Cochabamba, Bolivia, Domingo 15 de enero de 2012
Ramona

Los mejores discos latinos de 2011

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15/01/2012



Bam Bam – “Futura vía”

Si hay una opinión en general negativa sobre el estado del rock en 2011, en el caso latinoamericano pasa todo lo contrario. En 2011 el indie latino explotó, consolidando a Chile y México como los nuevos polos creativos del continente –y no hay un disco que encarne mejor ese boom de calidad (y cantidad) que éste. Desde principios de la década pasada el indie latino se vio en la encrucijada de adoptar la tradición anglosajona como propia, intentar renovar la historia del rock autóctono o desarrollar una tercera vía excéntrica. Por fin estamos cerca de poder responder a esa pregunta, gracias al pop visionario e integral de Bam Bam, una banda capaz de mirarse cara a cara con los mimados de Pitchfork pero distinguible como heredera del rock regiomontano, que nos trae un disco un poco retro y un poco futurista, una obra de delicioso pop que es a la vez un álbum conceptual montado sobre ideas de Philip K. Dick... lo mejor de ambos mundos.

Como casi todo lo que se ha hecho del estallido indie para acá, “Futura vía” está muy marcado por la influencia de Animal Collective y Deerhunter, pero para bien. No se trata de un pastiche, sino de una suerte de benchmarking en que los mexicanos usan ese bagaje como lanzadera para su propio proyecto artístico. Así es que nos encontramos con la psicodelia de absoluta originalidad de “Metatrón, hijo estelar” o el himno instantáneo que es “Hipnódromo”, ambas cultivadas con melodías tomadas de ese lugar del subconsciente en el que todo te suena vagamente familiar, ¡pero es único y nuevo! Incluso, a la manera de los mejores LCD Soundsystem, Bam Bam se permiten actualizar a los clásicos, llevando el sonido floydiano por el camino del “Hombre sintetizador” (“Extraña coincidencia”, “Pare de sufrir”), refrescando a la AnCo los ecos oriental-psych (“Ragatrón”, “Billones y billones”) o impulsando el rock cósmico hacia nuevos espacios de exploración sonora (“Gira, gira Galileo”, “Abismático”). Toda esa ambición también se plasma en el concepto del disco, una ópera de ciencia ficción en la que la Vía Láctea y Andrómeda colisionan, provocando la creación de una nueva galaxia, la futura vía; historia que es el hilo conductor de este ambicioso y bien resuelto disco.

El debut de Bam Bam en la prestigiosa casa indie Arts & Crafts representa un hito por muchos motivos: el pop exquisito, innovador y de calibre mundial que practica la banda, el renacimiento de Monterrey como motor creativo de una generación y la inauguración de una tradición indie en la que también se inscriben Zurdok y los Tacvbos más recientes (llamados a mover ficha en 2012 con su anunciado lanzamiento), entre otras cosas. Sin embargo, la verdadera razón es rotunda, clara y contundente: no hay hipérboles, esta es una obra maestra de las que marcan época. No se asuste, no sea tonto, ha llegado el Siglo XXI al indie latinoamericano. Bienvenidos a la futura vía.

Alex Anwandter – “Rebeldes”

Si el chileno ya apuntaba maneras como líder de Teleradio Donoso, en 2011 se consagró como multitalentoso prócer del nuevo pop chileno gracias a un disco de pop perfecto. Así es, el hipster más grande de Chile es también su compositor más dotado –y ojo, uno de los pocos candidatos a genio pop de su generación. Y es que Anwandter se merece todos los elogios pues finalmente ha alcanzado el disco intimo, lujurioso, delicado, romántico y a la altura de su ambición, que ha perseguido tanto tiempo y de tantas formas (Teleradio, OdiSEA, como cineasta y productor, etc.)

El principal mérito de esta brillante obra de tecnopop (“¿Cómo puedes vivir contigo mismo?”, “Rebeldes”) está en capturar las sensaciones de la primera juventud, de los fines de semana que son sinónimo de fiestas sin fin, de los días que son siempre mañana, los “te quiero” que creemos permanentes, las drogas y las luces de neón; pero también el temor de perder todo ese mundo, cosa que sabemos es simple cuestión de tiempo (como nos muestra “Tatuaje”, tal vez la mejor canción del disco). Anwandter consigue ese efecto apelando a letras fuertemente personales, que hablan del deseo (“Como una estrella”), la culpa, el arrepentimiento y las decepciones amorosas (“Felicidad”, “Fin de semana en el cielo”), pero con una exquisitez que no puede ser sino el producto de meses de revisiones y ajustes. Talento y trabajo en partes iguales.

Tal vez ese es el único defecto de “Rebeldes”, pues peca de un exceso de perfección, es demasiado clínico para despertar emociones humanas y a veces se le nota de dónde toma sus referencias y señales (¿Ya toca recuperar “Corazones”?). Pero eso es también cuestión de tiempo, pues cuando Anwandter se propone hacernos bailar y llorar, lo logra siempre con creces.

Los Mundos – “Los Mundos”

La nueva ola del shoegaze latino existe y acabará con todos. No, no es la maldición maya del 2012, sino una generación de músicos que creció con el “Loveless” perfectamente asimilado; para ellos ese disco no era un paradigma ni nada de otro mundo, sino una pieza más de su colección, influencia de varias bandas “Best new music”, otra carpeta de su disco duro. Y ese es un poder peligroso en manos equivocadas.

De momento no hay mucho de qué preocuparse, pues la lectura de Los Mundos, si bien impecable y brillante, se parece a cómo la segunda oleada de shoegazers procesó esas influencias. Por eso los ecos de los Drop Nineteens (“La buena vibra”) saltan por todos los costados del disco y las letras son tan meta/posmo/irónicas (“Gurú”, “Cada dedo es un mundo” y otras, hablan de la música, las cuerdas, la distorsión y las tiendas de discos); aunque también hay momentos clásicos, como el fulgor tan “Psychocandy” de “Ni un segundo más sin música” o el reglamentario cover velvetiano (“Fuera de horas”).

Lo que este dúo mexicano propone, sin embargo, innova en su acercamiento al pop: más amigos de las melodías y del minimalismo personalista que de los nubarrones noise, Los Mundos son el vértice de perfecta intersección entre Los Planetas y Él mató a un policía motorizado. Ahí nace “El sol no sabe”, canción del año para este suplemento, una maravilla soleada y delirante como no se veía hace tiempo. Claro, lo punk sigue ahí, pero en una onda más Yo la tengo (“Nunca cambies”, “No me grites”), mientras el contrapeso de sinfonías adolescentes a la JAMC (“Dios y sus negocios”) o el indie destartalado onda Pavement (“Anda”), redondean un grandioso disco debut. “Quiero ser Jimi Hendrix, quiero ser Dave Mustaine”, nos dicen Los Mundos en “Cada dedo es un mundo”, pero no hace falta soñar, pues ya son mejores J. Mascis y Jason Spaceman que la mayoría de nosotros, y eso no es poco.

Nacho Vegas – “La Zona Sucia”

Es de sobra conocida la devoción que en estas páginas le profesamos al asturiano, pero que Vegas no deje de sacar discos magníficos ayuda a explicar su sempiterna presencia en nuestros rankings. Consagrado en sus maneras, estilo, temáticas y técnica desde “Actos inexplicables” (2001), a Nacho le quedaba dar con permutaciones nuevas para su sonido, y en “La Zona Sucia” hace justo eso: retuerce y altera su registro habitual, y al final le sale todo incluso mejor.

Haciendo valer lo que sugirió en sus EPs “El género bobó” (2009) o “Canciones de palacio” (2003), Vegas graba su disco más acústico y concentrado, dejando de lado las inflexiones folk o ruidistas para probar (y refinar) su capacidad para escribir canciones. Al abrigo pop (preciosa “Lo que comen las brujas”) o regresando a sus terrenos más frecuentados, “La Zona Sucia” muestra a un Nacho Vegas maduro como compositor, autor y cantante, sin miedo a experimentar con sus recursos… y es que un hombre que se tiene manía a sí mismo no puede hacer otra cosa. ¿Es este su mejor disco? Ni el tercero, pero seguro el que más canciones coloca en el top ten de su repertorio. Sirva de ejemplo “La gran broma final”, esa canción definitiva que muchos otros músicos matarían por tener, y que Nacho acumula a puñados.

De entrada, en “La Zona Sucia” llaman la atención los arreglos ligeros y elegantes (“Perplejidad”, “Reloj sin manecillas”), en lo que prácticamente podría ser el disco a dúo con Abraham Boba –pianista y director de la banda de Nacho–, que viene hace tanto tiempo anunciando Vegas, dado el prominente rol como arreglista, conductor e intérprete que desempeña aquí Boba. Pero también hay cambios en las estrategias líricas, pues Vegas se hace algo más impresionista y menos narrativo para tratar ese dolor del que no se puede hablar y que marea hasta el delirio (“Taberneros”, “Cosas que no hay que contar”, “La comedia humana”). Más aún, este es un disco desnudo del personaje que Nacho había cultivado en años anteriores, aunque sigue mandando mensajitos a Christina Rosenvinge desde sus canciones –eso sí, ahora ya no de amor (“Incendios” responde frase a frase a por lo menos tres canciones de “Tu labio superior” y, es más, el álbum entero es algo así como un disco de divorcio). En pocas palabras, una obra atrapante, dura y personal, demasiado hermosa para no preguntarse a la manera de Dylan: ¿cómo es posible que alguien disfrute esta clase de sufrimiento?

Juan Cirerol – “Ofrenda al Mictlán”

y “Haciendo leña”

Si nuestra generación se aliena con la música yanqui, la de nuestros padres lo hizo con la mexicana. Es cierto que el imperialismo cultural mexicano ha perdido algo de fuerza en años recientes, pero eso no quiere decir que sea ahora menos afín a la idiosincrasia, atavismos y excentricidades bolivianos. De ahí que a Juan Cirerol lo sintamos tan próximo, a pesar de ser un trovador norteño que dispara corridos punk con la brutal honestidad que sólo se pueden permitir los tipos duros y geniales de verdad; todo con una anfetamínica velocidad que le alcanza para cantar, narrar y comentar sus canciones sin perder el aliento… ¡Siempre en menos de tres minutos!

Nativo de Mexicali, Cirerol es un músico callejero cuyas letras tienen el tufo de Viscarra y la métrica destartalada de The Tallest Man on Earth (o el Jandek más pirado). Un tipo que hace canciones de country-punk de paso fronterizo, como si Johnny Cash hubiese nacido a este lado de Tijuana o los Alegres del Norte fueran carnales de Lux Interior. Su base es el folklore norteño (“Si Si”, “La Chola”, “Se vale soñar”), pero comparte las formas de la expresión popular urbana como cualquier cantante posmo-cool (“Clonazepam blues”, “Toque y rol”), virtud que lo hace heredero de Rockdrigo González, aunque lo de Cirerol es incluso más anárquico (la cita al grupo Bryndis en “I love you” fue suficiente para empujarnos al éxtasis).

Sin embargo, el principal patrimonio del mexicano es su ingenio, capaz de seguirle el ritmo a esa lengua loquísima (“Como la vez carnal”, una declaración de principios) y puteadora (“Vida de perro”) que tiene. A pesar de eso, las canciones de Cirerol son extrañamente pop (“Crema dulce”) y revelan a su autor como un tipo sincero y romántico. “No canto bien pero canto lo que siento con un chingo de sentimiento”, dice Juan Cirerol. Y esa es la clave del éxito de un músico popular con p de pendejo, digo pueblo.

White Ninja – “Sounds like cocoon fever”

El mejor disco de chillwave de 2011 no lo grabó Toro y Moi ni Washed Out, sino el mexicano Leo Marz, y el secreto está en el sabor latino. Tal cual, pues el pop hipnagógico –tecnofantasías musicales truchamente sintéticas, sinuosas y mezcladas a las patadas– es el sonido latinoamericano por excelencia, llámese Miami Bass, cumbia post-punk o Latin House.

El gustito reggae analógico de “El alfa” (otra de las canciones del año) no tiene rival en ninguna disco del mundo, los guiños Kraftwerkianos de “PCU” con un vocalista que suena a crooner sonámbulo, tampoco están tan lejos de los teclados de “Amigos traigan cerveza”, como la ochentera-a-muerte “Regrets are the best” recuerda a Kajagoogoo. Y así, por breve que parezca, el segundo lanzamiento de Marz es un disco maravilloso, mestizo, abigarrado, sacado de un ch’enko temporal, estilístico y sonoro como ningún otro este año… peor que si Giorgio Moroder se llamase en realidad Hernán Rojas.

Fernando Alfaro – “La vida es extraña y rara”

La letra chica del contrato que todo artista firma explica que hay que aguantar ese helado momento de desnudez que sucede al acto creativo. Y eso no es algo que pueda hacer todo el mundo. De entre esos pocos, Fernando Alfaro tiene que ser el que mejor partido le saca al asunto, convirtiendo esa vulnerabilidad en su mejor material compositivo. Así, Alfaro se consagra como un autor que no esconde nada, ni su sufrimiento, ni su calentura, ni mucho menos el fermento terminal en el que se maceró este disco. De hecho, con “La vida es extraña y rara” el de Albacete cierra un lustro de sinsabores personales y profesionales, muy presentes en los textos y aura de estas canciones, que hacen arte de lo confesional (“Extintor de infiernos”, “El dolor del miembro fantasma”).

Y aunque hay mucha desolación y dolor en el disco, las canciones de Alfaro –hechas de objetos cotidianos, de rimas rechinantes y con la producción discreta/pop de Refree– están lejos de la desesperación. Tanto como se alejan de la ingenuidad cínica con la que suele blindarse el pop contemporáneo. Siempre de frente, por implacables que sean los tiempos, las duras composiciones de Alfaro trascienden cuando se entregan al poder redentor del amor (“Camisa Hawaiana de fuerza” o “Teléfono de atropellados”, que es la bellísima canción de amor de un erizo) o celebran la perpleja inocencia del superviviente (“El último crooner santo” o la poderosa “Sin cobertura”). Con semejante paleta estilística, es difícil no ver este disco como el “Grandes éxitos” de un ángel turbio.

Cristina Rosenvinge – “La joven Dolores”

Con tres décadas de carrera y en un pico creativo que ya dura cinco años, no hay reto grande para Christina Rosenvinge –incluso grabar la continuación del monumental “Tu labio superior” (2008). Como para dejárnoslo muy claro, la madrileña abre el disco sin concesiones, con una tierna y dolorosa apropiación del mito de Narciso (“Canción del Eco”), que es además lo mejor que ha escrito hasta hoy.

Alimentada como en su anterior disco por una ruptura sentimental, Rosenvinge utiliza las canciones de “La joven Dolores” para ventilar demonios personales (“Weekend”, “Debut”, “Desierto”) pero sin caer en el patetismo de la prensa del corazón. Con algo menos de concisión temático-sonora que “Tu labio superior”, Rosenvinge completa un díptico extraordinario, en el que caben igual destellos melódicos (“Un hombre muy formal”, “La idiota en Mi mayor”, “Jorge y yo”) que encapotadas narrativas sentimentales (“Mi vida bajo el agua”). Todo envuelto en esa poética autoreferencial, de rubia sofisticada con un toque intelectual, que es su marca registrada.

Mueran Humanos – “Mueran Humanos”

Indie latino dese el otro lado del charco, Mueran Humanos tiene por única tradición la difusa frontera tecnológica que llamamos futuro. Cabalgando un sonido bizarro, tecno-germano por donde se lo vea, Mueran Humanos desenfocan nuestras hipótesis transnacionales con unas letras cantadas con el gélido acento de una Nico gaucha. ¿Raro? Bueno, ¿Qué otra forma podría tener el esfuerzo más importante por renovar el indie argentino desde Juana Molina?

Pero no todo es tenebrismo mecánico en “Mueran humanos”, pues hay espacio para grooves proto-industriales (“Horas tristes”) en los que la vocalista se transforma en Annie Lennox mientras capas de guitarras y sintetizadores nos hipnotizan, o para flirteos góticos (“Corazón doble”, “Leones en China”), terrorismo post-punk (“Festival de luces”) y darkwave de corte clásico. En suma, una mezcla rara de los Psychic TV tardíos y los Broadcast menos pastorales: letras bizarras, poca emoción pero melodías cercanas a las rimas infantiles (“Monstruo”), muy en el espíritu del Nuevo Rock Argentino (sí, de Los Brujos y Peligrosos Gorriones estamos hablando), formando un todo tóxico e indescifrable. Único. ¿Y cómo creen ustedes que Colón se inventó América? Con un sextante y buenas mentiras, así nada más.

Catálogo “Perfecto Discos” 2011

En 2010 estuvimos a punto de incluir “Radio insecto” de Charango en nuestro ranking, pero algún exceso darkie del grupo y un razonable escepticismo nos hicieron vacilar. Por fortuna la paciencia valió la pena, pues en 2011 lo que era flor de un día se convirtió en grandiosa cosecha, incluyendo bandas como Un millón de veces, Visiones de terror, Ella escucha voces y Wou!, un heterogéneo muestreo en el que cabe indie guitarrero, pop hipnagógico y hasta post-punk de manual.

De entre todas estas bandas la más notable (y exitosa) es Un millón de veces, que con “La bomba” grabó la canción indie boliviana de 2011. Combinando una fascinación evidente por El mató a un policía motorizado y su indie noventoso, con toques de los Flaming Lips pre “The soft bulletin”, lo mejor del “Congratulations” de MGMT y hasta alguna sombra de El Otro Yo modelo “Abrecaminos”, los cruceños han dado con una fórmula ganadora e inédita en el país. Y aunque su sonido no sea precisamente original, es sin duda refrescante en ese contexto.

Esta es sólo una pequeña muestra de las sorpresas que guarda el auspicioso catálogo 2011 de “Perfecto Discos”. Ahora viene lo difícil: Separar la paja del grano, conseguir un productor que les diga a las bandas cuando se están pasando de rosca y pueden sonar mejor (o que aflojen un poquito con el porro antes de entrar al estudio, pues no todo lo que se puede tocar se debe grabar…). Como sea, tienen por delante el gran reto de consolidar un sonido, una escena, una industria, y no morir bajo el peso de una gran canción y poco más. Si el mundo no se acaba, el 2012 tiene que ser su año.

Adrianigual – “Éxito mundial”

Jessy Bulbo – “Telememe”

Hypnomango – “Hypnomango” / Rebolledo – “Supervato”

Escuela de Trance – “Doktor Van Der Ger Ger Ger Ger”

Frente Cumbiero – “Frente Cumbiero meets Mad Professor”

Astro – “Astro”

Kali Mutsa – “Ambrolina EP”

Dávila 666 – “Tan Bajo”

Algodón Egipcio – “Lucha constante”

Mentira Mentira – “Meaningmore”



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