Cochabamba, Bolivia, Domingo 19 de marzo de 2017
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Por: Bartolomé Leal | 19/03/2017

Ella se sintió vejada por los sarcasmos. El animador de la tele, omnipotente y canchero, verboso, mordaz, consciente de su poder, no le daba tregua. Era su estilo, apabullar a los entrevistados, actores, concursantes o bailarines. Burlarse sin medida. El público en la platea del set gozaba con ello. Un público vulgar hasta decir basta. Un público internacional, ejemplo demostrativo de la globalización de la vulgaridad. Vulgaridad latina además. Todos sabían, cual más cual menos, que era la forma en que el animador los divertía. Los llevaba divirtiendo de esa misma manera durante casi medio siglo, sábado tras sábado. 

Había sido invitada al tradicional megaprograma televisivo, apto para toda la familia, supuestamente para ser homenajeada. Debió esperar que acabaran los concursos para cretinos, las publicidades más engañosas, los innumerables números cómicos, cada cual más deplorable que el anterior, groseros como correspondía a la moda en las pantallas. Debió contemplar los desfiles de modelos tetonas semidesnudas, escuchar a cantantes ineptos dedicar sus gorgoritos a un público enfervorizado; los peores eran las viejas estrellas desenterradas, ya que al animador le encantaban las canciones y los ritmos del recuerdo. No le ofrecieron ni un vaso de agua, tuvo que apañarse para conseguir una silla donde descansar las piernas.

En un momento le avisaron que lo suyo vendría al final del programa, que saldría más corto pero lo harían aparecer como el broche de oro, la guinda de la torta, el non plus ultra… Un final de programa digno de su prestigio nunca negado, de su alto rating televisivo. Así se expresó el productor, que corría coordinándolo todo, transpirando, medio borracho a juzgar por el tufo a whisky que le echó en plena cara. Le repetía: estamos en vivo, estamos en directo, no podemos equivocarnos, no se preocupe dama que todo saldrá bien.

Finalmente salió a escena en medio de fanfarrias y aplausos falsos. El animador no tardó en comenzar a reírse de ella, de sus años, de su vestimenta, de su carrera, de su familia, de su dicción, de sus callos, de sus arrugas… Confundió su nombre y le habló de películas donde nunca había participado, de canciones que nunca cantó, de premios que nunca obtuvo. No quiso hacer caso de sus correcciones. Le hizo preguntas estúpidas e impertinentes que ni alcanzó a responder. La obligó a bailotear un ritmo infame… Ella no pudo más. Vio todo rojo y atacó.

Cogió al tipo por el cuello y, empujándolo hacia el fondo del escenario, apretó la nuez de Adán con su enguantada mano izquierda. Con la derecha empuñada, también enguantada, lo golpeó duro en los testículos. El hombre abrió la boca de dolor y ella le metió adentro su pequeña mano, atrapando la lengua y, tirando con fuerza, casi se la arrancó. Sintió que alguna gente reía o gritaba, varios se acercaban para auxiliar al comentarista, que se ahogaba, que babeaba y sangraba. Lo soltó. Esquivó a los aterrados testaferros del comentarista con ese salto elegante y amplio, que tanta gloria le había dado en los escenarios. Con una reverencia, la vieja bailarina pidió aplausos para ella y para el gimoteante don Francisco.

Escritor chileno - www.bartolomeleal.cl






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