Cochabamba, Bolivia, Domingo 9 de abril de 2017
Ramona

El realismo mágico y la formación del espíritu científico

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Por: Ramón Rocha Monroy | 09/04/2017



Fragmento del texto que el escritor y periodista leyó ayer, en el marco del homenaje a los 50 años de Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, organizado por la Expolibro, evento que celebrará hoy domingo su última jornada, de 10:30 a 21:30, en la plazuela Del Granado.

No es usual comparar el realismo mágico con la obra del padre del obstáculo epistemológico, que se opone al avance de la ciencia, según el venerable Gastón Bachelard; pero es lo que me propongo en esta aventura: relacionar a García Márquez con alguien que quizás nunca leyó porque no lo encontraremos en su obra copiosa, pero parecería que lo hubiera leído. Veamos.

Es bastante conocida la anécdota de un viaje de vacaciones, que realizaba Gabriel García Márquez junto a su familia, pero de pronto entendió cuál era el procedimiento para terminar una novela a medias que titulaba Cien años de soledad. Entonces rogó a su esposa, Mercedes Barcha, que volviera atrás, y no se detuvo hasta terminar la novela.

¿Cuál había sido el hallazgo? Gabo lo relató así a la revista colombiana Cambio, en 2002:

“De pronto, a principios de 1965, iba con Mercedes y mis dos hijos para un fin de semana en Acapulco, cuando me sentí fulminado por un cataclismo del alma tan intenso y desgarrador que apenas si logré eludir una vaca que se atravesó en la carretera...

No tuve un minuto de sosiego en la playa. El martes, cuando regresamos a México, me senté a la máquina para escribir una frase inicial que no podía soportar dentro de mí: ‘Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo’. Desde entonces no me interrumpí un sólo día, en una especie de sueño demoledor, hasta la línea final en que a Macondo se lo lleva el carajo”.

Veinte años antes, en El olor de la guayaba, libro de conversaciones con su amigo Plinio Apuleyo Mendoza publicado en 1982, Gabo había dado una versión aún más fabulosa de lo ocurrido.

“(...) Un día, yendo para Acapulco con Mercedes y los niños, tuve la revelación: debía contar la historia como mi abuela me contaba las suyas, partiendo de aquella tarde en que el niño es llevado por su padre para conocer el hielo.

-Una historia lineal

-Una historia lineal donde con toda inocencia lo extraordinario entrara en lo cotidiano

-¿Es cierto que diste media vuelta en la carretera y te pusiste a escribirla?

Es cierto, nunca llegué a Acapulco”.

Recordemos la primera frase de la famosa novela: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar la tarde en que su padre lo llevó a conocer el hielo.

El hielo era traído desde la cordillera, envuelto en paja y transportado a lomo de burro. En el trópico, el hielo causaba asombro y todavía se llama, con un humor añejo, ‘agua dura’, un verdadero prodigio en esa tierra tropical”.

Veamos otro episodio: “Mercedes la Bella tiende sábanas que ha puesto a secar y de pronto asciende a los cielos”.

Estos y otros pasajes, como el de Melquíades, el gitano, que transportaba un portentoso imán por el pueblo de Macondo, el cual se llevaba adelante clavos, alcayates, aldabas y cacharros de metal, le delega a José Arcadio Buendía el oficio de alquimista.

Melquíades presenta el imán como la octava maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia. “Fue de casa en casa arrastrando dos lingotes metálicos, y todo el mundo se espantó al ver que los calderos, las pailas, las tenazas y los anafes se caían de su sitio, y las maderas crujían por la desesperación de los clavos y los tornillos tratando de desenclavarse, y aun los objetos perdidos desde hacía mucho tiempo aparecían por donde más se les había buscado, y se arrastraban en desbandada turbulenta detrás de los fierros mágicos de Melquíades. ‘Las cosas, tienen vida propia -pregonaba el gitano con áspero acento-, todo es cuestión de despertarles el ánima.’ José Arcadio Buendía, cuya desaforada imaginación iba siempre más lejos que el ingenio de la naturaleza, y aun más allá del milagro y la magia, pensó que era posible servirse de aquella invención inútil para desentrañar el oro de la tierra. Melquíades, que era un hombre honrado, le previno: ‘Para eso no sirve.’ Pero José Arcadio Buendía no creía en aquel tiempo en la honradez de los gitanos, así que cambió su mulo y una partida de chivos por los dos lingotes imantados.

Cuántos desvelos sufre José Arcadio para encontrar la piedra filosofal, es decir, convertir materiales ordinarios en oro, y al final ve con escepticismo el fondo de la sartén y sólo se le ocurre un parecido para ese producto: Mierda. El oro y la mierda son afines en el psicoanálisis; Lutero inventó el wáter closet, W.C., y la generalización de la banca es contemporánea de ese hecho: el oro se oculta en la bóveda del banco, como el avaro el fondo de su vientre, porque suele ser estreñido, es decir, que no sólo economiza el oro sino mierda. En fin, divagaciones harto conocidas que dejaremos aquí en un buen punto.

Ejemplos como estos abundan en la obra del fundador del realismo mágico, que para nosotros fue un cambio en el horizonte de visualidad, diría Zavaleta, o en el punto de vista, para reconocer a Úrsula Iguarán en la abuela Concha, a José Arcadio Buendía en el abuelo Manuel, a Pilar Ternera en la tía Maruja, y tantos otros paralelos.

Alguna vez me he preguntado cuál habría sido el mecanismo para encontrar un género tan vasto que al autor le dio el Premio Nobel y cuya huella tentó a numerosos escritores, de Isabel Allende a René Bascopé en La noche de los turcos. Era un ritmo, una cadencia y una forma de narrar lo inenarrable, que contagió a todos.

Curiosa, entonces, la actitud de la nueva generación, de sustituir a una tendencia cognoscitiva tan fuerte con dos escritores chilenos de poca monta: Bolaño y Fuguet (hasta ahora no sé si es Alberto o Roberto).

Quizá con esa tendencia obsesiva a buscarle orígenes a todo acontecimiento, de pronto vi cómo el realismo mágico se hallaba en las antípodas del pensamiento científico, y entonces volví a leer a Gastón Bachelard. Tenía el libro, lo perdí, pero lo bajé en PDF.

El filósofo francés afirma que las creencias científicas o medicinales antiguas se convierten, al paso del tiempo, en episodios del humor absurdo. Basta leer un libro de medicina o de farmacia antiguos para reír de los excesos, entre los cuales Bachelard cita desde Hipócrates y Galeno hasta el abate de la Chappelle. Veamos.

En el siglo 18 se publicó una correspondencia con el título de: “Experiencias realizadas sobre las propiedades de los lagartos, ya en carne como en líquidos, para el tratamiento de las enfermedades venéreas y herpéticas”. Por esa publicación conocemos que un viajero retirado asegura haber visto negros de la Luisiana curarse del mal venéreo “comiendo lagartijas”. El régimen de tres lagartos por día conduce a resultados maravillosos que son señalados por un científico de la época.

Otro ejemplo: por el mismo siglo 18, un francés abogado del Parlamento e ingeniero óptico ve con un telescopio el universo rodeado de 32 llamas infernales alrededor del sol que tiene sólo 5 leguas de diámetro y las estrellas dependen de nuestra visión, pues son “nuestros rayos visuales sobre diferentes burbujas aéreas”.

El procedimiento es frecuente y consiste en potenciar lo subjetivo como origen de todas las percepciones y por eso el científico habla de enfermos del Asilo que desafían al sol con la mirada. Hoy este científico no encontraría un editor amigo, pero en su época mereció el respaldo del Canciller y el sello oficial, porque siempre se había pensado “que los objetos venían de alguna manera al encuentro de los ojos; pero el científico invertía la perspectiva, es la facultad de ver la que va al encuentro del objeto.

Hoy la retórica científica es ininteligible, porque está reservada a los iniciados en fórmulas y jergas; pero en el siglo 18 eran frecuentes los conferencistas que hablaban de temas científicos como insertos en la vida diaria; una tendencia que se repetía en los libros, particularmente los del siglo 18. El conferencista o el autor conversa con su lector como en un salón. Si habla del Trueno, se extenderá en las concepciones del Temor que aquél ocasiona, y abundará en repeticiones sobre lo inofensivo del trueno, pues es señal de que el peligro ha pasado y sólo el rayo mata. Veamos a un autor de la época: “Al escribir sobre el Trueno, mí principal intención ha sido la de moderar, en cuanto sea posible, las incómodas impresiones que este meteoro acostumbra ejercer sobre una infinidad de personas de toda edad, de todo sexo y de toda condición. ¿A cuántos he visto pasar los días entre violentas agitaciones y las noches entre mortales inquietudes?” El autor es el abate Poncelet y se extiende en un capítulo largo titulado Reflexiones sobre el espanto provocado por el trueno.

Hay que entender que por entonces la naturaleza era fuente de numerosos temores: no había penicilina, no se conocían los microbios ni los virus, no había biomedicina. En cambio en la actualidad vivimos épocas de depresión, de ansiedad, de insomnio, todas ellas por causas humanas. Y entonces Gastón Bachelard da con la clave: los fenómenos naturales están hoy desarmados porque están explicados.

Finalmente, la historia erudita y la narración pintoresca nos pintan una experiencia fatalmente desgraciada. Imaginamos al alquimista ridículo como un vencido. Es el amante, jamás satisfecho, de una Quimera, diríamos un Melquíades, o un José Arcadio Buendía. Una interpretación tan negativa debiera, sin embargo, haber despertado nuestros recelos. Podría proseguirse ese examen a lo largo de todo el siglo XIX. Se vería la atracción de la Alquimia sobre numerosos espíritus, en el origen de obras psicológicamente profundas. El centro de resistencia debe, pues, estar más oculto de lo que se imagina el racionalismo ingenuo. La Alquimia debe tener, en el inconsciente, raíces más profundas, como se manifiesta en la historiografía de la Masonería, que suele pintar la Alquimia como un sistema de iniciación política, un sistema oculto, a ratos inexplicable. ¿Por qué designan ministro a uno que no parece capaz? Un autor escribe: “Había…un sistema de iniciación que se encuentra en los fundamentos de todo esoterismo europeo, a partir del siglo XI y, por tanto, en los fundamentos de la iniciación de la Rosa-Cruz y en los fundamentos de la Francmasonería”. Habría que examinar las condiciones psicológicas más íntimas, para explicar un simbolismo tan poderoso, tan completo, tan duradero, una realidad psicológica incontestable. Por un lado, realidad, por el otro, simbolismo. (…)



Escritor y periodista - rochamonroy@gmail.com






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