Cochabamba, Bolivia, Domingo 7 de mayo de 2017
Ramona

El sonido del Cerro Rico y Viaña

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Por: Ricardo Aguilar Agramont | 07/05/2017



Reseña de uno de los títulos reeditados por la Biblioteca del Bicentenario recientemente.

El Cerro Rico de Potosí vibra, suena, resuena, chirria, restalla, ruge, susurra y grita, pero también calla… guarda silencio. Lo hace en el presente como en el pasado, en la realidad cotidiana o la extraordinaria; tanto en las leyendas históricas de Bartolomé Arzáns de Orsúa y Vela, como en la ficción del Potosí colonial de la novela de José Enrique Viaña (Oruro, 1898): Cuando vibraba la entraña de Plata. Crónica novelada del siglo XVII.

Los persistentes sonidos del Sumaj Orcko —que habitan las calles potosinas, las recorren y pasean por los lugares donde antes se encontraban la calle de las Siete Vueltas, la Plaza del Regocijo, el Callejón de la Oreja, la Plaza del Gato— son el mismo bullicio que el de sus calles, gentes y personajes de la historia y la ficción, ya que el Cerro Rico y Potosí confunden sus identidades, son lo mismo…

Pero el Cerro también enmudece y su silencio también resuena. Ese vaivén entre el tenaz bullicio de la vida cotidiana colonial en la Villa Imperial, sus ingenios, los personajes de la crónica novelada y el mismo Sumaj Orcko es todo el tiempo contrastado por lo que el cerro calla, ese silencio que quizás ensordece más que cualquier estallido. ¿Por qué no decir que ese contrapunteo de la novela de Viaña se da también en la realidad, en el presente, y que el cerro hoy también murmura y también calla?

Pero, ¿qué es lo que el Sumaj Orcko deja en el silencio?

Responde a esta pregunta un personaje de la novela, un minero vasco dice a su hermano mientras conspiran para tomar (con métodos que mezclan lo criminal con la influencia en el gobierno administrado por sus paisanos) una rica vena de plata y una mina de su rival:

“—Sabes que el Cerro bien guarda sus secretos, Domingo (Berástegui)”.

Pues es cierto que en la novela de Viaña —recientemente reeditada por la Biblioteca del Bicentenario (BBB)— el cerro vibra de tantos secretos que calla, ya que el relato está conducido por una serie de intrigas, misterios y amores ocultos que no terminan de entrelazarse en una diégesis central, como si ese bullir de secretos consistiera justamente en la custodia de lo que sólo unos pocos saben (como las insidias de los vascos), de lo que a alguien le interesa que no se sepa antes de tiempo (como las conspiraciones andaluzas y criollas contra los vascos), de lo que excede a la comprensión de la mayoría (como los saberes indígenas), o sencillamente del tormento de un amor prohibido (como el que vive el personaje principal, Nicolás Ludueña, por Doña Sol, prometida en matrimonio a su rival).

Cuando vibraba la entraña de plata es una novela de sonidos. Si el rumor silencioso de los secretos que esconde el cerro conduce las historias inconexas de conspiraciones y conjuras de la novela de Viaña, entonces el ruido de la cotidianidad el Sumaj Orcko y de las calles que domina encauza las otras narraciones del día a día en el Potosí colonial. Los diálogos entre los personajes también llaman la atención del oído, pues el narrador realiza una ficcionalización del habla de los españoles del periodo temporal de la ficción (que va de 1598 a 1626), quienes usan una sintaxis y léxico en desuso.

Este otro vibrar cotidiano de la entraña de plata es un sonido originado en el movimiento. Es ese ruido de la vida en la Villa Imperial el que encamina el resto de segmentos de las historias narradas alrededor de los personajes en las minas, los ingenios, la plaza pública y las pendencias. El narrador se detiene en los sonidos de cada uno de esos espacios intercalando con el rumor de los secretos del cerro.

El estrépito de golpes sobre la roca y del látigo sobre los mitayos es el sonido de la mina; aquél de engranajes, ejes y poleas, el de los ingenios.

“Doce grandes máquinas batían con furia; el amplio son del agua despeñándose de la canal sobre la inmensa rueda de cajones que movía el ‘Ingenio’, ponía como un fondo de grave resignación sobre el arrítmico golpear de los batanes”, dibuja la industria colonial el narrador.

Las fiestas en la plaza pública son el escenario de las escaramuzas entre vicuñas y vascongados. En la bienvenida al nuevo Corregidor: “Toda la Plaza hervía en gritos, ruidos de armas, ayes y alaridos: ¡Favor al Rey! ¡Muera el malhechor! ¡Mueran los vascos…! Y sobre tal baraúnda resonaban los arcabuzazos dominando el chasquido de los aceros y la algarabía de las voces”.

El estrépito final del relato es una resonancia del pasado, de la vez que se desbocó la laguna San Miguel y arrasó, en 1624, la parte de la Villa habitada por los mitayos. Esa tragedia se repitió en 1926 y su estruendo es entonces un eco: “(…) era un verdadero torrente, rugiente y destructor que, arrastrando los despojos de ‘Ingenios’ y de casas arrasadas en los linderos de la Villa, se precipitaba por la calle abajo, hundiendo puertas, dislocando pilastras, derrumbando muros y siendo espantable valladar para cientos de personas apresadas entre ésta (calle) y la de Espaderos, que servían de cauce al despeñado caudal de la rota laguna”.

La vida sigue y el vibrar del cerro continúa, las vidas pasan y se van, pero persisten los sonidos del movimiento de Potosí; sepultados los personajes por la masa de agua, la narración pasa, no sabemos más de Nicolás Ludueña, de sus venganzas, su amor irresuelto, pero el cerro vibra. Hoy ¿qué es lo que el Cerro Rico calla?

Periodista








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