Cochabamba, Bolivia, Domingo 19 de junio de 2016
Ramona
El librero paceño Alexis Argüello transcribió un ensayo del escritor peruano Antero Peralta Vásquez, publicado en la Revista de la Policía Boliviana y a propósito de la fotografía.

La delincuencia fotográfica, transcripción

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Por: *Alexis Argüello Sandoval | 19/06/2016



Es hasta finales del mes de mayo que revisé apresurado la centena de revistas que, por el mes de febrero, en Bolognia, me regaló un familiar de Moisés Miranda (+). Tales llevan por título Revista de la Policía Boliviana. La colección incluía el Nº 1, Año I, publicado en marzo de 1938 bajo la dirección de Jorge Zeballos T. Varios números de la revista sorprenden grata e ingratamente, lo hacen, dejando atrás homenajes cívicos e institucionales repetidos año tras otro, por la crónica roja, las manifestaciones contra el alcohol o el cinematógrafo, el quizá primer Concurso de cuento policial (boliviano) y las colaboraciones de gente como Etelvina Villanueva, Raúl Botelho, Pastor Valencia o Gustavo Adolfo Otero, entre otros. En esta ocasión, no sé si habrá siguientes, vendí casi todo el lote para quedarme sólo con una decena de revistas, quiero compartir algo incluido en el Nº 42, Año VI, publicado en abril de 1943, un texto de Antero Peralta Vásquez: peruano, arequipeño para los apristas, colaborador de Amauta, autor de Walaycho, La faz oculta de Arequipa y La democracia en América; no es de interés mío, de momento, buscar más información sobre el autor, menos aún brindarla. Si he transcrito “La delincuencia fotográfica”, ensayo de Antero Peralta Vásquez, corrigiendo apenas puntuación o acentuación o conectores, es porque casi no ha perdido vigencia y porque lo considero digno de lectura, hoy, antes de tomarnos la siguiente selfie para luego descartarla, y así, repetidamente, hasta dar con aquella que subiremos a internet, luego de aplicarle filtros.

La delincuencia fotgráfica



Dr. Antero Peralta Vásquez

Yo soy enemigo capital del terrorismo por convencimiento doctrinario. Estaba persuadido de que lo era también orgánicamente: que era materialmente incapaz de lanzar una bomba contra nada, contra nadie. Pero ahora, por culpa de los fotógrafos, siento a veces contorciones en lo íntimo de mi animalidad —pues qué animales somos los hombres, aunque no siempre unos animales—, ciertos impulsos que me invitan a la destrucción. No hay cosa que más me indigne que una galería de retratos fotografiados. En cada retrato retocado está patente el cuerpo del delito. Si varios de los fotógrafos no fueran mis amigos, hace tiempo que habría perdido los estribos y cometido alguna barrabasada. Pues por algo se dice que la del terrorista es la mano ejecutora de la justicia suprema.

Hay dos cosas que detesto. Que odio gratuita y mortalmente en mi vida ordinaria: el tango y el retrato retocado.

Pero el tango, con ser tan monótono, zonzo, lánguido, pesado y tristón —con tristeza propia de pueblos vencidos, oprimidos y decadentes— no subleva tanto mi ánimo como un retrato desfigurado por el retoque. Para no atosigarse con el tango basta con hacerse al sordo; pero resulta difícil, casi insoportable, hacerse de la vista gorda tratándose de retratos de amigos o conocidos, y más si el mono de la foto es uno mismo. Con nuestra tendencia polida, pero muy natural, a identificar las personas retratadas, llegamos a comprobar que los fotógrafos —por espíritu de contradicción— se dedican maliciosamente a enmendarle la plana a la naturaleza.

El tango explota un tema social: la sensiblería mal encauzada de costureritas y empleadillos gauchos. El retrato estropea un tema individual y, en el individuo, la región más respetable: el rostro. La queja empalagosa del tango exterioriza la resignación musulmana de una clase social agobiada por el trabajo, de esa clase trabajadora de la Argentina que soporta el doble peso de la burguesía nacional y del imperialismo extranjero y que, debido a circunstancias inexplicables, no conoce aún la alegría de la lucha heroica por su liberación. El lamento femenino del tango, a más de magullar el gusto musical, afecta a la dignidad del hombre consciente de sus deberes sociales. Por eso el tango constituye una ofensa oral. El retrato sobajado, en cambio, implica una ofensa física, una cachetada en pleno rostro.

Pues no es nada decoroso verse transformado de cara por las manos profanas de un fotógrafo. Uno debe ser lo que es, tal cual salió del vientre de su madre y tal como lo ha trabajado el tiempo. Un hijo digno de su padre y un hombre orgulloso de su yo.

Desgraciadamente la vanidad humana no se conforma con su realidad somática. Cada quien reniega de sus cualidades herederas y cree que moral y físicamente es mejor de lo que es. Esto, como se sabe, no es más que signo del más acusado pobrediablismo. El hombre contrahecho y la mujer “desengañada” piensan que los fotógrafos son los únicos seres angelicales que no les tienen envidia ni les engañan; para las gentes mal talladas los espejos biselados son la materialización del falso testimonio.

Aunque la vanidad humana sea excesiva, y la candidez intransigencia, a los fotógrafos no les asiste ningún derecho para cortar con la misma tijera a los tontos y a los que están en sus cabales. Conscientes o inconscientes los fotógrafos se gozan en tomar el pelo a sus clientes. No otra cosa significa transformar a cualquier mostrando en un Rodolfo Valentino y a cualquier tipo de mujer en una Imperio Argentina o una Greta Garbo.

Se nos dirá que los fotógrafos, humanos después de todo, conocen el secreto de su negocio. Contestamos: no es nada honesto explotar las debilidades humanas. Y, si nos elevamos un poco, una de las funciones del arte es educar.

Tengo a la vista una fotografía de conjunto en que figuro yo. El estilo de la foto es el de la junta directiva de una sociedad de artesanos. Las arrugas de los rostros han desaparecido como por encanto. Allí se ha hecho tabla rasa de edades, complexiones físicas y expresiones fisionómicas. Allí ha desaparecido la noción de tiempo y se ha cumplido el sueño de Voronoff. Por lo que me respecta habría desafiado a duelo al fotógrafo, pero, desgraciadamente, para felicidad suya, yo no soy caballero.

Y por otra parte, antes de tomarse a pecho las cosas, urge resolver la vieja cuestión de si la fotografía es arte de artistas o de artesanos. Si la crítica se pronuncia por lo primero el mundo está irresistiblemente perdido. Si por lo segundo, la responsabilidad y la integridad humana están salvadas. Porque la obra del verdadero artista es muy personal y la del artesano fruto de una preceptiva impersonal. El artista es rebelde y el artesano dócil.

Sabemos que el pintor, el escultor, el músico, el poeta, crean belleza, y que el artesano manipula con máquinas. Que las bellas artes se diferencian sustancialmente de las artes mecánicas por su Modus Operandi y por su contenido. El artista se vale de ciertos elementos e instrumentos para crear. El fotógrafo se vale de máquinas para copiar o fijar imágenes. A lo más catea, enfoca y manipula. Procede de la misma manera que el cazador o que el tipógrafo. Utiliza la máquina y la máquina ejecuta la obra.

Puede argüirse, en contrario, que la fotopintura, la fotografía iluminada, son obras artísticas. En este caso igual categoría reclamarían un pindín “artísticamente” moldeado y coloreado y un rostro de mujer primorosamente pintado; serían artísticos los maestros cocineros y las mujeres en general y, con mayor derecho, los empleados de los salones de bellezas que hacen permanentes, pintan uñas y ensayan actitudes y voces melodramáticas. Por otro lado, también el herrero pone colores a los catres, y el carpintero figuras a los muebles, y, sin embargo, no son artistas.

Con todo lo dicho no queremos restar importancia a la fotografía. En la guerra actual la máquina fotográfica es tan necesaria como el torpedo o la metralla. Pero a ningún fotógrafo de la guerra se le ha ocurrido retocar una montaña o mutilar un bosque. Porque sabe perfectamente que una fotografía de paisaje es un documento geográfico y un retrato de una persona un documento histórico. Las interpretaciones fisiognómicas que se hacen en los dominios de la psicología, la patología, la historia, etc., serían incompletas sin la documentación fotográfica. Por eso, cuanto más destacada sea la persona, su retrato debe ser tanto más verídico, una reproducción más fiel del original.

Cosa muy distinta es que un pintor haga un retrato más o menos caprichoso: aquí se trata de la interpretación temperamental de las expresiones del retratado. Pero en el caso de la fotografía se trata de un trabajo frío de máquina. La obra del pintor se caracteriza por la fuerza de estilización, y la del fotógrafo por la fijación precisa, mecánica e impersonal del objeto.

Cuando el fotógrafo se pone a modificar la obra de la máquina perpetra, con premeditación y ensañamiento, un crimen de lesa realidad. Por eso se impone la necesidad de incorporar a nuestro Código Penal un capítulo que establezca una escala de penas para la delincuencia fotográfica. Un mes de prisión por cada arruga destruida o una boca achicada, y nuevas tomas de planchas, hasta dar en bola, como reparación civil.

Así como para el quiromántico una raya insignificante de la mano representa la vida, la muerte o la felicidad, para el fisionómico una arruga de la cara o una mueca desaliñada encierran todo un mundo de símbolos trascendentales. Bastaría esta sola consideración para declarar una guerra sin cuartel a los fotógrafos empeñados en convertirnos en bellísimos serafines de seco equívoco. Pues, señores, ¡guerra a los fotógrafos retocadores, retoquistas o retocones!



*Librero - alexis.arguello@gmail.com





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