Cochabamba, Bolivia, Domingo 12 de marzo de 2017
Ramona

El origen de muchas muertes: Nocturnal Animals

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Por: Javier Velasco Camacho | 12/03/2017



Sobre la película del cineasta estadounidense Tom Ford, estrenada en 2016, ganadora de varios premios y muy bien recibida por la crítica. 

Primero. La película de Ford es una ambiciosa propuesta narrativa muy bien lograda. El curso lo marca la actual vida de Susan (Amy Adams), una empresaria del arte, propietaria de una galería en LA, que un día recibe un paquete en el que está la última novela de su exmarido, Edward (Jake Gyllenhaal). A partir de este acontecimiento, y porque su actual marido la engaña y nunca está en casa, Susan se sumerge en la lectura de la novela, que es de una brutalidad increíble. La novela es la historia de un padre en Texas cuya esposa e hija son raptadas por un grupo de criminales durante un viaje familiar, y con un terrible desenlace. Así, al mismo tiempo que lee la historia, que va imaginando con ella como la esposa y Edward como el padre, Susan recuerda su vida pasada con Edward, a quien de pronto, y por el mismo acto de leer, empieza a extrañar.

Segundo. Lo de “animales nocturnos” es una poderosa metáfora. Como animales somos hambre de impulso, en territorios peligrosos donde ni la convivencia ni aquello que lastima están regulados por neutralidad alguna garantizando un orden mayor. No hay bien supremo ni ley que garantice que lo que ocurra no nos toque. Así, en la película de Tom Ford, el rapto, la violación, la venganza y sus actores están todos fuera de ley, que es también el tiempo de la noche. La ruptura de Susan y Edward ocurre en la noche, como la lectura de la novela, que es la respuesta animal, vengativa, de Susan a la traición de su marido; la lectura como acto nocturno, equivalente a una infidelidad. Y allí está la primera fuerza de esta película, “animales nocturnos” es un cruce de fronteras, el ingreso a una realidad en la que tanto el abandono como la muerte, pasando por la futilidad de concebir la venganza como posibilidad, se vuelven la proximidad de cualquier incontrolable giro de la suerte. Y eso es devastador.

Tercero. Cuando vuelves a estadio tan elemental (el animal digo), lo políticamente correcto deja de ser posibilidad para reducirse a su condición primaria: el mundo se divide en cazadores y presas. Tanto Tony (el padre en la novela de Edward) como Edward son “presas”, personalidades débiles, habitadas por el miedo, que dejan ir sin ofrecer resistencia ni pelea a la esposa (Susan) y la familia (que es secuestrada en la novela). Los “cazadores” son los otros, aquellos que ni de lejos encajan en la imagen del héroe, pero sin necesidad de hacerlo imponen su presencia; los despreciables: el repulsivo asesino sentado en su retrete en pleno jardín cuando vienen por él, o el policía que es poco más que un despojo impresentable actuando como la única forma de justicia. Ellos son identidades bien construidas (el policía, en la actuación de Michael Shannon, es casi una figura paternal), a mucha distancia de las temblorosas respuestas de los personajes de Jake Gyllenhaal ante aquello que amenaza y lastima. Por eso, no funciona la venganza del padre, la diferencia entre el padre y el asesino es una falsa equivalencia moral que distingue entre quienes están dispuestos a habitar la noche por lo que más quieren y desean, y quienes se esconden en la sombra.

Cuarto. Si lo animal es la brutal armonía de lo que en el mundo coexiste, lo humano es la irrefrenable necesidad de contar historias para que la destrucción no ocurra. Contar es vivir, y mucho más importante, es posibilidad de seguir viviendo, luchar contra la oscuridad que es falta de futuro, de fe, de sentido. Y aquí la segunda fuerza de esta maravillosa película; así como las historias permiten la vida, son también el origen de toda muerte. En el paquete que Susan recibe está sellado un poco de su destino, y ella se lanza con voracidad a leer una historia que se imagina con los rostros más familiares que imagina, en los escenarios que pinta con sus propios colores de luz y de noche, en sobresaltos que van cruzando la frontera del libro para atraparla y hacerse su propia experiencia. Ella necesita pausas, aprovecha el baño que toma el desesperado esposo después de vivir la noche de aquel infierno para bañarse ella también, respira al ritmo del relato, se anima, se esconde, respira otra vez, hasta agotarse en la intensidad de una experiencia que termina por contenerla. De pronto la historia va provocando su herida, y la deja así, vulnerable, exhausta, propicia para el daño, abierta a la posibilidad del dolor. Y es que 15 años antes Susan le había dicho a su mediocre marido que su arte no era bueno, y por eso lo había abandonado; ahora, Susan lo espera, deseando verlo después de leer su obra, sentada en un restaurante en una cita a la que él nunca llegará. ¿Es su venganza? Sin duda que no, esa ya ocurrió en el territorio de su escritura, aquella que convirtió a la cazadora en presa, donde él se hizo fuerte; en esa historia que le envió como un regalo y que terminó por habitarla, allí, junto a esos terribles seres y esas dolorosas presencias, donde habita también el origen de muchas muertes.

Literato y abogado - chocodelosflojos@hotmail.com








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