Cochabamba, Bolivia, Domingo 12 de febrero de 2017
Ramona

Vivir muriendo, una antigua novedad

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Por: Igor Quiroga | 12/02/2017



A proósito del poemario de Gualberto Pérez Terceros, un volumen que, para el autor de esta reseña, “convida poemas audaces, una fronda de bosque no domesticada a parque”.

Vivir muriendo es un convite poético entrañable, un manojo de espinas con flores de rosa. Una colecticia de palabras al viento de los días. Histórico de cronología, los sentidos que diseminan los cifrados poemas de este volumen impreso con aparición de libro pertenecen a una voz que, sin embargo, se resiste a la historia y sus hechizos.

Desde Rimbaud, la poesía moderna se constata como tema de lenguaje. Y por eso esta silva de variada lección pertenece a una tradición más antigua, anterior a la modernidad; su atención no es el lenguaje, sino aquello que está más allá: los hechos que sin su voz no alcanzan a mostrarse como realidad… La naturaleza, algunos nombres que son hombres y mujeres, anécdotas biográficas, homenajes que así se salvan de la desolación… De manera análoga a monsieur Jordan, que hablaba en prosa sin saberlo, Gualberto Pérez Terceros convida poemas audaces, una fronda de bosque no domesticada a parque. Interesado en no callar los textos de su propuesta denuncian a su autor: su volumen de páginas se fijan en el solo decir lo que dicen. Y un poco más. Como debe de ser aquello que es auténtico, original.

(A propósito cabe recordar que la originalidad no es un punto de partida, sino de llegada, como declara la lucidez ensayística de Mario Vargas Llosa). Cierto, todo poeta verdadero no imanta sorpresas novedosas, repite de memoria el origen de sus asuntos: el pasado está adelante. De allí la paradoja de su título de a pie: Vivir muriendo, un oximorón, un tropo diestro y siniestro de así nomás es.

La edición del volumen está a cargo del autor: Gualberto Pérez Terceros desdeña el patrocinio de toda institución. Personal, íntimo y comunitario, su moral instintiva se hermana a la publicación no auspiciada de sus versos: actitud de verdadera modestia procede a la par de Gustavo Soto, de Jesús Urzagasti, de Jaime Saenz, de Antonio Terán Cavero, de las iniciales apariciones germinales de Eduardo Mitre, Jorge Campero y Humberto Quino Márquez y el Ch’iti Nogales… y un par más del sur del país: estrellas segregadas, qué va. Todos sus textos son auténticos por sinceros, pero, a veces, parecen no sonar bien al oído: lo importante es el mensaje, respeto obliga.

Reza un sabido refrán: De poeta y de loco, todos tenemos un poco. El dictamen es sabio y no soslaya tontería. Consta lo que consta, a ojos vistas. Pero hay que criar cuervos para tener ojos, siquiera alguna ocasión: la poesía es instintiva y pobre, que otra riqueza no hay. Se trae lo que se lleva, y que de andar se trata. Que te quiten lo bailado.

A merced de la jaula de palabras, la poesía es un espacio de cielo, un lugar donde el silencio de las alas rotas impulsa al pájaro a volar, ya nunca libre de sí mismo y con los otros. Caer subiendo. Eslabón que honra la cadena. Verso a verso, mano a mano, el andrajo se zurce a otro andrajo con puntadas cosidas con hilos de miseria… Confutatis, maledictis/flamis acribus adictis, con música de Réquiem, ese Mozart abierto de inconcluso.

Así, pues, el entonces que es ahora. Mejor si no se ve el hilo conductor que amarra el puente a sus orillas. ¿A qué falda de montaña se aferra el brazo con su abrazo? Viene y va, pero se queda, agachadito en su silencio. Desde detrás del Tamayo de Scopas hasta Otoños de Virginia, deuda cancelada por su hija Mónica Pérez Bustamante, una voz superficial como la piel más profunda, Gualberto Pérez Terceros media su grito visceral: poemas que navegan en el mar más nuestro y perdido. Ansias de recuperación, ingobernable. Y contra la marea de estos días. Desnuda y vestida, como si tal cosa…

Escritor - igorquiroga@hotmail.com








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