Cochabamba, Bolivia, Domingo 1 de enero de 2017
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[La Lengua Popular] Watchmen, 30 años

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Por: Christian Miranda Bascopé | 01/01/2017


Este 2016 que se acaba de extinguir se cumplieron 30 años de la publicación de Watchmen (Vigilantes, en español), una novela gráfica de 12 números publicada durante 1986 y 1987 por el escritor británico Alan Moore, el artista Dave Gibbons y el colorista John Higgins. No soy propiamente un amante del género, pero sucede que, a diferencia de otros cómics, Watchmen maneja temas que normalmente no son tratados por materiales de su tipo. En el cómic, se puede apreciar una intensidad y complejidad notables en relación a los perfiles psicológicos de sus personajes, nada obvios o maniqueos. Además, podemos ver temáticas que no son para nada adolescentes o infantiles. Más al contrario, hay alusiones constantes a temas políticos, filosóficos, metafísicos, morales y sexuales, todo esto en un contexto histórico en el que la realidad y la fantasía histórica se permean continuamente.

Lecturas hay muchas, pero me parece que Watchmen descansa en todo momento en el roce trágico de cuatro personajes maravillosamente construidos, no tanto por sus virtudes, sino principalmente por sus “defectos”. Les hablo de Ozimandias (Adrian Veidt), Dr. Manhattan (Dr. Jon Osterman), Rorschach (Walter Joseph Kovacs) y El Comediante (The Comedian). En cada uno de ellos prima una noción diferente de lo heroico, y la novela gráfica es constituida y condicionada en todo momento por esta diferencia de concepciones.

Por un lado tenemos a Rorschach, un héroe lleno de contradicciones de todo tipo y con serios conflictos psicológicos; un poco autoritario, algo puritano, pero con cierta represión evidente, fascio dirían algunos. No soporta a “todos esos liberales e intelectuales”, a los que tienen “sensibilidad liberal” o a los “libertinos y comunistas”. Es un héroe algo limitado por su realidad, que de ninguna manera posee una visión panóptica del mundo. Es un héroe siempre presente, absolutamente convencido de su misión y, pese a que muchas veces entra en una flagrante contradicción con sus valores, es un personaje totalmente cerrado en su concepción ética y moral del mundo: “Porque hay bien y hay mal. Y el mal debe ser castigado. Incluso al borde del armaggedon no dudaré de esto”.

Tenemos al Comediante (The Comedian), héroe sumamente humano y con debilidades también muy humanas, totalmente apegado al régimen o, en este caso, deberíamos decir a las administraciones (principalmente a la de Nixon). Es políticamente incorrecto, pero tiene una excelente relación con el poder, que lo mantiene “conectado”, a diferencia de los otros. El Comediante es el más cínico y realista de todos. Para él “todo es una broma”, “solo unos imbéciles pueden creer que van a resolver los problemas del mundo”, “hay que proteger la sociedad de sí misma”. El Comediante “vio el rostro del siglo XX y escogió convertirse en un reflejo, en una parodia”. Si bien es deliberadamente inmoral, nunca pareciera que lo es por una maldad intrínseca, sino simplemente porque eso no le lleva nada a serio.

Si bien es un tipo de héroe más obvio, el Dr. Manhattan también posee ciertos matices psicológicos que lo hacen singular, obviamente, en menor medida que los demás. Sus poderes son bastante contundentes. Al consultarle alguien a su exjefe si consideraba que el Dr. Manhattan era el superhombre, este infirió que no dijo eso, sino que dijo que “era Dios y él era americano”. Es tan poderoso que literalmente puede ser considerado un dios, pero en este sentido el personaje posee una desproporcionalidad evidente entre los poderes anteriormente citados y su franca debilidad e ingenuidad psicológicas. Es decir, para poseer el poder que posee, el Dr. Manhattan es sumamente manipulable e ingenuo.

Finalmente tenemos a Adrian Veidt (Ozimandias), el personaje más interesante y complejo; solo rivaliza en policromía psicológica con Rorschach. Su atributo principal es el de ser “el hombre más listo del mundo”. Es ágil, inteligente y tiene una visión más completa del mundo que la de sus compañeros, exceptuando al Dr. Manhattan. Posee delirios de grandeza, es claramente megalómano y visualiza que su liderazgo será el único capaz de dar una paz definitiva a la Tierra. Sus mayores modelos son los faraones, en especial Ramses II, del que deriva su nombre heroico: Ozimandias.

Lo genial de Watchmen es que, más que una lucha entre el bien y el mal, la lucha se da entre “varios tipos de bondad”, y el reflejo moral o inmoral de cada postura es la que juega a todo momento con el lector. Sin ser burdo y simplificador, pero siéndolo un poco, es un poco de la clásica justificación de los medios para una bondadosa finalidad. Pero lo peculiar de este caso es que el cómic sale de la asfixiante lógica imperante de lo “políticamente correcto”, y entra en un campo absolutamente refrescante de “sentido común” tan ausente en la conciencia de nuestras supuestas democracias occidentales.

Por último, es necesario hacer notar que en esta y en la mayoría de las historias de este tipo (que son generalmente las que vale la pena leer) hay una cuestión que queda sin resolverse. No convence ni la posición tomada por Veidt, es decir, el racionalismo y el inmoralismo políticos completos ni el maniqueísmo totalmente rígido, absoluto y algo ingenuo de Rorschach. Es un leitmotiv que sin lugar dudas genera y generará polémicas sin fin. Estas nunca serán resueltas. Afortunadamente.



Filósofo - christian_mirandab@yahoo.com






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