Cochabamba, Bolivia, Domingo 9 de abril de 2017
Ramona

Tité, Brasil, laboratorio fútbol

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Por: Jorge Luna Ortuño | 09/04/2017



El autor analiza el trabajo del entrenador del seleccionado brasileño y celebra su contribución para que el juego de la canarihna haya vuelto a ser tan disfrutable como una obra de arte.

Su nombre es Adenor Leonardo Bacchi (Caxias do Sul, 25 de mayo de 1961), pero es más conocido como Tité. Es uno de los ciudadanos que produce más buenas noticias y fiabilidad en Brasil. Desde que Tité fue posicionado en junio del año pasado como técnico nacional de la selección mayor de Brasil, retornó la novedad y la alegría, la audacia de probar algo ligeramente diferente de lo que se venía haciendo en los tres últimos mundiales fallidos. Tan mal estaba la selección canarinha que arriesgar se convirtió en una cuestión de audacia para volver a hacer lo que les salía natural: jugar tocando, sintiéndose cómodos en posesión de la bola. Los últimos equipos de Brasil sufrían en la hilvanación de la jugada, pues ya no sabían cómo crear, de modo que dependían de robar la bola en campo contrario, o de saber contraatacar. Pero eso no era Brasil.

En términos de sistema táctico, con Tité y su comisión técnica al mando se pasó a jugar con un 4-3-3 flexible, dejando atrás el conocido 4-4-2 que tantos logros le había procurado a este país desde el Mundial de 1994, con dos cabezas de área como Dunga y Mauro Silva, que eran unos tractores. Con el paso del tiempo, estos dos que visten los números 8 y 5 se convirtieron en un lastre, un pasivo para el equipo, porque permitían recuperar la pelota, pero para no saber bien qué hacer con ella. La presión alta obligaba a que la pelota rotara entre los zagueros de atrás, y el armado se volvía tarea de uno de ellos. Naturalmente, Brasil jugaba horrible, lento, previsible, dependiendo del cambio de ritmo que una figura individual le podría aportar.

Hay que recordar que en Italia 90 el sistema de juego predominante era el 5-3-2, y Brasil, dirigido entonces por Lazzaroni, también jugaba así. Le fue como la mona, jugó feo y se fue temprano de la copa. Cuatro años después, el campeonato de USA 94 posicionó el 4-4-2 en lo más alto del mundo fútbol y se volvió tendencia. Recuerdo de aquellos días haber leído un artículo publicado en el diario Presencia, donde Xavier Azkargorta decía que el sistema del futuro sería el 4-3-2-1. Esto se grabó en la mente de ese muchacho de trece años como una jugosa profecía. Ahora es pertinente recordarlo, pues el 4-3-3 que utiliza Tité se torna en un 4-3-2-1 de manera dinámica en diferentes pasajes de un juego, siendo Neymar, Coutinho y Gabriel Jesús los tres que componen el triángulo del último tercio del campo. Sin embargo, la fuerza y el sostén del equipo provienen de la potencia y versatilidad de sus tres medios: Casemiro, Renato Augusto y el recuperado Paulinho.

Dejemos de hablar de sistemas y hablemos de Tité, quien por este lado del mundo se hizo conocer con su exitosa gestión en el Corinthians. Algunos le consideran como el Guardiola brasilero, lo cual tiene algún sentido, porque promueve un juego de toque y apoyo asociado, además de una propuesta que considera la belleza plástica en el juego como objetivo. Pero eso lo practicaba Brasil desde antes de que Guardiola existiera –véase el Mundial del 70– , de modo que la comparación es anecdótica. Podríamos decir entonces que, frente a la discusión de los dos estilos dominantes actuales, el de la verticalidad (Real Madrid de Mourinho, o de Angelotti, el Chelsea…) y el de la horizontalidad y el toque asociado (Barcelona, Arsenal, Bayer Munich), Tité optó por lo segundo, con altas dosis de juego bonito.

Ahora, no se piense que la disyuntiva es ser solamente uno de los dos, sino de combinar elementos. El ejemplo claro hoy en día son el Barcelona de Luis Enrique y el Real Madrid de Zidane, que combinan posesión con verticalidad. Además, la presión alta y el juego de velocidad en contraataque también lo tiene este equipo de Brasil; sin embargo, si tiene que apostar por algo, apuesta por la paciencia, por la maduración de la jugada, el juego asociado y tener la pelota. Y ahí es donde entra el gran mérito de Tité, porque así se quiere ver a Brasil. Se aseguró de que los jugadores brasileños recuperaran la confianza para jugar como lo sienten al fútbol en su país, como lo marcaron los abuelos. Futbol es algo que se hace descalzos y en contacto con la tierra, con el suelo de las calles. Sentir es algo muy poderoso, es algo que te conecta con la tierra, la base de donde proviene todo arte.

Recuerdo que el artista cruceño Lorgio Vaca me habló en cierta ocasión de cómo los colores provienen de los minerales de la tierra, que calentados a ciertas temperaturas devienen materias de trabajo para el pintor y para el muralista. Luego me vienen estos versos suyos:

Nuestros abuelos inventaron las señas

Las señas en el cuerpo

Las señas con la música del viento

Dieron vida al barro y

Crearon y guardaron en la tierra

El libro de todas las sabidurías

El artista –me decía– es quien se interesa por desenterrar los mensajes de los antepasados. Ser artista es volver a ello y desenterrar, es sentir más profundamente la necesidad de extremar sus medios y ejercitar sus facultades para retomar esos rastros y comunicarse con los suyos a partir de un lenguaje más profundo y comunicador. Tité me recuerda en algo a la calidez de mi amigo Lorgio.

Pero el asunto es que Brasil se había olvidado de ser artista, de comunicar desde ese lenguaje profundo. El público ya no seguía a su selección. Ver jugar al Brasil de Dunga era lamentable, por su mensaje raquítico y desdibujado. Y esa tibieza pasó antes, en el Mundial en Alemania, donde Francia eliminó una insípida versión de la verde-amarelha. El 2014, en la cita que los tenía como anfitriones, conocieron la total desconexión respecto del mandato de la tierra para un brasileño. Scolari perdió los papeles, embriagado en los aromas del éxito que venía cosechando a fuerza de un fútbol resultadista y de mucho roce físico. Brasil cayó por 7-1 en su casa y ya no parecía haber camino de retorno posible.

Pero apareció Tité. Desplazó la Neymar-dependencia, tanto así que ahora, solo ocho partidos después, todo el mundo se pregunta quién es ese técnico fantástico que devolvió a Brasil a la senda del triunfo y lo clasificó prematuramente para el mundial en Rusia 2018.

Tité habla como un filósofo. Sus jugadores lo alaban por ser un hombre amoroso, que transmite afecto. Dani Alves lo compara con Guardiola por su capacidad para gestionar el grupo humano, lo cual, dice, va más allá de ser director técnico. Los analistas observan que ha recuperado la sensación de familia en torno a la comisión y los jugadores. Cada conferencia de prensa que brinda es una oportunidad para conocer un poco de su extenso vocabulario futbolístico. Si hemos hablado de un Brasil artístico, habría que decir que Tité nos recuerda un poco a un director teatral-dramaturgo, que trabaja en torno a la esencia que hace que después se manifiesten las formas. No existe preeminencia de un guion, sino atención constante a la esencia que sostiene el conjunto.

Cuántas cosas más quisiera escribir para compartir esta alegría porque Brasil ha retornado. No diré nada más, toca esperar y disfrutar.

Filósofo y periodista - jorgelun@gmail.com





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