Cochabamba, Bolivia, Domingo 16 de abril de 2017
Ramona

Las estirpes condenadas a cien años de soledad

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Por: Cecilia Romero | 16/04/2017



Ensayo por los 50 años de la novela cumbre del escritor colombiano Gabriel García Márquez, preparado para la reciente II Expolibro efectuada en Cochabamba.

¿Quién no recuerda casi de memoria el inicio de Cien años de soledad? “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.

Confiesa Gabriel García Márquez que, cuando escribió esta idea inicial, no tenía idea de qué origen tenía ni qué haría con el resto del relato. Y esa incertidumbre fue la que lo llevó a no dejar de escribir ni un solo día la historia que continuaba ese párrafo.

El hielo en Macondo, la fascinación de una familia ante la visión de la transmutación del agua a un estado sólido. La familia es la de los Buendía. Sus integrantes se pierden ante la belleza de una imagen sin precedentes, pero también son los lectores quienes se deslumbran ante la visión de un párrafo que trae consigo la llave de una inmensa puerta.

Primer deslumbramiento, un gigante escribe sobre el pelotón de fusilamiento, ahora solo resta deambular por este camino que tiene la capacidad de ser un horizonte cerrado, pero también abierto. Hay que mirar la historia de Macondo, lugar físico, y a los Buendía, familia nuclear de este espacio, como la unificación de dos espejos.

Mario Vargas Llosa afirma que Cien años de soledad es una novela total. Es localista y universal, todos sentimos a Macondo como un territorio cercano donde de seguro hemos vivido, es nuestra provincia en evolución a una ciudad, una ciudad de tránsito y atropello, de soledad y muchedumbres, de fatalidad y de esperanza. Y también son los Buendía integrantes de nuestras propias familias. ¿Acaso los Buendía no son el reflejo casi fiel de la historia de tu familia o la mía?

Si me permiten una analogía autorreferencial, Úrsula Iguarán es el vivo retrato de mi abuela Magdalena Iriarte, esa que llegó al valle de pocas almas y decidió construir una gran plaza, junto a otras mujeres migrantes de las minas, y también su propia morada, un inmenso caserón por donde deambulamos Romeros, Méridas e Iriartes, todos reconocibles por estar apestados de soledad, como si tuviéramos una cruz de ceniza impresa en la frente.

¿Quién no ha identificado a una Pilar Moscote en su propia familia? ¿Con la sempiterna desilusión amorosa de Amaranta Buendía? ¿Con un eterno seductor, ese que representa el animal sexual de gran magnetismo, como Aureliano Segundo? ¿No es Macondo el espacio que recrea todos los otros espacios?

Macondo tiene olor, huele a aire de humedad tropical, a tierra luego de un diluvio que duró cuatro años, once meses y dos días, a las axilas de un Buendía que retoza casi desnudo en una hamaca. Macondo suena a los baúles viajeros que cargan migrantes, los gritos de gitanos, el suave despegar de Remedios la bella, que se va volando mientras un viejito va cayendo rumbo al gallinero. El sonido musical de clavicordio en la casa grande de los Buendía.

Y es que Macondo entera remite a la infancia del autor. Son la abuela, la madre, el padre, Aracataca en pleno los sujetos encarnados en esta novela. Ahí, en esa muchedumbre, lo colectivo y lo individual tienen simbiosis. Tiempo y espacio son lugares de unificación. Ciudad y personajes tienen una relación insoldable, ambos nacen en la ciénaga y se van en el polvo de un paredón de fusilamiento.

Macondo, de su etapa final, luego de batallas, llegada y fuga de compañías bananeras y muertes violentas, espacio fatigado de existencia monótona, sin bares para la fiesta y el encuentro. Macondo o Cochabamba, acaso en el aquí y ahora puede sentirse ese mismo cansancio, ese mismo hastío, también una nostalgia, al menos por parte de los de mi generación, por esa ciudad que fue y no será más un lugar que, en tiempos de los 90 y parte del nuevo siglo, vivió la proliferación de espacios celebrantes, como los cafés y las pequeñas salas de cine.

Cochabamba era una fiesta, la zona de la calle España, a la que llamábamos “El Barrio”, juntó por única vez a personas irrepetibles. Sin duda, ser joven en ese tiempo fue un raro privilegio. Y, para finalizar esta cita con la memoria, es importante recordar el bar del Tío Lucas, que fue uno de los iniciadores de este breve estallido. El tío Lucas era un Melquíades extravagante, con fascinación por lo ignoto. Así, la memoria no dejará de recrear una y otra vez ese Macondo sin ciénegas.

Por estas razones, Mario Vargas Llosa sostiene que la de García Márquez es la novela total, porque, entre otros elementos, tiene visos de universalidad, todo se agota y se crea en ese universo. En el devenir de Macondo, vemos el reflejo de la historia de cada lugar prehistórico y su transmutación a ciudad, donde conviven caos y orden, belleza y fealdad, y cementerios esperando a su primer muerto.

Y es novela total por los personajes. Traer de nuevo a Úrsula, que es la maga organizadora de un orden íntimo que trasciende un orden más amplio, el de Macondo. Es Úrsula quien abre la puerta de ese mundo feliz y cerrado. Por esa puerta llegan los primeros migrantes. Y es José Arcadio Buendía el padre fundador de la familia y también de Macondo. Dado su amor por las cosas que no son de este mudo, se abre a una amistad con el misterioso Melquiades, que volvió de la muerte por la abrumadora soledad de ese paraje.

A todos los Buendía los persigue alguna fiebre, un territorio por conquistar, un cuerpo que poseer, una fórmula mágica que descubrir, todos buscando la inmortalidad. Y es que en Macondo ni siquiera los muertos descansan en paz.

El lenguaje en esta novela del Premio Nobel de Literatura en 1982 es una celebración en sí de la irrupción de personajes insólitos, como esos que nacen con cola de cerdo, o la suma de hechos imposibles, como ese diluvio que terminó por humedecer para siempre los cimientos de Macondo.

Un rasgo importante es que la novela abarca este mundo con una voz que narra sin imponer un peso emocional por parte del narrador. Suceden matanzas y muertes con cierta mirada fría. El creador no se involucra sentimentalmente con sus criaturas. Indagando sobre esta condición, es el mismo autor quien reconoce esta imperturbabilidad como un rasgo vital de la novela. Afirma que: “Me contaba (mi abuela) las cosas más atroces sin conmoverse como si fuera una cosa que acababa de ver. Descubrí que esa manera imperturbable y esa riqueza de imágenes era lo que más contribuía a la verosimilitud de sus historias. Usando el mismo método de mi abuela, escribí Cien Años de Soledad”. (Ver Plinio Apuleyo Mendoza: El Olor de la Guayaba, Editorial Oveja Negra).

Aun así y bajo esta condición fantástica de real imaginario que es Cien años de soledad, ahí dónde lo irreal convive con la realidad más evidente, de ellas las formas más preciadas de la irrealidad serán: los apestados por una ola de insomnio o los objetos que caminan solos, como un manuscrito levitante. Estos son la muestra fiel de cómo realmente se articula el mundo, un mundo que no abraza del todo el positivismo o las certezas totalmente comprobables. El territorio de lo humano es sin duda el del realismo mágico. Bajo su mitología, construimos certezas. Bajo algunas o quizá muchas mentiras, construimos nuestras propias leyendas.

Y si hemos diseccionado con la memoria el inicio de esta inmensa novela, novela de legión. Es también vital recordar el final que parece ser párrafo de anticipación a lo que le espera a las grandes juntas de hombres que trabajan, desayunan, se enamoran o se les rompe el corazón, todos juntos en esos espacios sobrepoblados, sobre explotados y apestados de tristeza y soledad. Quizá la literatura, como sospechamos, siempre ha sido el oráculo que anticipa lo que vendrá.

Recordemos para no olvidar: “Macondo era ya un pavoroso remolino de polvo y escombros centrifugado por la cólera del huracán bíblico, cuando Aureliano saltó once páginas para no perder el tiempo en hechos demasiado conocidos, y empezó a descifrar el instante que estaba viviendo, descifrándolo a medida que lo vivía, profetizándose a sí mismo en el acto de descifrar la última página de los pergaminos, como si se estuviera viendo en un espejo hablado. Entonces dio otro salto para anticiparse a las predicciones y averiguar la fecha y las circunstancias de su muerte. Sin embargo, antes de llegar al verso final ya había comprendido que no saldría jamás de ese cuarto, pues estaba previsto que la ciudad de los espejos (o los espejismos) sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres en el instante en que Aureliano Babilonia acabara de descifrar los pergaminos, y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre, porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra”.

Escritora y docente - romerocec@gmail.com








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