Cochabamba, Bolivia, Domingo 18 de diciembre de 2011
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MEMORIALISTAS & VIAJEROS

Martin Amis: “Dinero”

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Por: Bartolomé Leal desde Santiago | 18/12/2011


¿Cómo puede uno, en tanto modesto ciudadano culto de la periferia, vivir tranquilo en estos tiempos sin haber ido nunca a Nueva York, el corazón cultural, qué digo, el núcleo magnético del Imperio? Cuesta asumirlo, ¿verdad? Pues yo he ido, aunque tan poquitas veces que las enumero con los dedos de una mano (y me sobran). En cada ocasión los días que estuve en esa ciudad, más específicamente en Manhattan, son también del mismo orden de dígitos. Mis visitas fueron tan convencionales que casi me avergüenzo: algo de jazz, comida china en el barrio chino, librerías de novelas policiales, el museo metropolitano (y su templo egipcio), una poca de teatro musical, amigos y cine-arte. Nada especial. Salvo, quizá, los claustros. Arriesgué algunas pasadas por los iconos convencionales: la estatua de la libertad, el antiguo edificio más alto del mundo, el parque central, cierto puente célebre y el resto. No más que en una película de Woody Allen: mitología para turistas económicos con pretensiones intelectuales, aunque sin fondo orquestal cortesía de Count Basie.

Pero la Nueva York salvaje, canalla y desenfrenada, la de los verdaderos ricos y famosos que hacen para nosotros de modelos, tanto en materia de comportamientos como de apariencias, la de los protagonistas de la película de la vida, no los comparsas o los imitadores del resto de la geografía del planeta, esa Nueva York, digo, sólo la he atisbado en la literatura. No en el cine, por cierto, un arte demasiado sujeto a restricciones morales y dominado por la estética mercantilista en boga según la época, incluidos actores y actrices más o menos ineptos, destinados a hacer llorar a la gente en su tiempo pero a hacer reír a las nuevas generaciones. Así, pues, un viajero en Nueva York que sea un inglés en busca de limpiarse de la decadencia del ex-Imperio, reconocido además como un as de la narrativa, suena como buen guía. Y uno de los mejores se llama Martin Amis y su novela se titula “Dinero”, publicada en 1984. Lleva un subtítulo que el editor español, entre otras sutiles censuras (no sé si religiosas, comerciales, o ambas cosas a la vez), prefiere sacar de la portada: “Carta de un suicida”. Dice el protagonista: “Calor, dinero, sexo y fiebre: esto es Nueva York, esto es clase, esto es la cresta de la ola”,

Martin Amis practica una narrativa fragmentaria y desordenada que, gracias a su indudable dominio del ritmo para intercalar disquisiciones o diatribas sin que el lector pierda el hilo, permite mantener el interés, qué digo, la expectación, acerca de la alucinante saga de su protagonista, John Self, un director de comerciales que al inicio de la novela llega de Londres a Nueva York con el propósito de hacer su primera película y ganar mucho dinero de la forma más abyecta posible. Es lo único que podría llamar a identificación con el personaje (todo el mundo quiere ser rico, ¿no?), aunque la forma en que Self busca cumplir ese anhelo es deleznable... y peligrosa. Un vicioso fácil, un cínico, un violento, un provocador que ataca a mansalva y que se enorgullece de abofetear a las mujeres. Sus excesos lo van empujando a la tumba, por mano propia o ajena. Con sobrepeso a causa de la comida chatarra, fumador en serie, bebedor fuerte y consumidor de drogas poco selectivo, además de obsesionado con la televisión y alérgico a leer, es consciente de que todo ese desfogue lo coloca en un camino preocupante: “Lo de ser joven me está matando”.

La traducción de Anagrama ofrece un espacio adicional de desquiciamiento, ya que sobreabunda de tal manera en españolismos y españoladas, que de repente uno creyera estar leyendo las confesiones de un torero reventado, cargado a la mala vida, y no las de un publicista exitoso que llega a Nueva York para organizar su siguiente suceso de taquilla. Y, bueno, qué se le va a hacer, no siempre uno tiene disponibles las versiones originales, más no sea a modo de diccionario para descifrar las extravagancias de los traductores españoles. En todo caso, este factor ayuda a hacer de esta novela un auténtico producto del capitalismo trasnacional, postmoderno en su factura, y ochentero en su sentido más peyorativo. Un producto para vender, la literatura cuenta poco. Aunque la novela se encumbra con muchísimos méritos. Y un humor negro demoledor.

Para que capten el estilo de hacer cine del protagonista de “Dinero”, he aquí un ejemplo de cómo se inspira en Shakespeare a su modo: “Estaba en Stratford-upon-Avon haciendo un spot de televisión para un nuevo tipo de invento precocinado de jamón y huevo, la Hamlette. Utilizamos un teatro e hicimos todo el rodaje en el escenario. Había un actor, vestido de negro, con su globo terráqueo y su calavera, al que siempre estaba fastidiando la loca de su mujer. Pero se libra de ella y de repente aparece una tía buena en bragas y sostenes, y cargada con una bandeja que contiene un par de Hamlettes recién salidas del horno...”. Explica: “Nadie puede decir que mis spots sean sutiles. Pero, amigo, con qué rapidez vendían la comida rápida.” Su propia novia, que lo engaña con todos sus amigos y con quien se le ocurre, es una adicta a la ropa interior. John Self la provee de dinero, con lo cual ella satisface sus caprichos en la cama (y donde caiga).

Hablando de viajes, el propio John Self es diferente a otros viajeros ingleses descritos en la literatura como permanentemente nostálgicos de su isla. Nada de eso. Se siente totalmente a gusto en la subcultura norteamericana, mostrando una forma nueva de colonialismo inverso que ha caracterizado a la Gran Bretaña de las últimas décadas. No viaja a Estados Unidos para dominar sino para ser dominado. Desde ya, la pornografía es una de sus adicciones y por ello corre riesgos. No le preocupa. “El dinero es mi guardaespaldas”, afirma. Le queda además un espacio para destacar y recibir adulaciones, un consuelo tal vez: “Nueva York, allí puedes andar por el mundo jodido y ojeroso y todos siguen pensando simplemente, que eres un europeo con mucho talento.” Lo estafan, qué duda cabe. La suya no es la Nueva York de los taxistas colombianos, los garzones cubanos o los barrenderos ecuatorianos.

La elección del reparto para su película da ocasión a una sátira demoledora de los hábitos y vicios del negocio del cine. Actores y actrices aparecen como verdaderos monstruos llenos de pequeñeces, excepto en sus egos, hipertrofiados. Bueno, “Dinero” se alza como una de las mejores novelas inglesas de los años 80 y Martin Amis se revela a la altura de toda una generación de narradores que había sido anunciada por la revista GRANTA, que incluía nombres como Ian McEwan, Salman Rushdie, Hanif Kureishi, William Boyd, Julian Barnes y otros, que hicieron la posta con la generación de Kingsley Amis (su padre), J.G. Ballard, John Fowles, V.S. Naipaul, Anthony Burgess y los demás escritores de la postguerra. Un cambio de enfoque radical respecto de la narrativa, sea dicho de paso.

Martin Amis, autor y personaje, sigue vigente. Opina contra la energía nuclear y a favor de Obama, vive en Uruguay, sus hijas lo hacen abuelo, compra casa en Nueva York, se pelea con los críticos, dicta cursos, lo acusan de racista. Y gana mucho dinero, claro.

www.mauroyberra.blogspot.com



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