido de la violencia, la tragedia como resultado del azar, la descomposición de una comunidad por obra y gracia de la ambición de unos pocos, la constatación de la villanía como condición humana, el desengaño ante la (ausencia de) humanidad o la nobleza como gesto atípico, en extinción.

Llegados a este punto, uno podría inferir que el verdadero talento de Hawley es haber aprendido a copiar la obra de Ethan y Joel, pero no es el caso. Si algo ha demostrado la serie, sobre todo a los más escépticos que dudaban del sentido de llevar a la tele una película casi de culto como Fargo, es que el de los Coen es un universo capaz de inspirar creaciones autónomas, que se derivan de la –a estas alturas ya se la puede llamar así- tradición narrativa que vienen construyendo los hermanos desde hace 30 años. Lo que hace Hawley son variaciones en torno a ese tema principal que encarna el universo de los Coen. Variaciones que le llevan, por ejemplo, a seguir jugando con las bromas de los dos hermanos, como aquella de que Fargo está inspirada en una historia real, una declaración inicial que la serie repite tanto, y de formas tan ocurrentes (casi como el inicio de Los Simpson), que no pocos deben preguntarse si lo real no es solo otro invento, acaso el mejor, de la ficción. O variaciones como esa que le lleva a Fargo a reírse del sueño americano, esa aspiración fundada en una voluntad incombustible, ante la que Hawley, al igual que los Coen, suele interponer fuerzas tanto o más poderosas, y tanto o más “americanas”, como la violencia, la ambición personal o la voracidad del capital.

Otra de esas variaciones es la que consuman el inicio y el final de la tercera temporada, dos secuencias que resumen una de las ideas-fuerza de Hawley. El principio y el desenlace son dos interrogatorios, muy alejados en tiempo y espacio. El primero se desarrolla en los años 80, en Alemania Oriental, donde un oficial de la Stasi culpa a un ciudadano por un crimen que no ha cometido. El segundo tiene lugar en Estados Unidos, unos años después del baño de sangre ocurrido en Minnesota, y reúne a la heroína y al villano de la historia. Es cierto que toda la serie está atravesada por una poco velada condena del capitalismo financiero más rampante, ese que estalló en Estados Unidos a finales de la década pasada. (No es casual que Emmit Stussy dirija una empresa que construye y administra estacionamientos, una forma de negocio inmobiliario.) Esa condena, que parecería no tener vinculación con el principio de la historia, adquiere sentido en la escena final, en la que, echando mano de un recurso muy “coeniano”, Fargo enfrenta a los antagonistas en un diálogo de sordos, ese diálogo de sordos que suele oponer al bien y el mal. Si al comenzar la serie era el Estado totalitario el que ilustraba la perversidad y el individuo sojuzgado el que representaba la vulnerabilidad inocente; al final, 30 años después, con el Muro de Berlín ya desplomado y Estados Unidos como única potencia, es el capitalismo más salvaje y criminal (Varga) la encarnación del mal, mientras que la reserva moral del Estado (la recta policía Burgle) personifica el bien. O apelando a las figuras alegóricas patentadas por la película de los Coen y afianzadas por la serie de Hawley, sobre las que acomete su propia variación discursiva, ese enfrentamiento sordo entre el bien y el mal no es otra cosa que el encuentro entre la nieve y la sangre, entre la pureza inmaculada que, tarde o temprano, ha de hallar (o ser hallada por) el rastro de sangre.

Periodista – santi.espinoza@gmail.com








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