Cochabamba, Bolivia, Domingo 20 de diciembre de 2015
Ramona
Crónica de un recorrido por El Prado, la Colón y adyacentes espacios tomados por la fiebre navideña, pródiga en actividades comerciales, glotonería y singular estética patrocinadas por la Alcaldía de Cochabamba.

Una fuerza perversa acecha la Navidad

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Por: Antonio Rivera Mendoza | 20/12/2015



La Plaza Colón -y las primeras cuadras del Prado- se han convertido en la festiva Meca navideña de Cochabamba, por lo menos la del centro de esta ciudad. Hasta allá llegan cientos, quizá miles, de familias arrastradas por los niños, noche a noche, hasta la Nochebuena e incluso pasado el Año Nuevo.

“Parece una fiesta psicodélica”, decía una joven que pasaba circunstancialmente por la engalanada Plaza Colón. Miles de luces de tonos reminiscentes de la época del LSD en árboles (unos de pie, otros de cabeza como en los viajes de ácido), sobre inmuebles, coches y hasta en el suelo del asfalto bacheado brillan, parpadean, suben, bajan, se arrastran, trepan enloqueciendo a niños y perros, otras están “calladas” y lucen diseños inverosímiles, como uno que “le sentaría bien de aureola a la Hidra”, escuché reír a otro criticón; en fin, “una fiesta de colores para Dios Hijo, hijo”, le hice notar al mío que bamboleaba su patrimonio de materia grasa, un paso detrás de mí.

Empeñados papanoeles se mueven o se están quietos, pero sudan copiosamente los de carne y hueso dentro de sus abrigos cosidos para el invierno del hemisferio Norte, pero evidentemente inconvenientes para el tórrido clima que nos abruma en este ocaso primaveral y el preverano valluno, sin contar con el cambio climático (que si el mundo anda como hasta ahora o cumple el trabalenguas parido en París, probablemente cause el daño más grande para la humanidad: el fin de la tradición de los papanoeles con el abrigo y barba [también ésta de abrigo] y sea sustituida por una de los mismos gordos, ahora afeitados y tersos [como poto de wawa] y en camisas XXL de manga corta y de estampado de playas y flores tropicales) que enfatiza su sufrimiento en esta hora de alegría.

Pero, en verdad, otros ramos del comercio opacan a tales personajes en esta fiesta del nacimiento de Jesús, al que se le ha recluido en la orilla de la avenida, en el único stand pobremente erigido; con Él, bebecito, su mamá María, su padre putativo, José, y los barbudos reyes magos (“reyes vagos” diría ese tal Inodoro Pereira, con su proverbial falta de educación). Al ver al Niño y su entorno, algunos maledicentes murmuran que si no fuera una figura de yeso y sí mayorcito, Jesús se levantaría y barrería con violencia toda esta “parafernalia consumista”. Estos envidiosos y malos cristianos no comprenden que la Navidad es la oportunidad de mover dinero: los bolsillos están llenos de doble aguinaldo, los corazones abiertos a las chucherías, y está el sagrado argumento de que todo lo ha creado nuestro Señor y por tanto también los negocios y mercados de cualquier alcance, de los que gozamos al participar como consumidores, demostración suficiente para callar aguafiestas y sofistas inclinados al abismo del ateísmo.

Los que más llaman la atención, como siempre sucede en Cochabamba, capital gastronómica de Bolivia, y, además, añadiríamos no sin falsa modestia, cuna de campeones en el arte de engullir sin moderación cuanto alimento sólido y/o líquido que se les ponga delante, son los nómadas comercios de viandas y golosinas, ante los que se arremolina la multitud navideña que da cuenta de pasteles de aire con un poquito de queso, despojos de corazón (no el de Jesús, ¡gracias a Dios!) atravesados sin misericordia por filos estiletes de alambre, llamados anticuchos, todo lubricado por vasos de api bicolor y bebidas diversas entre los que sobresale la cocacola, el néctar que se apropió con justa razón de la fiesta navideña en todo el mundo y que es objeto de devoción de millones de católicos y evangélicos, al punto de que cada navidad que llega ya parece la celebración del nacimiento de la lasciva botellita, quiso burlarse sin fortuna otro impío.

Después, barriga llena corazón contento, es hora acercarse a juegos y juguetes. Por cierto, en este tiempo en que casi todo se vende ya hecho, o como decían los mayores, todo viene “mascadito”, nos sorprendimos gratamente con unas centelleantes pelotas que juegan, rebotan y ruedan por sí mismas sin necesidad de intervención humana, virtud que conviene y no interfiere con esfuerzos innecesarios la placidez de nuestros sedentarios y graciosos y “grasiosos” (mi tía dixit) niños (conspicuos descendientes de aquellos que competían en los recordados concursos de Robustez Infantil, organizados por periodistas y patrocinados por alcaldes, allá por los años de la década de los años 70 del siglo pasado. Permítasenos acotar todavía la remembranza de madres y padres que, henchidos de felicidad y orgullo, recibían la noticia de que su hijo fuera elegido el más gordo entre los gordos). Nuestra rellena generación también es tentada por cientos de superhéroes inflados y monoexpresivos, ofrecidos en racimos coloridos que traslada no sin esfuerzo la vendedora, al igual que los algodones de azúcar teñida y las globeras, ahora con globos pintados con tintes metálicos y discursos de amor, que sustituyen a los antiguos que sólo eran globos, todo en medio de rumor constante de “¡empanadas!, “¡helados!”, “¡gelatinas!” etcétera. La mano de obra en los diversos stands, la que revuelve el api, la que sopla el carbón, la que sirve el tojorí, la que levanta, acomoda, traslada, la que recorre cientos de veces las cuadras del mercadillo ofreciéndolo todo, la mano de obra que, en fin, hace el trabajo para que los miles de visitantes se diviertan y compren, esa mano de obra es, sin discusión, de mayoría femenina e infantil. Esta es la demostración palmaria de la abnegación de la mujer valluna y de su devoción por el trabajo, cuantimás tratándose de una fiesta dedicada al Señor, ese que está casi oculto allá en su pesebrito. Es comprensible, entonces, que sea la mujer la que trabaje más intensamente en los horarios nocturnos, para el señor que aguarda repantigado en su reposo televisivo, en la casa o en el bar, la llegada de los dineritos necesarios para sobrevivir un día más y acrecentar hedonismo y panza cervecera.

Pero, ¿qué peligro emboscado pone en riesgo en la Navidad cochabambina de este año, como hemos titulado esta modesta crónica de nuestra fiesta religiosa? Entre la multitud que cada noche se reúne en El Prado y la Colón, hay un criminal muy, muy peligroso y escurridizo. Sólo cuando su víctima está ante él, lo reconoce, pero ya es tarde, su suerte está sellada (es decir, su féretro). Y se mimetiza entre los simpáticos muñecos de nieve artificial: Es el monstruo que se ha cobrado ya cientos de vidas dejando una estela de viudas, huérfanos y madres dolientes.

Observador diligente gracias a mi profesión, no se me escapó su presencia, allá arriba en la pequeña pérgola de la primera cuadra del Prado, al lado de inocentes ”colegas” de narices de zanahoria, y no puede disimular sus intenciones pintadas en ese rostro depravado, es, digámoslo ya, Jack Frost, en la versión más terrible de su linaje. Apreciador de documentales gracias a mi trabajo, lo reconocí como al asesino escurridizo en más de un documental del séptimo arte.

Está aquí, llegó de los Estados Unidos donde tiene su residencia y no sabemos todavía cómo se ha anoticiado de que la alcaldía de Cercado había decidido acompañar el nacimiento de Dios Hijo con muñecos de nieve falsa y con escenografía psicodélica, un hábitat perfecto para este maligno ente. No queremos pensar que entre las nuevas funcionarias de Cultura haya cómplices que le informaron de esta acogedora ambientación y le acomodaron un sitio ideal para saltar sobre nosotros cuando lo decida ¡ay!

arivera133@gmail.com



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