Cochabamba, Bolivia, Domingo 19 de marzo de 2017
Ramona

La tierra, el cuerpo, la palabra

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Por: Angélica Gorodischer | 19/03/2017



Introducción de La narrativa contestataria y social de Gaby Vallejo Canedo (Ed. Kipus, 2017), libro de ensayos sobre la escritora cochabambina, compilados por Willy Oscar Muñoz. La obra fue presentada recientemente en Cochabamba.

A la narrativa de estos países de nuestra América Latina, países de desdicha y de esperanza, territorios agarrados a la tierra y al agua, fraguados en montañas y en selvas, en busca perpetua de sus destinos, le hace falta la voz de la mitad olvidada del mundo. Y no es que las mujeres no hayamos escrito desde hace siglos, desde siempre. Es, por el contrario, que toda esa enorme producción de épicas, de rimas, de propuestas y testimonios, ha quedado siempre en la sombra, presa del silencio ancestral establecido en la historia por una visión unilateral y discriminatoria de este mundo en el que vivimos todos.

Esa falta, esa necesidad de palabra otra, de palabra que simula ser la misma de siempre pero que viene cargada de otros significados porque crece a partir de otras raíces alimentadas por el humus de una diferente visión de eso que se llama realidad, se va cerrando lentamente como se cierran las heridas antiguas, se va curando como una vieja enfermedad a la que por poco no nos habíamos acostumbrado, porque a lo largo de los años, casi sin que nos diéramos cuenta al principio de qué era lo que estaba pasando, empezaron a oírse las voces de las mujeres. Y no solamente las de las mujeres que hablamos hoy y ahora y aquí, sino también de las que una vez dijeron algo, algo rimaron, algo contaron y que, sin embargo, parecía que habían guardado un obediente silencio.

Lo que se escribe hoy y lo que se escribió entonces y ahora sale a la luz, no es la respuesta a las preguntas, las demandas, las exigencias de estos países en busca de sí mismos. Por el contrario, no trae ninguna solución, no aporta la panacea que ha de salvarnos, no nos ofrece cobijo ni reposo: lo que escriben, escribimos hoy las mujeres de esta América de tan al sur, suena como una voz irritante e incómoda. Algo que, como siempre, va a hacer que quienes están en el statu quo se pregunten si no hubiera sido mejor callarla.

Y no: si como dice Susan Sontag, “el verdadero arte tiene la particularidad de poner nerviosa a la gente”, sucede que más que acallar, hay que oír lo que dicen esas voces recién aprendidas. Recorrer el mapa de la América que habitamos es como recorrer el mundo en nuestra casa, un cuerpo con el que nos movemos en la vida, un cuerpo sufriente con un corazón volcánico y un regazo de pampas y de llanuras, verde como los ojos de los inmigrantes, azul como los cielos que dejaron, moreno como quienes habitaban desde siempre esta tierra.

Entre las voces irritantes que se alzan contra lo establecido, se oye la de esta boliviana, la de Gaby Vallejo, que viene a través de los años trabajando con la palabra de este idioma nuestro. Desde el texto académico, imprescindible si se quiere reconstruir el rompecabezas de la literatura de esta América, hasta los libros para niños, pasando por sus novelas y por las guías para docentes y bibliotecarios, Gaby Vallejo ha insistido en una postura absolutamente inflexible que sostiene la necesidad de salvaguardar la identidad de su país, de su continente, de su tierra y de su cielo.

Cuando se ha elegido, como ella, el oficio de escribir, la resolución de una posición en la vida nace en las palabras, transita las palabras, triunfa en las palabras. Es así como sus novelas, todas ellas y esta no es la excepción ni podría serlo, escrupulosamente estructuradas en escenarios que son casi como un fresco cambiante que va moviendo sus colores y sus formas según el mundo de la escritora, el íntimo y el otro, el público; vaya cambiando con las políticas, los usurpadores, las conquistas, las derrotas, exploran con una agudeza quirúrgica que tiene también algo de destreza en los dedos de la tejedora de encajes, las razones últimas y profundas de la discriminación, de la esperanza, del amor, del fracaso.

Todo eso se hace con un lenguaje que, a veces, viene de la oralidad (en los diálogos, por ejemplo, que más que leerse en ocasiones parecen oírse) y, otras veces, de una antigua sabiduría enraizada en aquellos pueblos que vieron el mundo con ojos distintos de los nuestros (en las reflexiones, los apartes de un coro virtual cuya voz es la de la autora pero es también la de los desheredados del mundo). Y sin embargo, Gaby Vallejo sabe, y eso se adivina en sus textos, que aquellos ojos, aquellas conciencias, aquellos mitos viven aún en nuestra propia sangre. Imborrables, destilados en sufrimiento, los personajes de Gaby muestran esa antigua pena, ese dolor irreprimible que es la angustia de la injusticia, de aquello que golpea y que hiere, eso de lo que no se sabe la razón ni el pretexto.

Podría decirse que toda la obra de Gaby Vallejo es un alarido, a veces salido de las gargantas aun virginales de los niños, a veces de las lágrimas de las mujeres postergadas, maltratadas, ignoradas; a veces de los gestos de inútil rebeldía de los hombres explotados o simplemente dejados de lado como si sus vidas no tuvieran valor, no le importaran a nadie.

Ese alarido no es solo protesta: es exigencia, necesidad de justicia y de amor; de protección y de comprensión. Pero la muerte, parece decirnos la autora, no es ni el final ni la solución. Habrá otras y otros y habrá que seguir escribiendo para que la palabra conserve su carácter omnipotente, imborrable, necesario y, por lo tanto, imposible de callar.

La palabra: esa herramienta, esa argamasa con la que se va modelando el edificio de una novela como la que hoy toma el ropaje de otro idioma para decir la misma oración desgarrada de una tierra que se reclama brizna a brizna, eco, polvo, margen, ramaje y agua. Esa palabra reclama la mano de una autora como Gaby Vallejo para hacerse válida. A través de Los vulnerables, ¡Hijo de opa!, La sierpe empieza en cola, Encuentra tu ángel y tu demonio, ella no ha dejado de cumplir el compromiso con la palabra que adquirió muy temprano en la vida, como un mandato, como la manera de actuar sobre el mundo.

Es cierto que hoy es una autora conocida tanto en su país como fuera de él, pero una se pregunta si es eso lo más importante. No, lo importante, lo que a las demás nos insta a seguir adelante es que la obra está ahí, invencible porque ha sido construida letra a letra, sílaba a sílaba sobre la base de un convencimiento y de una fuerza que la sostienen y con una maestría en la escritura que la hace brillar. Cuando se escribe así todo llega, pero entonces quien escribe, ella, la autora, siente que ese no es el final del camino porque el camino no tiene final. Y siente que tanto su deber como su felicidad están en el manejo de la palabra que ha de pegar en el mundo con la fuerza de la roca, con la persistencia del agua.

Felicitémonos de que haya entre nosotras una autora tan americana, tan boliviana, tan nuestra, tan indiscutiblemente decidida a seguir el itinerario que le trazan las palabras dispersas que andan en busca de su lugar en el mundo.

Escritora argentina








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