Cochabamba, Bolivia, Domingo 16 de abril de 2017
Ramona

Canta Amy Winehouse desde el abismo

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Por: Jorge Luna Ortuño | 16/04/2017



Una evocación de la malograda cantante inglesa, de sus canciones confesionales, de sus excesos personales y de la inclemencia con que la industria de la música la torturó hasta su fallecimiento en 2011.

“Si estuviera viva le diría: despacio, frena, eres muy importante, la vida te enseña cómo tienes que vivirla, si te encargas de vivir lo suficiente”. (Tonny Benneth, cantante de jazz)

Hay días en que no existe mejor música para acompañar que las canciones de Amy Winehouse. No porque sean días especialmente tristes o desesperados, como se podría asociar por el destino trágico de esta cantante londinense, o por la agitada fuente de vivencias que alimentaron sus letras, sino porque escucharla te expone a la autenticidad de una sensación cortante, de pura vida, llamativamente real, de aire de cinco de la mañana, lo cual aplaca algo de la falsedad que en ocasiones nos rodea. Los calmantes y los opios adormecedores no existen más, toda ficción posible se ha suspendido. Amy rasga el aire con esa cuchilla que es su voz prodigiosa, configurada de perlas, de trances y de metal de espada samurái.

Un día le deja un auspicioso mensaje a su productor Salaam Remi. Después de todos los tormentos vividos no sabe bien ni ella misma por qué siguen saliendo a flote estas nuevas letras para sus canciones. Sin embargo sabe que el nuevo álbum empieza así a despuntar. Reconoce que está jodida en la cabeza, es un desastre en marcha; sin embargo, en algunos días particulares, la guitarra y su bloc de notas todavía son sus aliados durante prodigiosas horas creativas. No le interesan ni el éxito ni la fama ni ser millonaria, pero le obsesiona que el proceso creativo que se ha desencadenado culmine en otro álbum. Sus canciones son íntimas, para públicos pequeños, que deberían ver la luz en sesiones especiales de lugares cerrados, más exclusivos quizá, casi como si fuera música de conservatorio. Pero eso no es negocio y ella es un peón en su juego.

Algo está volando en el aire que ella preserva en su voz en alto. No le agrada desmantelarse ni desmantelar toda la contención. La energía de una muchedumbre en un escenario abierto al aire libre la sobrepasa. No se sabe bien en qué momento esto se agrava. Eventos como la muerte de su abuela paterna en 2006, el encarcelamiento de su esposo Blake, la pérdida de interés respecto de la música fabricada para giras se suman imperceptiblemente en una espiral ascendente. Su pequeño cuerpo lleno de gracia salvaje no está construido para la fama, y sin embargo, la industria lo ha aceptado enteramente como singularidad exótica. Parada en el escenario con sus tacones altos y sus faldas cortas se asemeja a un felino enjaulado en el zoológico de las vanidades. Ya no tiene nada que hacer ahí. Como no puede irse, se queda, pero borracha. Muchas de las canciones de su álbum bisagra, Back to black, han sido concebidas desde su propia temporada en el infierno, no emergieron para ser aireadas en exigentes giras. Pero eso no le interesa un rábano a la industria musical, ni tampoco a buena parte del grupo que la dirige. No le importa un carajo, a esta industria, la pureza de lo que se ha parido desde el abismo. No le concierne el proceso ni lo que significa, solo empaquetar el producto, embalarlo, catalogarlo y venderlo.

No sabe Amy Winehouse escribir desdoblando su yo como lo hacía Fernando Pessoa, o como se hace en la novela. Ella es muy personal. Una canción de Amy Winehouse es un pedazo de tiempo, un ordenamiento de coordenadas cartesianas que resguarda algo intangible en su vida, que es, sin embargo, algo que ya no quiere volver a sentir. No sabe actuar, ni representar, ya no le fue posible sumar ese talento en la repartición divina. Amy solo es. Siente y se mueve con lo que sucede. La música no sale de otra manera. Y cuando lo siente, necesita sentirlo todavía más, para entregar una actuación auténtica. Necesita beber para volver a introducirse en esos espacios-tiempos. No es la primera artista que sufre así por su intensidad, también por su inmadurez. Desde que pasó lo que le pasó, deberían haberse introducido normativas legales en el mundo de la música que protejan al artista de no confrontarlo con sus materiales inflamables, en vista de la naturaleza de aquello con lo que trabajan: sensaciones vivenciales. No se puede esperar que los jóvenes talentos sean genios y a la vez ya maduros para sobrellevar esa vida. Solo doctores del alma como Antonin Artaud entienden realmente dónde se pudrió todo el asunto; el artista que sobresale está abandonado a su suerte en el rodeo de la fama. Que se vayan al diablo las terapias y el psicoanálisis. Los paparazzi son un lastre social que debería extinguirse. Debería haber mejores formas de proteger a los artistas de las productoras, de las grandes corporaciones que los financian y los convierten en marcas del mercado. “We are still alive”, gritará Amy al final de un concierto, sonriente, al despedirse de su público ondeando una mano como quien ha salido de una cirugía: “we are still standing”.

Síntoma de que algo está muy torcido en nuestras sociedades es que una de las canciones más personales de Amy, “Rehab”, sea el hit, el single que la encumbró definitivamente en la fama. “Rehab” es una dura confesión, algo que no se cuenta ligeramente. Un artista visual podría producir una instalación con ese testimonio en algún museo británico o estadounidense, y en ese caso los consumidores del arte irían a ver la obra, pero la artista no tendría que exponerse presencialmente ante 50 mil espectadores para repetirlo una y otra vez, y además ser ovacionada por ello. Es una gran diferencia entre la intérprete musical y la artista visual, más allá de los géneros.

Las letras de Amy Winehouse no eran siempre para tararearse huecamente como una canción de las Spice Girls. I go back to back.... to black... No hay nada de siniestro en ello, pero hay abismo, y abismo es una profundidad cuyo fondo no se conoce, por ello es de respeto. Pero el consumidor ya había sido moldeado pobremente, en general se acomodaba a los hábitos de consumo masivo que la industria musical ha instalado, para peces de aguas poco profundas.

Solo si lo dejas la música te lleva. Si respetas esa especie de ritual que está ocurriendo al frente cuando Amy está sumergiéndose en una de sus canciones, no actúas como en cualquier concierto de música pop. Incluso cuando Amy se negó a cantar en pleno concierto en 2011, merecía otro trato. Eso era un performance sin que nadie lo planeara, ¡había tanto que decía a gritos! Fue en aquella gira que la hizo aparecer forzada en Belgrado, Serbia (Fortaleza Kalemegdan, julio de 2011). Ahí también correspondía respetar y observar esa comunicación invisible que estaba sucediendo. Los videos están en youtube. Es cierto que aparece borracha hasta las patas. Ella no intenta representar nada. Es una acción natural frente a una canción quirúrgica en su alma. El público la abuchea, le piden que cante o devuelva el dinero. La tratan como a cualquier bufón que ha venido a entretenerlos. La pureza de su arte no está bien resguardada en esos contextos.

El público serbio pudo creer aquel día que Amy se negó a cantar, pero en realidad fue algo más sutil: no se negó, ni siquiera abrió la boca, simplemente señaló en su actuar que preferiría no hacerlo. Negarse hubiera sido no ir a la gira, o no salir al escenario. Pero ella fue, se presentó, y estando en escena, sucedió aquello. Fue el momento Bartleby de Amy Winehouse (recordando el mítico relato de Hermann Melville). Fue finalmente la única salida que pudo encontrar, decir con su silencio, frente al micrófono, “I would prefer not”, y frente de miles de fanáticos. El enunciado no era tanto para ellos como para sus managers, para sus contactos, para la industria musical, para los medios que se divertían con sus fluctuaciones anímicas, haciendo ironizaciones despiadadas sobre su bulimia y su adicción. No existe prensa más mordaz y despreciable que la inglesa. Amy otra víctima más. Amy suicidada por la sociedad, como Van Gogh.

Sus hermosos verdes ojos, grandes como una pecera, descansan ahora cerrados, y sus piernas delgadas se han replegado como una bandera que flameó hasta desgarrarse, dobladas en un armario de la memoria. Su luminosa sonrisa en los mejores días se ha quedado flotando con algo de su siniestra ternura. Era un caballo de carreras y la forzaron a trabajar en temporadas como caballo de carga. No supo qué hacer con el lugar que le fabricaron, en el tope de una colina de papel, creyendo que estaría tan agradecida como cualquiera. Amy no sentía avance alguno en su vida si no tenía a su lado a su corcel negro, al hombre veneno que amó, y que la descarrió los mejores años de su vida. Sin Blake a su lado no hubiera existido su mejor álbum – se consuelan algunos– , pero olvidan que hubiera existido otra maravilla, tal vez mejor, porque Amy sólo necesitaba una materia prima en la cual sumergirse, que en aquellos días del año 2005 resultó ser su tormentosa separación. Llegado un momento determinado, no tuvo algo mejor a lo que aferrarse.

El 23 de julio del 2011, un día antes de la boda de su entrañable amigo Nick, fue hallada inerte en su casa, por haber abrumado con líquidos espirituosos aquel cuerpo magullado, bulímico, que contenía su alma de reina del jazz de sesenta años. La vida misma no pudo entender tal desarreglo de velocidades, y la ecuación se canceló. Desde entonces descansa en otros confines junto a sus viejos ídolos, poniéndose al día con la vida en todo lo que se pasó a saltos de garrocha en jornadas turbias y alucinadas. Canta tu voz infinita, oscura y amorosa diva.

Filósofo y periodista - jorgelun@gmail.com








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