Cochabamba, Bolivia, Domingo 3 de agosto de 2014
Ramona
USOS DEL LENGUAJE

Los periodistas, los gais o gueis y el estriptís

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Por: Antonio Rivera Mendoza | 03/08/2014


Y muchas más palabras “traducidas” al castellano por los señores de la “Real” Academia de la Lengua Española, personajes que rara vez salen a la calle a patear las calles de cualquier ciudad de su país y menos las de los nuestros países.

Es esa especie de “nacionalismo” idiomático muy propio de conservadores y fachas (como se diría en la península) sobrevivientes del “generalísimo por gracia de Dios”. El odio a todo lo extranjero, a lo extraño, a las palabras en idioma extranjero. Y si son irremediablemente utilizadas por los súbditos, entonces se debe acomodar al español de España, aunque esta transformación quede estéticamente un asco, y su ideología revelada como retrógrada.

Las palabras que los pueblos adoptan de otras lenguas vienen por dos vías: la carencia de una en el idioma nativo y, la otra, por la imposición cultural de la ajena. Éste segundo caso también puede entrar en el primero, porque, aun cuando haya un sinónimo, es sólo eso, un sinónimo, que no abarca el concepto entero.

Si en América decimos gay, con la correcta pronunciación del inglés, no es porque queramos ser colonizados vía el lenguaje, sino porque gay no sólo quiere decir homosexual, sino mucho más que eso. “El Día del Orgullo Homosexual” queda feísimo, parece un nombre más bien científico para designar a ese bullicioso e irreverente festival.

¿Por qué los escritores americanos usan palabras extranjeras?

Además de tener una escritura fea, gai se empobrece porque se le prohíbe su ejercicio a una letra de nuestro alfabeto. Y la depredación académica queda en medio camino: retuercen la odiada palabra, pero la dejan en el idioma extranjero (!), tan patético como estriptís, que antes de sonar como el regocijo visual que algunos se regalan, suena como una dolencia de la tercera edad.

“Sembraba trébol en el balcón de mi otra casa, vomitaba un conejito, lo ponía en el trébol y al cabo de un mes, cuando sospechaba que de un momento a otro... entonces regalaba el conejo ya crecido a la señora de Molina, que creía en un hobby y se callaba”.

¿Nuestros académicos y periodistas quisieran, quizás, que el narrador de Cortázar tuviera el jobi de vomitar conejitos?

“Moon reducía la historia universal a un sórdido conflicto económico. Afirmaba que la revolución está predestinada a triunfar. Yo le dije que a un gentleman sólo pueden interesarle causas perdidas... o” ¿o que Borges pusiera “caballero”?

“Casi no tenía amigos y lo único que hacía era escribir y dar largos paseos que comenzaban a las siete de la tarde, tras despertar, momento en el cual mi cuerpo experimentaba algo semejante al jet-lag, una sensación de estar y no estar, de distancia con respecto a lo que me rodeaba, de indefinida fragilidad”.

Aquí en Bolaño sí estarían jodidos: ¿jet o shet o qué?

“O como nos dijo después: Mi si gelò il culo. Escapó despavorida, pero se equivocó de sentido en el corredor, y se encontró con la tía Antonieta que iba a poner una bombilla nueva en la lámpara de mi cuarto”.

Esto de Gabo ya es por fregar.

Los apolillados señores, en sus apolillados sillones de la academia, deben imaginar un mundo español. Una España grande que abarca el otro lado del océano, a la que deben “cuidar” en sus oraciones y oraciones. No se dan cuenta que ese mundo es al revés. Los miembros de las academias nacionales y las propias instituciones americanas salen perjudicadas por los mandatos de la “metrópoli” porque las vuelven un remedo criollo de aquélla, y sus académicos tan sin importancia como ellos. Hay que estar vivos, les dicen los que sí usan y abusan del lenguaje, que es como se mantiene fresco. Muertos que señalan cómo vivir, suena como curas impolutos enseñando relaciones familiares y sexuales.

Los dóciles periodistas (ya los tenemos en los dos diarios de Cochabamba) se apresuran a obedecer el mandato de la nebulosa academia del remoto reino, con una sumisión indignante. Como si los lectores fuéramos unos retardados mentales que no tienen claro qué significa gay y tuviéramos necesidad que nos deletreen la palabra en “español”, como si asistiéramos a una clase con palmeta para cuidar la disciplina (la palmeta que trajeron los educadores peninsulares, claro).

¿Cuál es el leit motiv de esta penosa conducta?

arivera133@gmail.com



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