Cochabamba, Bolivia, Domingo 29 de diciembre de 2013
Ramona

4 de 5, el Tigre te mata

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Por: Texto y fotos: Ricardo Bajo H. desde La Paz | 29/12/2013

La RAMONA, adicta al fútbol, está integrada por hinchas de Wilstermann, Aurora, San José, Bolívar y, cómo no, de The Strongest. Cada hazaña histórica de tales equipos es celebrada con sendos textos futboleros. Y, a propósito del reciente campeonato atigrado, publicamos esta crónica del periodista vasco-boliviano y colaborador nuestro, Ricardo Bajo, quien alista además un libro con el mismo título. Quienes deseen aportar a ese emprendimiento, pueden contactarlo vía mail. 





El día antes de la gloria el primer equipo de The Strongest va al cine (al Mega). El director técnico, Eduardo Villegas, ha elegido una buena película: “Me han dicho que es buena”, me dice al ladito de las pipocas. Se ha puesto de “moda” desde hace unos años romper y amenizar las concentraciones ante importantes partidos llevando a los jugadores al cine más próximo. Normalmente se elige la “peli” exitosa de turno, el “blockbuster” de marras, una de acción de superhéroes o la tonta de la cartelera. Villegas es diferente: tiene para elegir entre “hobbits”, lluvias de hamburguesas, masacres en Texas, “Thors” y demás vainas… pero la marcada es: El abogado del crimen (The  counselor) de Ridley Scott. Me acerco al DT mientras compra huevadas para comer. “Mañana ganamos el campeonato, este torneo es típicamente stronguista, llegando de atrás, calladitos, unidos, cuando todo el mundo nos ha dado por perdidos”, le digo. “Ojalá, así sea”, repite Villegas dos veces.

Es la tarde-noche antes del día de la gloria y el plantel completo del “tricampeón” ve una película con el telón de fondo del narcotráfico entre México y Estados Unidos; violenta, pérfida y sensual; un tratado sórdido sobre el mal, el dinero, el poder, la codicia y su primo lejano, el dolor; sobre cómo un par de rayas de cocaína puede destrozar cualquier plan, cualquier sociedad, cualquier amor; con imágenes espectaculares de tigres veloces cazando a pobres presas que corren sin ton ni son, como pollos si cabeza. Todo un aviso para el día después, el de la gloria.

Llego al Siles media hora antes de las cuatro de la tarde, no he comido mucho, apenas un ceviche simple, pero “todo” se me ha quedado trancado en la garganta. Como un nudo insoportable. De yapa, los nervios se han alojado en la panza. La curva sur luce abarrotada, entusiasta y canta como siempre, en las buenas y en las malas. La curva norte se va tiñendo de colores ajenos, de un oro y negro encantador; algunos cuates de la barra (de La Banda de la Tapa) alientan desde ese costado del alma. Con el paso de los minutos, la curva de enfrente queda completa: algunos amigos con “Tigre de Oro” de la curva sur llegan tarde y se ven “obligados” a irse a la norte, bandeja alta. Reniegan harto, pero me acuerdo: siempre que llenamos la curva de los pechos fríos, nos va bien. Todas las cábalas se cumplen como Dios manda: hoy va a ser un gran día de gloria.

Salta el equipo, pasillo de las chicas, atronador recibimiento al equipo completo (titulares, suplentes, juveniles, cuerpo técnico…) que posa con los buzos amarillos; el mensaje es claro: somos una piña y caminamos unidos, jamás jugamos en silencio. Cumpliendo mi cábala del tricampeonato, saludo a Villegas y le confieso mis dolores angustiosos de panza y mi puto nudo de la garganta. El cochala, hipertranquilo y risueño, me contesta con una sonrisa: “Tranquilo, ahorita se te va a pasar”. El “ahorita” dura más de dos horas. Sólo cuando el capitán Pablo Escobar levanta la copa, más de dos horas después, se me pasa todo. Pero para arribar a ese puerto de felicidad, queda harto todavía, mucho por padecer, para variar: “Hace falta más valor para sufrir que para morir”, decía Napoleón. Valor, garra, coraje, huevos… los stronguistas tenemos hartos sinónimos para eso que jamás estudiarás en las academias.

Y sabemos muy en el fondo de nuestros corazones que la forma más auténtica de atesorar un sentimiento es sufrir por esa pasión. Sabemos gozar como nadie y padecer como ninguno, pero no por eso sufrimos menos. 

Real Potosí, con el técnico de nuestro primer título (4 de 5) en la preferencia (castigado por sanción), nos ataca de inicio, juega de tú a tú, obligando a Daniel Vaca a volar para salvar el arco. Tenemos la pelota, pero no hacemos daño. En Potosí, Nacional y los de enfrente empatan a cero: va a ser una tarde jodida. Al promediar el fin de la primera parte, Diego Bejarano, que ha vuelto a su posición de central, cabecea un corner en el primer palo y pone a toda la hinchada de pie, gritando como en el Coliseo romano: “Tigre, Tigre, Tigre”. 

Minutos después, con la pelota intrascendente en mitad de cancha, el Siles estalla otra vez: hay más de 30.000 personas escuchando la radio y desde Potosí llega un grito de “goooool”. Ha marcado Iván Huayhuata, también de cabeza. Se festeja en La Paz mucho más que el propio gol stronguista. 

Termina la primera parte. Los colegas bolivaristas de las radios (puesto de cancha) lucen apesadumbrados, con una sonrisa tonta: “Queda harto, no festejen antes de tiempo”, me dice uno. Luego, esa noche y al día siguiente repetirán todos como máquinas sonsas: “Es sólo fútbol, ya pasó”. Siguen sin entender (ni sentir) nada. 

En el descanso, la ola comienza desde la Sur. La segunda parte son los 45 minutos más largos de mi vida. Un cuate de la barra de Los de Adentro me regala una gorra amarilla que pone “La barra de los kilómetros”. Han acompañado y alentado al equipo en todos los desplazamientos; y estuvieron en los dos viajes al “infierno”, en los que el Tigre conquistó seis de seis puntos en las tierras calientes de Warnes y Montero. 

Creo que ahí ganamos el torneo. Es mentira. Nos hicimos con el título mucho antes; lo logramos cuando nos hirieron el sentimiento más profundo -nuestro orgullo- en esos tres partidos desastrosos de mitad de campeonato, cuando el eterno rival nos ganó, perdimos por goleada en Sucre y no pasamos del empate contra el colero Aurora en Cochabamba: un punto de nueve. Todo parecía perdido y los rivales comenzaban a hablar del “bi”, incluso del “tri” que se venía al año (pobres zombies ilusos). “Cuanto tocas el orgullo de un Tigre, el Tigre te mata”, va a decir más tarde el caudillo Pablo Escobar, ya con la estatura de los dioses aurinegros, los Galarza, los Fontana, los Luna, los Ovidio…

Villegas cede la iniciativa a Real Potosí para jugar como más le gusta: agazapado como un gran felino para matar al contragolpe. Así llega el 3-0 (gran partido de un Gabriel Ríos, criticado por muchos durante todo el año), con miles de cuerpos pegados a la radio y a las transmisiones desde Potosí.

Bolívar -atenazado y noqueado- no reacciona (hace semanas ya que ha perdido el campeonato), y el capitán stronguista Pablo Escobar -en plena cancha, a pesar de su expulsión en el partido anterior- camina nervioso con sus audífonos conectados entre la curva sur y la banca de suplentes. Tiene un ponchillo de prensa para estar camuflado en ese sector; podía haber viajado a su Paraguay natal junto a su familia que ya está allá, pero ha preferido quedarse para hacer grupo, para lanzar esa arenga que todavía resonará en nuestro disco duro durante muchísimo tiempo.

A la seis de la tarde se consuma la hazaña: un equipo con la mitad del presupuesto mensual que el puntero hasta la última fecha lo había hecho de nuevo; el Tigre resucita otra vez de sus cenizas para decirle a toda Bolivia que no está muerto quien batalla hasta el último aliento de su vida. La única guerra que se pierde es la que se abandona; y The Strongest jamás dejó de creer ni por un momento en el sueño de un nuevo título: el más hermoso, el más emotivo, el más anhelado, el más festejado. Particularmente, en mi caso, como vasco-boliviano de impura cepa que soy, ganar así -en tiempo de satélites y descolonización- a un equipo “reforzado” por españoles y “portugueses” mudos, tiene un gustito aparte, una yapita deliciosa. La palabra, viejo y querido Tigre, es gracias.

Con jugadores llorando sobre el césped con otra vuelta olímpica (como el beniano Sacha Lima y otros), el recuerdo se me sale del cuerpo para honrar y brindar por aquellos stronguistas que ya no están (como el colega de prensa Franchesco Díaz Mariscal) y que festejan desde el cielo más aurinegro que nunca. 

The Strongest logra su campeonato más dulce: hace escasos meses el puntero Bolívar le sacaba siete unidades; los problemas económicos arreciaban en Achumani; algunos dirigentes apuntaban al segundo lugar como objetivo; en la acera de enfrente celebraban por anticipado el “bi” y pocos daban un peso por el Tigre (salvo un equipo unido en la adversidad y una hinchada fiel y entusiasta como pocas, como ninguna).

Acaba el partido en Potosí (el pecho frío ni siquiera ha empatado el partido que debía ganar), y minutos después explota La Paz. No damos una vuelta olímpica, caminamos en varias direcciones y en sentido opuesto: Pablo y el presidente Kurt dan -abrazados y en solitario- la primera mientras el equipo festeja con la curva sur; el cuerpo técnico pasea otra vuelta saludando con el puño en alto y la mano en el corazón; y ya con la Copa en la mano, todos trotan y ofrecen el trofeo más soñado, ése que le arrebatamos al eterno contrincante de las manos.

El equipo convocado por el capitán y el arquero (los dos líderes) se reúne en la mitad de la cancha; forma un círculo con todo el plantel rodeados por prensa e hinchas que han saltado al césped. Llaman a Villegas y Vaca trae al presidente Kurt acompañado de su esposa. Arrodillados para rezar, Escobar improvisa antes una arenga que me hace recuerdo a la “haka” guerrera de los “All Blacks” de Nueva Zelanda, el invicto equipo de rugby: “Una vez más demostramos, hicimos callar bocas una vez más; a los que hablan, a los que festejan antes, a los que son de acá y son negativos; le enseñamos cada uno de los que están acá y de la hinchada que no hay que desistir nunca; nunca hay que desistir; siempre hay que apoyar en la buenas y en las malas. Somos el mejor grupo de Bolivia, de compañeros, de jugadores; acá somos antes que jugadores, personas; hay que respetar; a las personas se las respeta. Cuando vos le tocas el orgullo a un tigre, ¡el Tigre te mata! Y presidente, esto es para usted, ¿tuvimos problemas? Tuvimos problemas. Pero este equipo sale campeón…¡con poca plata y muchos huevos!”.

Mierda, carajo, las lágrimas me brotan como pelotudo y ha vuelto el pinche nudo en la garganta. El estadio que se va vaciando, ha escuchado en silencio total el discurso estremecedor del capitán. Alguien entona el mítico “Stronguiiiistas, ¡warikasaya kalatakaya!, ¡hurra hurra!... ¡que viiiiva The Strongest”; el ajayu del “Chupa” Riveros desciende desde los cielos. Luego, Vaca reza.

El estadio se vacía poco a poco y el festejo se desborda por toda la ciudad de La Paz y el resto del país. Allá donde respira un Tigre emocionado, se escuchan petardos, gritos, música…: el pueblo stronguista celebra en toda la patria (y fuera de ella). Alrededor de la fuente del Prado, los aurinegros se abrazan, cantan, saltan, se acuerdan de los amargos, beben… Hace frío pero hasta las cinco de la mañana se quedan algunos. 

Ha sido un día de gloria, de ésos que vamos a recordar por generaciones, de ésos que se quedan tatuados para que la nostalgia haga su trabajo, por los siglos de los siglos.  Si la pasión loca no se cruzara alguna vez por tu corazón… ¿qué valdría la vida? Las imágenes de los tigres de la película de Scott cazando y devorando se repiten en mi retina. Somos campeones otra vez. Ya lo ves. En la curva sur, la hinchada ha dejado un trapo nuevo que dice: “Cada día que pasa, mi amor es más grande”. La pasión mueve montañas. Los stronguistas viviremos y venceremos, cantando como cuerdos para morir como locos.

Post-scriptum: Esta crónica está dedicada especialmente a la memoria del profesor Jaime “El Pollo” Revollo, hincha aurinegro quien falleció de una embolia en uno de esos partidos -a finales de noviembre-, cuando el Tigre ya se había metido entre ceja y ceja que el torneo -a pesar de los pesares- se iba a vestir de amarillo y negro.

jericoara@yahoo.com



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