Cochabamba, Bolivia, Domingo 13 de diciembre de 2015
Ramona

Violeta Ayala: Si mi cine no cambiara las cosas en el mundo, no lo haría

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Por: Santiago Espinoza A. | 13/12/2015



Entrevista a la directora de El caso boliviano, documental que sigue la historia de tres jóvenes noruegas que fueron detenidas en el aeropuerto de Cochabamba al intentar llevar cocaína a su país. La película sigue en cartelera del cine Center de Cochabamba. 

Violeta Ayala (Cochabamba, 1978) es una mujer torrencial. No se mide cuando habla de sus películas, de sus proyectos y de sus convicciones. De ello dio cuenta a su paso por Cochabamba, adonde llegó en noviembre pasado para organizar la premier de su segunda largometraje, el documental El caso boliviano. Antes y durante el acto de lanzamiento de su filme, Ayala no se cansó de agradecer a su familia y de expresar la emoción de estrenar su obra en su ciudad natal. Pero, supo también aprovechar la palestra para insistir en la necesidad de alentar la despenalización de las drogas dentro y fuera de Bolivia. Su insistencia no fue casual ni mucho menos.

El caso boliviano es un documental que narra las vicisitudes de tres jóvenes noruegas que en 2008 fueron detenidas en el aeropuerto Jorge Wilstermann de Cochabamba, intentando sacar cocaína en sus maletas hacia su país. Nacido originalmente como un trabajo de encargo para la televisión noruega, el filme tiene la virtud de introducir al espectador en el drama, no exento de matices, de Christina Øygarden, Stina Brendemo y Madelaine Rodríguez, cual si se tratara de un thriller de ficción. Narra las inverosímiles fugas que protagonizaron dos de ellas y se cuela en la vida íntima de las dos chicas que han permanecido más tiempo en Cochabamba, dentro y fuera de la cárcel. Por si fuera poco, registra el juicio que enfrentaron en Noruega los supuestos cómplices en la red de tráfico de las tres detenidas en Bolivia. Y más allá del atractivo de su historia y de sus personajes, el documental se lanza a cuestionar el accionar de la justicia en Bolivia y, sobre todo, Noruega, al tiempo que denuncia el retorcido proceder de algunos medios de comunicación noruegos para intervenir en los casos de las tres chicas detenidas, especialmente Stina.



En esta entrevista concedida poco después de la premier de El caso boliviano, la directora –radicada desde joven en Australia- se explaya en recordar el origen de su documental, revelar su método de trabajo para acercarse a sus personajes y aclarar cuánto sabía de los planes de fuga de una de ellas. Así también analiza este filme con respecto a su primer largo, Stolen (2009), reitera su crítica hacia la televisión de Noruega y lamenta que El caso boliviano siga siendo censurado en el país escandinavo. Por último, adelanta algunos detalles de su próximo filme y se declara una convencida de que el cine, al menos el que hace, tiene la capacidad de cambiar las cosas en el mundo.

- ¿Qué te decidió a seguir la historia de las jóvenes noruegas detenidas en Cochabamba hasta convertirlo en un documental?

Yo estaba como jurado en un festival de documental en Noruega, y todos me preguntaban por el caso. Yo no sabía nada, así fui a internet y empecé a buscar información al respecto.

- ¿Eso fue poco después de la detención de las tres chicas?

No, fue entre finales de 2010 y principios de 2011… Para entonces ya había fugado una de ellas, Christina Øygarden. Empecé a ver y me pareció extraño, lo poco que podía entender de lo publicado en la prensa noruega y vi también algo de lo que salió en la prensa boliviana. Lo hice para poder responder a quienes me preguntaban. Luego vine a Bolivia a hacer la película Cocaine prison, sobre los burritos (pequeños transportadores de droga) de acá, y me reuní con un ejecutivo noruego, quien me dijo que le encantó todo el material sobre ese documental. Me quería ayudar, pero me propuso incluir a las noruegas. Yo le dije que nada tenían que ver ambas historias, pero me animó a hacer unas entrevistas a las noruegas. Había estado yendo mucho a la cárcel San Sebastián Hombres y un día fui a la de mujeres, donde conocí a Stina (Brendemo). Comencé a hablar con ella, le pregunté si podía filmarla y me dijo que no. Dos canales noruegos me contactaron para entrevistarla, y les pedí una suma ridícula porque no quería hacerlo, pero aceptaron. Iba a la cárcel de hombres con frecuencia para hacer mi documental y a veces me pasaba al frente, a la de mujeres, hasta que un día ella me dijo que le podía filmar.

- El caso boliviano nació, entonces, como un trabajo de encargo algo vinculado con el documental que hacías…

Sí, me pidieron básicamente entrevistas. Empecé a filmar a Stina, salió de la cárcel y me dediqué a seguirla, porque en algún momento me planteé incluirla en mi documental. Stina me dijo que si hablaba con ella, no podía hacerlo con Madelaine (Rodríguez). Parecía una cosa de niñas. Y la prensa noruega quería entrevistas con Stina, no con Madelaine. Yo nunca me esperé lo que iba a pasar. No tenía ni idea de que Stina se pensaba escapar. La fuga se produjo justo cuando estaba dando un taller en el Festival de Cine Documental A Cielo Abierto de 2011, en el Centro Simón I. Patiño. Me había encariñado con Stina, porque era chica y muy graciosa.

- Daría la impresión de que a ratos actúa para las cámaras…

Creo que le gustan las cámaras. Por la edad que tenía entonces, 18 años, quería llamar la atención.

- ¿Cómo te decidiste a ir más allá de las entrevistas de encargo y realizar otro documental?

Cuando Stina se escapó, me sorprendí y volví a la cárcel a ver a Madelaine para hablar con ella, que estaba embarazada. Luego fui a Noruega a buscar a Stina y a seguir el juicio (a los otros implicados en la red de narcotráfico). Los chicos no habían dado entrevistas a la prensa noruega, pero a mí sí me dejaron. Esperaba que llegara Stina, pero ella recién volvió a Noruega en diciembre. Estaba en Brasil, pero yo no sabía nada de ella. Había desaparecido de verdad.

- En un momento dado en que apareces en un departamento junto a ella, Stina dice que se piensa escapar. ¿Vos eras consciente de su plan?

Ella no me lo dijo a mí. Hablaba con su mamá en noruego, un idioma que yo no entiendo. Yo no sabía de lo que estaban hablando.

- Entonces, solo después te enteraste de su plan de escape…

Claro, después, cuando hice traducir el material, y (lo usé) a manera de crear tensión en la historia. En el momento en que ella anunció que escaparía, yo no sabía de ese plan. Ella me dijo algo así como que un cantante noruego la rescataría. Dan (Fallshaw, productor de Ayala y su pareja) y yo pensamos que, luego de tanto tiempo en la cárcel y fuera de su país, se estaba volviendo medio loca, así que la recomendamos a un psiquiatra. Después todo pasó muy rápido y desapareció. Realmente pensé que ella iba a volver. No me imaginé lo que iba a pasar. De haberlo imaginado, yo la hubiese seguido. Las imágenes (del escape) no son mías, sino de un documental que hizo la prensa noruega. Esas imágenes en las que el periodista que la ayudó habla, son también de ese documental. Lo que hemos hecho en El caso boliviano, además de haber filmado material propio, ha sido poner todo lo recolectado y volverlo coherente.

- Ha sido un trabajo de reconstrucción de la historia…

Sí, hemos reconstruido mucho. Por ejemplo, usamos imágenes tomadas desde una avioneta, que hicimos para mi otra película, para dar la idea (de la fuga).

- Porque la película puede hacer creer al espectador que vos estabas muy cerca de Stina hasta antes de que fugue de Cochabamba…

Si se ve bien el documental, se nota claramente cuál es mi material. Luego, hay momentos en que estoy con Stina, como cuando la acompaño a La Cancha a comprar una mochila y un carrito para su bebé. Ella pregunta por el tamaño de mochila que le conviene comprar (ya pensando en la fuga), pero habla en noruego. No hablaba en ingles ni en español, así que yo no tenía idea de lo que trataban sus conversaciones. Es la segunda vez que me pasa: en mi primer documental (Stolen) también descubrí mucho al tener material traducido.

- En la traducción estaban las claves para entender varios engranajes la historia…

Claro, y era algo interesante, porque ella hablaba con su mamá en noruego y venía a mí para decirme que tenía miedo, que lo peor que le podía pasar era que la maten. Yo pensaba que hablaba de los narcos. Después comprendí por qué le daba miedo.

- Algo que sorprende de tu trabajo es el nivel de acceso que tienes hacia la vida íntima de Stina y Madelaine. Solo por mencionar un ejemplo, está la escena del parto de esta última. ¿Cómo te ganaste la confianza de ambas?

Con tiempo, paciencia. Soy una persona muy honesta y muy curiosa. Siempre les digo a las personas que si quieren que cuente sus historias, yo seré quien decida y ellas me abrirán las historias. Porque no puedo contar una historia a medias. Así consigues estar en el momento clave. Cuando hay personas que están enfrentando cosas importantes en su vida, se olvidan de que hay una cámara ahí, no les importa, y es cuando puedes encontrar mucha honestidad.

- Tanto en El caso boliviano como en Stolen, tu primer largo documental, las protagonistas son mujeres. ¿Se trata de algo casual o premeditado?

Es totalmente casual. En El caso boliviano yo he filmado mucho más en Noruega que en Bolivia. Filmé las historias de los otros implicados en la red de narcotráfico, pero al final no entraron en la narrativa de lo que yo estaba haciendo. Era como otra película. Podía haber hecho una serie de tres películas, porque todas las historias son muy interesantes. Tengo imágenes muy intensas de sus vidas. Los he seguido por meses y meses. Entonces, ha sido simplemente una casualidad, no ha sido consciente. Y en mi próxima película también hay una mujer en el centro, aunque son tres protagonistas: una mujer y dos hombres.

- ¿Qué continuidades y rupturas consideras que hay entre Stolen y El caso boliviano?

El caso boliviano es mucho más periodístico, porque es también un documental sobre los periodistas, la prensa y su poder. Tiene ese enfoque y eso se revela en la manera en que lo hemos contado: usando periódicos, más cosas escritas, conversaciones y entrevistas vía skype, hechos que pasaban simultáneamente en dos países, el sonido de la máquina de escribir. Los periodistas son fuentes en la película y ellos mismos se cuestionan. Mi voz ha sido la última cosa que hemos puesto. Pensé que el documental se podía contar solo, y si se lo puede de la mitad para adelante, pero al principio había muchos personajes y era muy difícil arrancar sin mi voz. En cambio, en Stolen la narración creo que es más personal, porque es más mi historia, mi historia y la de Dan; por eso las dos la narramos. En El caso boliviano mi narración tuvo que ser un poco más distante, porque no es mi historia. Yo soy como un testigo de un rompecabezas que voy armando. ¿Qué tienen de similares? Los escapes, la acción, la cualidad de thriller de ambas, porque nunca sabes qué va a pasar después. Luego, en El caso boliviano me costó mucho editar lo del juicio en Noruega. Hasta ahora creo que debí sacar la mitad de eso, pero teníamos que poner las piezas para que se entendiera qué estaba pasando. Y por ejemplo, de las declaraciones de Stina en Noruega no nos dejaron tomar imágenes, así que tuvimos que reconstruir todo eso. Igual hicimos con las declaraciones de Christina.

- El caso boliviano ensaya un análisis crítico sobre las desviaciones del trabajo de los medios del llamado primer mundo, en este caso de Noruega. Revela los vicios en que cae y promueve. ¿Cómo han reaccionado los medios y los periodistas de allá ante el documental?

Es un ataque a la televisión pública noruega, que es vista como la más pulcra del país. A los periodistas que están en la película les ha gustado el cuestionamiento y les ha hecho pensar. Tenía un contrato con NRK (la cadena pública noruega), que no dejó que otra cadena compre mi película, lo que me ha parecido extraño. Ha habido mucha censura en Noruega. La película no se ha visto abiertamente. Solo la han visto algunas personas a las que les he mandado el link para verla. NRK la censura, pese a que mi contrato con ellos decía que yo iba a contar la historia desde mi punto de vista, y no lo que ellos querían. A NRK también se le critica en la película, porque usa la imagen de una (de las noruegas) en contra de la otra. Vino su jefe de documentales a Cochabamba para que hagamos algunas entrevistas del documental, pero al final él quería que yo sacara todas las referencias a Christina Øygarden. Yo me pregunté por el sentido de la película y me dije que no seguiría haciendo lo que ellos habían hecho. Me pidieron que solo cuente la historia de Madelaine. Pero su historia sin un contexto mostraría a una mujer encadenada al tener a su hijo en un país barbárico como Bolivia, sin contar que las otras dos ya se hicieron la burla de la justicia. Sin contexto, yo no iba a hacer ese documental. Al final, los de la cadena no me pagaron lo último que me debían y quedamos en nada. Ha habido censura a mi documental en Noruega, uno de los países más ricos del mundo, el que da el Premio Nobel de La Paz, que reconoce, entre otras cosas, la libertad de expresión. Me han invitado a tres festivales de Noruega y no les han dejado mostrar el documental. Este documental está censurado en Noruega, pero no creo que lo vayan a poder censurar para siempre.

- Con internet eso resulta cada vez más difícil...

Voy a ponerlo en internet eventualmente. Además, todo esto ayuda. Para mí, poder mostrarlo en Bolivia y con una alfombra roja ha sido como un acto de protesta ante la televisión noruega, ante las autoridades noruegas, ante todos los que en Noruega están censurando la película.

- En la premier de El caso boliviano afirmaste que crees que el cine sí es capaz de cambiar el mundo. ¿Cómo consideras que este documental puede ayudar a cambiar las cosas?

No tengo la menor duda. La prensa local ha hecho eco de mi posición de que todas las drogas deberían ser legales. Solo por haber puesto en la mesa de discusión ese tema, ya estamos cambiando algo. Si vamos más lejos, ojalá que podamos lograr que haya suficiente atención pública al caso de Madelaine. No estoy diciendo que la justicia sea justa o injusta en Bolivia, pero sí que está ya casi ocho años en la cárcel y su sentencia no está ejecutoriada. Este año le han aumentado la sentencia a 15 años, porque supuestamente no era transportadora (de drogas), sino traficante, por un cambio en la ley. Ahora todos los extranjeros que vengan son traficantes… En vez de cambiar las leyes positivamente, las estamos haciendo más fuertes para castigar a los burritos. ¿Qué guerra estamos peleado? ¿Para quién estamos peleando la guerra contra las drogas? Tengo la firma convicción de que las películas sí cambian al mundo. Mi primera película, Stolen, consiguió que la esclavitud sea criminal en campamentos de esclavos saharauis… Y no solamente son las películas. Pienso que las cosas se conjuran. Es un conjunto de situaciones y momentos que pueden lograr que cambien las cosas… Creo que si mi trabajo no cambiaría nada, no lo haría. Porque vengo de Bolivia, porque he crecido en un país muy político, con muchos problemas sociales, soy lo que soy, una artista que quiere contar historias desde una perspectiva diferente y que sí cree en el poder del cine para cambiar las cosas.

-¿Qué puedes adelantar de tu próxima película, la que filmaste paralelamente a El caso boliviano?

La película de los burritos, Cocaine prison, es la historia de la Daysi, Hernán y Mario. Daysi y Hernán son dos chicos del Chapare, de padres cocaleros, enviados a la ciudad a estudiar. Les empieza a gustar el huayño cumbia y quieren ser parte de una banda. Un vecino les da unos kilos de droga para que la lleven a la frontera con la Argentina. Ella acepta, pero el que va es él, lo pillan y acaba en la cárcel por ocho años. Ella entrega toda su vida para sacarlo de la cárcel, porque se siente muy culpable por lo que ha pasado. Él quería comprarse una batería y ella quería cantar. No es una historia sobre el tráfico de droga en el Chapare. Es la historia de dos chicos que vienen a la ciudad. Ella siempre está en la disyuntiva de traficar para conseguir dinero y sacarlo a su hermano o dejar todo eso y estudiar. Mario es un recluso al que encuentran en la cárcel, también vinculado al narcotráfico.

santi.espinoza@gmail.com





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