Cochabamba, Bolivia, Domingo 12 de marzo de 2017
Ramona

Lion

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Por: Mauricio Rodríguez Medrano | 12/03/2017



Sobre la cinta británica de Garth Davis que estuvo nominada a varios premios Oscar, entre ellos mejor película.

“He visto las ciudades de muchos hombres, y he aprendido

sus costumbres” (La Odisea).

Saroo se quedó dormido en una banca. Su hermano mayor, Guddu, ingresó a las tinieblas de la madrugada (en el momento en que la oscuridad es más fuerte). Fue a trabajar en secreto, para ayudar a su mamá que vende piedras. Cuando Saroo despertó, se sintió solo y con miedo e ingresó a un vagón abandonado. Tenía cuatro años el día en que se perdió.

Garth Davis dirige la película Lion, basada a una autobiografía escrita por Saroo. Fue Borges o tal vez otro escritor quien dijo que todas las historias provienen de dos afluentes: La Iliada y La Odisea. Este filme toma de base a La Odisea para contar la historia de Saroo: el incansable viajero, perdido, amnésico, que quiere regresar a su tierra.

Al día le sigue la noche, sin transiciones. Luces amarillas cambian por luces azules, a veces sombras. Saroo intenta salir del vagón, pero el tren se aleja cada vez, lagos atrás, deja colinas, verdores, y también el pasado y los ojos de su madre, y las manos que recogían piedras y lo acariciaban (todo viaje es una muerte constante).

Lion está dividida en dos partes. En esa mitad inicial, Garth Davis (antes de ser director, realizador de publicidad) cuenta este viaje sin apenas palabras. De la mano del actor Sunny Pawar, Davis compone un relato sincero, poderoso y cautivador de un niño que acaba perdido en Calcuta, a 1.600 kilómetros de su casa y sin conocer el idioma.

Davis evita incluso que esta parte del relato se le llene de música que ayude a subrayar las emociones. No le hace falta, y prefiere los silencios, los ruidos de la calle o del tren y el estruendo de la gente.

Los hombres son malos o eso parecen. Saroo duerme encima de cartones hasta que un grupo de personas lo persiguen. Capturan a otros niños de la calle (¿para vender sus órganos?, ¿prostituirlos?, ¿venderlos?), cerca de los rieles, cerca de la única esperanza que mantiene: regresar a casa. Saroo corre hacia un templo hinduista y pide perdón antes de robar comida para los dioses. El hambre no sabe de religiones.

La segunda parte es la australiana, 20 años después de su extravío y ya Saroo como hijo adoptado de una familia con poder económico (aquí se hace hincapié en que el pobre solo puede ser salvado por hombres blancos o por lo que se llama civilización).

Lion se torna una obra más convencional, con demasiada tendencia hacia la lágrima (Saroo llora, la madrastra de Saroo llora, la enamorada de Saroo llora, el padrastro de Saroo llora, el hermanastro de Saroo se golpea y luego llora) y lo musical (hacia el melodrama mexicano; Ulises en su forma más pop).

Como Slumdog millionaire (o las malas adaptaciones de La Odisea al cine), deja poco margen a que cada paso de la tortura mental del joven en busca de su familia india esté sentenciado por la obviedad y las extenuantes ganas de agradar y conmover, en lugar de la complejidad (Davis deberá aprender más de Kurosawa que de Silvia Pinal o de Bergman que de Escalera bajo el cielo).

Saroo busca su tierra, es su obsesión. En su recuerdo está él, rodeado de mariposas amarillas, y a los lados un desierto de tierra gredosa, acre, y su hermano que lo llama, el rostro lo tiene borroso, como son los rostros en los sueños o en las pesadillas, y allí a lo lejos su madre espera como Penélope esperó a su marido, que a la vez fue su destino.

Periodista y escritor - zion186@hotmail.com








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