Cochabamba, Bolivia, Domingo 8 de enero de 2017
Ramona

La última Navidad

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Por: Mariana Enríquez Radar | 08/01/2017


Estos días la hermosa voz de George Michael está en todas las radios y alcanza millones de visitas en YouTube. Las canciones elegidas suelen ser siempre las mismas: la balada “Careless Whisper”, la desfachatez pop “Wake Me Up Before You Go-Go”, la irresistible “Faith” y la épica “Freedom ‘90”. También la extraordinaria versión de “Somebody To Love” que hizo en 1992 para el homenaje a Freddy Mercury en el estadio de Wembley. Para muchos fue la única a la altura del original. Es cierto. Pero la insistencia en esta afirmación parece restarle mérito a Michael, un artista que escribía sus canciones, que grabó con Aretha Franklin, que vendió cien millones de discos, que con Wham! fue el primer desembarco occidental en China en 1985, que fue un icono gay tan desafiante como Mercury. Un artista pop completo: sus grandes canciones no son una cuestión de gusto, son parte de la vida, reconocibles desde los primeros acordes, inseparables de momentos concretos, algunos triviales otros importantes como una insegura noche de sexo en los vertiginosos años 80, la década de reinado de Michael que se mantuvo inmensamente popular hasta la pasada Navidad, la de su muerte, pero que, a partir de 1992, nunca pudo replicar aquel éxito planetario. 

La canción que no suele pasarse por la radio, al menos en los tributos de por aquí, es la más popular en su país, el Reino Unido: “Last Christmas”. Fue el simple navideño de Wham! en 1984 y siguió vendiendo cada año desde entonces: para las fiestas siempre se encontraba entre las más vendidas, incluso este 2016. La letra es muy sencilla, como eran las de Wham!: “La Navidad pasada te di mi corazón/ Al día siguiente se lo diste a otro”. No hay nada profético ahí, salvo el título y la muerte, la muerte solitaria del ídolo de masas en su última Navidad, el día que marca su canción más querida, la canción que no se puede volver a escuchar sin pensar en el George Michael tan frágil después de la neumonía que casi lo mata en 2011. 

El éxito monumental de Faith en 1987 llevó a que Michael decidiese, en 1990, a cambiar su estilo y, por ejemplo, no aparecer en los videos de su disco Listen Without Prejudice Vol. 1: con dirección de David Fincher (Seven), lo suplantaban sus amigas modelos, las despampanantes Cindy Crawford, Christy Turlington, Naomi Campbell, Tatjana Patitz y Linda Evangelista. Ellas doblaban la voz de Michael en un muy glamoroso caso de travestismo. Empezaba un camino que ciertos medios llamaron “tratar de dejar atrás al ídolo pop”, pero en realidad marcaba algo más importante: encontrar su identidad. George Michael era un hombre gay y ser un hombre gay es algo central en su figura pública, su música y su estilo. Una de sus canciones más famosas, “Jesus to a Child” (N° 1 en 1996) es sobre la muerte del diseñador brasileño Anselmo Feleppa, su amante y gran amor, que murió de una hemorragia cerebral consecuencia del sida en 1993. Michael era un hombre gay desafiante y complejo, incluso para su comunidad. Salió del clóset a los 35 años; había aceptado su sexualidad poco después de los 20 y se lo dijo a sus padres mucho más tarde: ni siquiera compartió con ellos la muerte de su novio. No salió del closet con un anuncio sobrio: lo hizo con un escándalo. En abril de 1998 un policía de civil, después de seducirlo, lo arrestó en los baños públicos del Will Rogers Memorial Park, en Beverly Hills. Michael dijo: “Fue un deseo inconsciente, deliberado. Esconder mi sexualidad a esa altura me hacía sentir un fraude”. No dejó que lo avergonzaran: enseguida editó “Outside”, una canción celebratoria y un video increíble donde aparecen policías besándose. 

La canción fue un éxito, pero aislado. Michael, que en 1991 le había hecho juicio a Sony por considerar que la compañía no había promocionado bien su disco Listen Without Prejudice, ya estaba un poco perdido para el público. Hacerle juicio a una compañía es una especie de muerte civil para un artista, pero también es cierto que la fama tiene esos picos atroces y luego inevitablemente se aquieta, sin desvanecerse del todo; y la de Michael fue constante. No vendía ni editaba muchos discos pero seguía siendo una de las grandes celebridades planetarias. ¿Le bastaba? Analistas de la cultura pop como el influyente Bob Lefsetz creen que no. Escribió en The Lefsetz Letter: “Hacía tiempo que él estaba fuera de la escena, su sello ya no lo apoyaba y si alguien cree que puede conseguir mantenerse relevante sin apoyo o con esfuerzo personal, es porque  nunca estuvo en el vientre de la bestia, porque nunca jugó el juego de la fama. El talento no es suficiente. Nadie es más grande que la máquina. Las discográficas tenían que darle una lección a Michael y este es el resultado”. 

Los años siguientes al juicio tienen álbumes muy interesantes, especialmente el de covers (“Roxanne” de The Police, incluido en Songs form the Last Century de 1999, es inolvidable), pero Michael solía aparecer en la prensa sobre todo con escándalos, no siempre sexuales, a veces nada más por bocón. En 2006 lo arrestaron en Hampstead Heath, en Londres: estaba yirando, tenía drogas encima. Una vez más, no dejó que lo avergonzaran ni se disculpó. Estaba en una pareja abierta y sí, le gustaba el sexo anónimo. En una entrevista de 2009 con The Guardian dio una explicación extraordinaria, sincera: “Cuando no hace frío, me voy a yirar a Hampstead. En general, las tardes lindas de verano. Con frecuencia hay fogatas ahí arriba. Es un lugar mucho más agradable para conseguir sexo rápido y honesto que estar en un bar, hasta las tetas de éxtasis, aturdido, gritándole algo a alguien con la esperanza de que quieran lo mismo que vos en la cama”. Cuando el periodista le preguntó qué necesidad tenía de yirar si podía conseguir a cualquier hombre, le contestó: “Claro, consigo a quien quiero, siempre. Pero me gusta un poco de todo. Y también tengo amigos ahí, en el yiro”.     

En los últimos días, mucha gente parecía irritada porque se hablaba de la sexualidad de Michael. “¿Por qué no se puede hablar nada más que de la música?”, se escuchó en radios y se leyó en comentarios, frase que sintetiza una de las formas más hipócritas de la homofobia porque se cubre con “el arte” para no saber lo que no quiere escuchar. La música está ahí: ¿quién puede sacarle a Michael esa apoteosis vocal que es “One More Try”? Escúchenla: ése es un cantante extraordinario. Al George Michael de los últimos años no le molestaba hablar de chismes y de sexo y de drogas: al contrario, le molestaba hablar de música. Las canciones se habían convertido en su nueva privacidad. Quizá ése era el terreno donde se sentía inseguro. “La gente gay popular hace todo para que los heterosexuales se sientan cómodos. Y mi respuesta automática a eso es decir que yo soy un hijo de puta degenerado. Y si no lo pueden manejar, no lo manejen”. Así hablaba. Y después se sentaba a cantar con una sinfónica y su voz estaba impecable y sonreía con sus dientes blancos, quizá un poco triste pero con pura picardía detrás de los anteojos oscuros.



Escritora y periodista






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