Cochabamba, Bolivia, Domingo 1 de enero de 2012
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MEMORIALISTAS & VIAJEROS

Mario Vargas Llosa: “El viaje a la ficción”

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Por: Bartolomé Leal desde Santiago | 01/01/2012


Este ensayo del premio Nobel peruano, publicado en 2009, es un estudio minucioso sobre la obra de uno de los grandes narradores latinoamericanos (suponiendo que tal categoría existe): el uruguayo Juan Carlos Onetti. Abordaje integral a su producción literaria, mechada con referencias biográficas extraídas de fuentes confiables, amplía una línea de trabajo en el ensayo literario donde el autor de “La casa verde” se ha lucido. Sus estudios sobre García Márquez (“Historia de un deicidio, 1971), Flaubert (“La orgía perpetua”, 1975), la novela moderna (“La verdad de las mentiras”, 1990) y José María Arguedas (“La utopia arcaica”, 1996), han sido aportes importantes aunque controvertidos al conocimiento y análisis de estos autores y el género narrativo. Sobre todo por su enfoque adrede sencillo, legible y exacto. Vargas Llosa se revela un lector atento a lo que lee y procura transmitirlo a quienes logran que estos libros de ensayos caigan en sus manos, opacados en general por sus rutilantes novelas.

Un extenso prólogo destinado a mostrar hasta qué punto el novelista es de algún modo el vocero de la tribu, el que cuenta las cosas maravillosas que otros no han contado, tomando como ejemplo su propia novela “El hablador” (1987), le permite situar el marco en el cual analizar la obra de Onetti. La huída del escritor hacia lo que Vargas Llosa llama “un mundo alternativo”, una “respuesta a la derrota cotidiana” produciendo ficción, se halla en el centro de su interpretación de las novelas y cuentos de Onetti. Esta interpretación, aunque aplicable a ciertas obras en particular, no necesariamente exacta para todas, ilumina algunos aspectos de la obra del autor de “Juntacadáveres” y tergiversa otros. Todo lo anterior con la brillantez que a Vargas Llosa le ha dado tantos dividendos. Se le compra, se lee de un tirón.

Vargas Llosa dijo en una entrevista al lanzar este libro que la obra de Onetti: “es una metáfora del gran fracaso de América Latina”. La verdad es que se trata de una formulación audaz (qué menos, viniendo de Vargas Llosa), pero alejada de la realidad de lo que ha sido el desarrollo de la cultura latinoamericana. Algo hemos hecho. Al respecto, son más interesantes las opiniones que el propio Onetti se permite sobre la realidad cultural de su país, que Vargas Llosa cita con fruición. Sobre todo su crítica al criollismo, que el propio Vargas Llosa comparte. De eso trata precisamente su ensayo sobre su compatriota Arguedas. El premio Nóbel nunca deja de traer aguas a su propio y rentable molino.

También ha dicho el divo peruano que Onetti habría rechazado la interpretación de que su obra es una fuga hacia la fantasía y la imaginación, para huir del fracaso. Tiene toda la razón. Onetti se hubiera enfurecido. Tal vez en algunas obras, bien analizadas por Vargas Llosa, como su obra primeriza, la novela corta “El pozo” (1939), esa lectura sea correcta. Pero en el resto de su obra, en “La vida breve” (1950), en “El astillero” (1961), en “Juntacadáveres” (1964), tal afirmación es sin duda antojadiza. Lo que destaca allí, y se admira, es precisamente la justeza del afincamiento de sus personajes a la realidad. Una realidad donde desilusión y sordidez llevan a una forma de vida que impide el escapismo, sino todo contrario, otorga una mayor lucidez, utilizando el pesimismo como arma contra los embates de la burocracia y la tradición que rodean todos los actos. Si hay alguien presente en la obra de Onetti, es la sombra de Kafka, de Gregorio Samsa, de Joseph K.

Vargas Llosa se muestra campeón del elogio con elástico. El elogio que en realidad disminuye. Cuando dice que Onetti es tan buen cuentista como Borges o Juan Rulfo, no está diciendo nada. Son autores tan disímiles entre sí y tan apartados de la estética de Onetti, que uno se imagina que hay gato encerrado. Vargas Llosa opina que mucha de la literatura de Onetti está influenciada por su amistad y conocimiento del argentino Roberto Arlt, a quien de paso maltrata. A no equivocarse. Arlt es un escritor interesante, porteño, provocador. Lejos del arte de Onetti, que no sabía de chistes sueltos. La hosquedad de Onetti no era un artificio de estrella ni un estilo de escritura, era una posición ante la vida.

Afirma Vargas Llosa que Onetti es de alguna manera un existencialista y opina que su obra es comparable a “La náusea” (1938) de Sartre, o “El extranjero” (1936) de Camus. También, nada más lejos de Onetti que estas novelas respetables pero únicas en la obra de sus autores. Si hay algo que caracteriza a la obra narrativa de Onetti es su coherente unidad, cada cuento, cada novela corta, cada novela, es parte de un mismo universo creativo, el de Onetti y su mítica ciudad de Santa María, que es un híbrido de Buenos Aires y Montevideo; no una mera ciudad inverosímil, de fantasía, imaginaria, como parece dar a entender Vargas Llosa. Es interesante lo que cuenta sobre la sabida relación entre Eduardo Mallea y Onetti, diferentes como escritores pero coincidentes en su alta visión de la literatura. Su relación con Borges queda limitada a anécdotas faranduleras.

Los cuentos de Onetti son imperfectos, aunque también geniales. Podrían ser capítulos de novelas o proyectos de novelas o novelas abortadas. Su exceso de personajes, su multiplicidad de escenarios, sus cambios de temple, lo hacen alejarse de los cánones constructivos del buen cuento. Por eso la comparación con Borges y Rulfo, hacedores de cuentos de deliberada perfección, es inconsistente. Lo es también la mención, tópica, que Vargas Llosa hace de Faulkner, quien también produjo cuentos integrados en su obra y en la mítica localidad que inventa, el condado de Yoknapatawpha, una zona rural de Estados Unidos. Pero ésta no tiene nada que ver con la Santa María de Onetti, una ciudad cercana al río de la Plata. La influencia está en la unidad de su universo creativo, en la continuidad de personajes, en las obsesiones existenciales. Faulkner, digamos de paso, fue otro cuentista devoto de la perfección. Tal vez sea uno de los mejores capítulos del libro: Vargas Llosa conoce bien a Faulkner. También tiene razón en compararlo con Céline, otro paradigmático malaspulgas en la novelística del siglo XX.

De todos modos no queda sino agradecer a Vargas Llosa la publicación de este libro, que suponemos no fue una astucia oportunista, una respuesta al mercado dada a luz en el año del centenario de Onetti. Ayuda a leer a este autor que no se entrega fácil, proporciona información conocida que a menudo queda oculta. Permite un viaje confortable por la narrativa del escritor uruguayo. Vargas Llosa, con su prosa prestigiosa, liviana, certificada, y con su incuestionable pasión por la literatura, da un retrato de Juan Carlos Onetti y su obra que ayuda. Novelas complejas son desmenuzadas no siempre de manera feliz, pero siempre hay algún detalle que el culto Vargas Llosa rescata. Allí los onettianos pueden quedar contentos, aunque quizá no con el conjunto. En todo caso, una invitación a leer a este gran maestro, uruguayo universal.

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