Cochabamba, Bolivia, Domingo 25 de noviembre de 2012
Ramona
UNA BIOGRAFíA NOVELADA REVELA LO MáS SUTIL DE ROBERTO BOLAñO

 Zabalaga y su mirada de tul

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Por: Lupe Cajías | 25/11/2012


¿Cómo unir palabras, frases, párrafos, páginas sobre la historia de un poeta chileno, refugiado en el DF, que busca el amor en Barcelona y atraca fatalmente en París para escribir sobre sí mismo, sus hermanos, los otros extraños, las mujeres, las abuelas y los abuelos, los soberanos y los dictadores?

Compré el libro porque me atrajo el título: Pronuncio un nombre hueco; porque la editorial Gente Común publica buenos textos, buenos textos de buenos narradores bolivianos; porque en la solapa estaba impreso: “Cristina Zabalaga (1980), periodista y especialista en comunicación intercultural. Las conexiones entre la literatura, la fotografía y el cine son una constante en su trabajo de creación. Ha publicado cuentos en la revista Letralia de Venezuela”. Una dirección de página web invitaba a conocerla más, infaltable para una muchacha de la generación electrónica, que tiene experiencias laborales en Alemania, España, América Latina. Además también el crédito de la foto abstracta de la solapa le pertenecía.

¿Capacidades reunidas de lenguaje del verbo y del lenguaje de la imagen fija y en movimiento? Sólo conocí antes un ejemplo impecable, mi hermano poeta, narrador, cineasta y fotógrafo Francisco Cajías.

Con todos esos atractivos, la lectura no podía esperar como sucede con otras compras en feria de libros.

Para aumentar la curiosidad, la premiada Giancarla de Quiroga presenta a Zabalaga como autora de excelencia del dominio de las técnicas narrativas modernas y desafía al lector: sólo quien es atento descubrirá las pistas del personaje.

Tiempos y territorios

La novela interviene, conscientemente, para demostrar que en la ficción es posible barajar los tiempos sin la secuencia cronológica. Hoy es 1968 en Tratelolco, mañana 10 años atrás y pasado el 93 y la palabra fin cierra al año 1982 en cualquier parte del mundo.

Los tiempos se combinan en el perfecto orden del desorden de quien no puede amar esta mañana en Barcelona si mañana no está apoyado en el regazo del abuelo paterno de la lejana infancia en la campiña chilena.

Avanzar en el fichero de ajedrez, en el laberinto de Adriana, sin trampas, sin palabras complicadas, sin espejos ni hilos de lana. El desafío es seguir las pistas sin dejarse absorber por la información externa. Hay que descubrir cada capítulo que casi al inicio se anuncia como algo que parecerá pero que no será, ejemplo: “Esta será una historia de terror, aunque no lo parecerá”, o “ésta será una historia de viajes y muertes, aunque no lo parecerá”.

Los recovecos son anuncios de una mentalidad que se presenta como boliviana -cochabambina- pero que rápidamente se remonta a la sangre portuguesa materna, donde suele residir mental y físicamente: rodeada de mar, sin montañas, sin límites mediterráneos. Cristina escribe desde la España rural o desde los cafés parisinos y surca las callejuelas del puerto al Pacífico y sube por la colonia más escondida del D.F., llega a San Diego, mextex, porque tiene alma universal.

Primer punto que nos revela a una escritura que no quiere limitarse al territorio nacional. Montparnasse es un nombre desde los narradores bolivianos del pasado siglo. Más difícil es encontrar al barrio gótico catalán, a la tortilla azteca o al aeropuerto limeño.

Lenguajes

Cristina Zabalaga tiene formación profesional en comunicación social. Lo revela su apego al dato concreto, al hecho más que a la especulación, al momento más que al proceso, al singular más que al plural, a la precisión del lugar y de la forma.

Sus frases usuales son cortas, cortísimas, mejor con una sola palabra, un verbo activo y presente, personal. Un sujeto y una acción, a veces un corto complemento, el adjetivo, el dónde y el como.

Sin embargo, la amplitud de su vocabulario y sus preocupaciones nos presentan a una joven con una amplísima cultura, mucha lectura -seguramente-, pero más que nada un desarrollo personal en un ambiente (¿familiar?, ¿escolar?) de debate.

En los nuevos narradores bolivianos, menores a 30 años, no se suele encontrar referencias a las épocas dictatoriales y mucho menos a las costumbres de vida saltarina, clandestina, sin responsabilidades personales y con muchos compromisos colectivos de los militantes izquierdistas de los años 70. Ella se preocupa por esa generación, los actuales padres -ya abuelos- cuando eran jóvenes y rebeldes.

No es solamente nombrar a Augusto Pinochet sino sentir aquel desarraigo del exiliado, forzado o por voluntad propia, por sensibilidad ante el horror del entorno.

Combinar el terror con el detalle gastronómico, hasta lograr reflejar un olor, colores de aguacate o sopas. La costa, la vacación en el mar, la arena de la playa.

Un acierto del texto, de lo textual podríamos decir con mayor certeza, es no dejarse ganar por el objeto estudiado que no es sólo un biografiado sino un poeta, un narrador que a su vez escribe con su propio estilo y desde sus propios fantasmas.

De todo lo notable, seguramente lo mejor del libro es esta promesa: una nueva palabra en el ambiente literario boliviano, latinoamericano.

Roberto Bolaño

Aunque no se presenta explícitamente sino a partir de una iniciales, primero “B”, luego una “R”, y después unos ojos, una tarea cotidiana, un sitio, una amada, una muerte, otra amada, una madre ausente, un abuelo cariñoso, la amante que se fue, la que se quedó; la anciana que escondió los papeles y la esposa que esperó sean dineros y sólo encontró poemas.

“Entre la nueva generación de autores literarios bolivianos destaco el trabajo de Wilmer Urrelo y Giovana Rivero, así como también el trabajo de escritores jóvenes latinoamericanos como Alejandro Zambra, Samanta Schweblin y Daniel Alarcón. En cuanto a influencias en general, Fernando Pessoa, Roberto Arlt, Jorge Luis Borges, Roberto Bolaño, Susan Sontag, David Foster Wallace, Lydia Davis, Antonio Tabucchi y Lázló Krasznahorkai”, me comenta cuando pregunto por lo casi evidente: las presencias literarias en su quehacer narrativo.

¿Por qué escogió escribir como armar un rompecabezas de cinco mil piezas?

“La temática de la novela exigía esta combinación de piezas, o caminos, que muchas veces no llevan a ninguna parte, pero son útiles para entender la evolución del protagonista de la historia. Además, me parece interesante explorar la posibilidad de dejar cabos sueltos, en forma de claves, para que cada lector construya su propia historia”.

“El lenguaje de la palabra y de la imagen se complementan. En particular, el lenguaje de la imagen tiene la ventaja de acelerar el relato y la secuencia de las acciones. Una anécdota sobre la portada, a pesar de parecer abstracta, es una fotografía que saqué de la entrada del estudio del artista australiano Brett Whiteley en Sydney”.

“Tardé bastante en decidirme por el título, al final escogí Pronuncio un nombre hueco porque de cierta manera es misterioso y anuncia el estilo críptico de la novela”.

“Imagino que mi visión se va construyendo a partir de mis orígenes, mis vivencias y experiencias en diversos países. No estoy segura si es tan diferente al escritor boliviano. Hay una nueva generación de escritores bolivianos con inquietudes que trascienden lo local”.

Como no podía ser de otra manera, el flamante libro de Cristina despertó críticas de literatos en distintas ciudades. Para los bolivianos, el consejo de leerlo por todo lo ya dicho, por lo que falta decir y porque estamos ante una obra de mujer que no se cierra en la óptica de lo femenino y ante la redacción de una boliviana que es universal.

lcajiasmca@gmail.com



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