Cochabamba, Bolivia, Domingo 23 de abril de 2017
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[La Lengua Popular]

Una cerveza fría en Macondo

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Por: Iván Gutiérrez | 23/04/2017

La pared del fondo se divide en tres tonalidades del mismo color, cada una marcada por una frontera custodiada por el reflejo de luz que entra por una ventana que no podemos ver, pero que en su camino disgrega la monotonía del muro del frente. El manto de nieve se expande en la sencillez del catre que podría haber sido de madera. En realidad, existe una alta posibilidad de que nos estemos refiriendo a una cama de madera; pero, a pesar de la posible certeza, estamos simplemente observando una foto.

Las texturas siempre serán indefinibles, susceptibles, mágicas. La superficie es un desierto planchado por el viento del pasado, de ese que ya no vuelve pero que es siempre sutil al acariciar el rostro de la arena azotada por la fuerza amarilla del cielo. No es un desierto de nieve porque, a pesar de ser una foto, es posible intuir el calor. No es frío, no es invierno, de repente podría ser otoño, podría ser algo más cálido, un desierto blanco nube, probablemente. El cuerpo de un hombre produce una sombra. No sé del todo quién es, podría ser un coronel, un gitano, un periodista, un amante, un niño, un estudiante, un hombre que va morir pronto y que desconoce lo que pasa; pero todos sabemos lo que le va pasar.

También podría ser Gabriel García Márquez, el Nobel de Literatura de 1982. Pero es imposible definir desde una foto la textura del personaje; así que podemos decir que son todos y también uno. Una bufanda amarilla. Un traje blanco. Una cabeza despoblándose de cabello. Blanco. Una oreja de proporciones amplias. Una nariz derramándose de un rostro, o de varios. Un destello de bigote. Unos ojos. Ojos que ven a lo que podría ser una ventana, una puerta o un agujero. Todo podría ser definible, en una foto donde los elementos están tan bien organizados y las sensaciones aparentemente puestas para agradar desde el primer impacto. Lo brillante de esta foto no está en lo que podemos ver, no está en la sobriedad melancólica que siempre termina siendo un buen resultado para la exposición de una fotografía. La genialidad está en algo más.

En el discurso de incorporación de Pablo Neruda a la Facultad de Filosofía y Educación de la Universidad de Chile, en calidad de Miembro Académico, Nicanor Parra comenzó diciendo: “Hay dos maneras de refutar a Neruda: /una es no leyéndolo, la otra es leyéndolo de mala fe./ Yo he practicado ambas, /pero ninguna me dio resultado”.

Me pasó lo mismo con Gabriel García Márquez. Pero llegué a una certeza absoluta, hay que haber leído algo del colombiano. Debo admitir que, en la primera oración de Cien años de soledad, he aprendido de escritura y de literatura más de lo que en la mayoría de las clases extensas, soberbias y autocomplacientes de escritura o literatura, que a veces me ha tocado cursar.

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía, había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. Aquel inicio no solamente es una muestra de lucidez en el proceso de creación de un texto narrativo. Es el retrato de la experiencia existencial más determinante para Aureliano Buendía y, en la misma medida, para todo lector y para todo humano. El estar frente a la muerte, el recordar, el rememorar al caído y al que fue determinante para lo que somos, y el darse la posibilidad de volver a esos días extraordinarios de nuestra historia no son más que los fragmentos constitutivos de la definición de la vida misma. Todo expresado en una oración.

Seguidamente nos lleva a la descripción de Macondo. La geografía del lugar no es más que la geografía de la memoria del escritor. Gran parte de la narrativa de García Márquez tiene como foco, a veces lejos, a veces no tanto, la luz de Macondo. Esa maravillosa aldea que cuando inició no tenía más de “veinte casas de barro y canabras construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”.

En lo único que confía García Márquez es en la posibilidad de cambiar el mundo a través de la escritura; para ser más exactos, en su memoria. Si el lenguaje es solamente un móvil que nos permite comunicarnos, entonces por qué mejor no redefinirlo para movernos con mayor soltura hacía aquellos lugares en los que parece que hemos perdido tanto, a aquellos tiempos en los que parece que nos hemos herido tanto. La posibilidad de perder el nombre de las cosas también es la oportunidad de viajar en el tiempo y tejer de nuevo las constelaciones que nos han llevado a la deriva. En Vivir para contarla, García Márquez nos dice: “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”. Y en ese acto el contar no es solamente un oficio, sino una cuestión de vida o muerte.

Macondo es importante porque, además de ser el espacio geográfico narrativo del escritor, es donde afirma la consigna de escribir, elabora mejores versiones suyas. A partir de saber de Macondo también sabemos que la posibilidad de volver a la memoria es una experiencia a veces agria, pero necesaria y, por qué no, vital para entender hacia dónde vamos. Sabina nos advierte que en Comala aprendió que al lugar donde has sido feliz no deberías tratar de volver. En Macondo el retorno es la posibilidad viviente para poder seguir siendo feliz, y en eso radica la diferencia entre uno y el otro.

La fotografía fue tomada por el fotógrafo argentino Daniel Mordzinski, y no nos muestra la ventana porque lo que el escritor miraba en el mundo era Macondo, su mundo que delineó para que sea de muchos, y en esos trazos estaba la posibilidad melancólica de amar el oficio y cambiar la realidad. Por eso ese algo más solo es Gabriel García Márquez sentado viendo a una ventana, que no vemos, porque en realidad el escritor es la ventana, el escritor es Macondo, es lo que escribe. Y en el Nobel colombiano es imposible poner en duda aquello.

Mordzinski resume de esta manera el proceso de esta icónica fotografía: “Estas son las fotos de un silencio. Como en el abrazo con el que nos reencontramos, en estos retratos hay un velo de sabiduría (suya) que solo se explica por la bondad, la inteligencia y el implacable humor de este genio de las letras y los afectos, Gabriel García Márquez”.

Por eso es mejor de vez en cuando tomar una cerveza fría en Macondo.

Escritor y filósofo - gutimoscovan@gmail.com





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