Cochabamba, Bolivia, Domingo 7 de agosto de 2011
Ramona
EL CINEASTA ITALO-BOLIVIANO HIZO LA PRODUCCIóN LOCAL DE BLACKTHORN

Paolo Agazzi: “Producir un western ha sido un sueño cumplido”

SEA | 07/08/2011


Paolo Agazzi debió atender nuestra llamada telefónica para entrevistarlo poco después de comunicar públicamente que la premier y el estreno comercial de Blackthorn en Bolivia se aplazarían por una semana, debido a un incumplimiento de la aerolínea AeroSur, que no alcanzó a traer a tiempo al país las copias del filme procedentes de Madrid. Al cineasta italo-boliviano (Mi socio, El atraco), que se encargó de la producción en Bolivia de la cinta dirigida por Mateo Gil, se lo notaba molesto y no sin razón. El incumplimiento de la línea aérea le obligó a cambiar súbitamente el programa de estrenos de la coproducción española-boliviana en el país.

Sin embargo, el enojo de Agazzi fue desapareciendo a medida que comenzaba a recordar las afortunadas circunstancias que lo involucraron en la producción de Blackthorn y a evocar su particular afinidad por el western, un género del que se enamoró cuando era niño. A lo largo del diálogo, su ánimo fue discurriendo entre la alegría de haber cumplido “un sueño” al producir un western, la reflexión tras las dificultades enfrentadas en el rodaje, la esperanza de que el filme sirva también de ventana turística para Bolivia y la preocupación de que las condiciones para hacer coproducciones y emprender proyectos cinematográficos propios en Bolivia están lejos de ser las mejores.

-¿Cómo se involucra Paolo Agazzi en la producción de Blackthorn?

Al productor de Blackthorn, Andrés Santana, uno de los más importantes de España (por películas como El rey pasmado, Días contados), lo conocí en un festival de cine en Tokio, donde él presentaba la película Mararía y yo presentaba El día que murió el silencio. Nos conocimos, nos hicimos buenos amigos, estuvimos en contacto y un día recibí una llamada suya, en la que me dijo que quería hacer una película sobre Butch Cassidy y me preguntó si podía contar conmigo. Yo acepté, por supuesto, y organizamos unos primeros viajes, el primero de ellos con Mateo (Gil) y el guionista, Miguel Barros, por el sur del país. Luego vino Andrés y se fue formando la producción. Entonces, todo empezó a raíz de nuestra relación personal nacida en el Festival de Tokio. No por nada decía Marcos Loayza que hay que ir a todos los festivales, pequeños o grandes, pues uno nunca sabe lo que puede suceder (risas).

Personalmente, para mí ha sido un sueño participar en esta producción, porque soy un gran amante de las películas del oeste, y tengo una colección muy grande de ellas. Creo que la primera película que vi cuando era niño en una sala grande, fue una del oeste. Por eso ha sido también el cumplimiento de un sueño.

- Antes de esta cinta, usted ya había tenido experiencia en la producción local de proyectos extranjeros, como Escríbeme postales a Copacabana (2009). ¿Cuáles fueron los desafíos específicos que le trajo la producción en Bolivia de Blackthorn?

En materia de producción, esta película tenía, desde su concepción, dos dificultades muy grandes: una era la logística y la otra eran los caballos. La logística porque había que trabajar en muchas localizaciones, muchas de ellas alejadas de los centros urbanos, y desplazar un equipo grande (como 100 personas), alojarlo alimentarlo y filmar en localizaciones, como las dos que tuvimos en el salar, bajo condiciones climatológicas muy duras. Y encima estaba el problema de los caballos, porque, claro, acá no tenemos animales entrenados para este tipo de trabajos.

- Pero, haciendo de lado las complicaciones mencionadas, me imagino que el paisaje y el equipo local aportaron mucho para que la película tuviera el acabado visual que tiene…

Una vez más se ha demostrado que los equipos bolivianos, con todas las dificultades objetivas que tenemos, están a la altura de este tipo de producciones internacionales. Puede que a veces falte experiencia, pero eso lo compensamos con entusiasmo, cosa que no siempre sucede con los extranjeros, que son más profesionales y fríos. En el caso específico de esta película, evidentemente había un valor agregado extraordinario, que era el de unos paisajes y unos escenarios, primero, inéditos, nunca vistos y, después, de una espectacularidad única, porque no hay más en el mundo. Espero que esta película sirva también como una tarjeta de presentación desde el punto de vista turístico, porque siempre hay gente que ve en las películas lugares interesantes que quiere conocer. Y ése es también un gran aporte, más allá de lo estrictamente cinematográfico, por supuesto.

- Haciendo un balance de su experiencia en la producción local de películas extranjeras, ¿cuáles cree que sean las condiciones necesarias para intentar regularizar la presencia de equipos y localizaciones bolivianas en proyectos internacionales?

Hay dos situaciones diferentes. Una es cuando prestas servicios de producción y otras son las coproducciones. En el caso de Blackthorn fue una coproducción porque nos presentamos juntos a Ibermedia (la plataforma de fondos para coproducciones de países iberoamericanos), estando España como país principal y Bolivia como coproductor. Eso le da otro enfoque al trabajo. Pero, lamentablemente, a diferencia de lo que ocurre en países como Argentina o Brasil, no existen acuerdos de coproducción entre nuestro país y otros, y eso es muy grave. Los equipos extranjeros se inhiben de venir a Bolivia porque no hay ese marco legal específico para realizar coproducciones, aunque en este caso Ibermedia nos lo dio en cierta manera. Pero lo ideal sería que haya marcos legales para acuerdos entre países, como los que tienen Colombia, Argentina y México. Nuestro objetivo futuro debería ser que se establezcan estas reglas claras de tipo legal.

- Finalmente, ¿en qué proyectos está trabajando, tanto en producción como en dirección?

Hay un proyecto de coproducción con Argentina que esperamos que se concrete en este año o a principios del siguiente. Después, están los proyectos personales, que siempre están ahí, pero que están algo detenidos porque las condiciones del mercado son muy complicadas. El mercado para el cine boliviano, con las últimas obras, se ha reducido de una manera dramática. Con los multicines ha crecido la afluencia del público a las salas, pero eso no se ha reflejado en el rendimiento de las películas bolivianas. Eso es muy triste y se explica por varios motivos que ameritaría un análisis aparte. Lo triste es que el público boliviano le está dando la espalda a producciones bolivianas, por obvios motivos, como las deficiencias de tipo técnico o de tipo artístico. Pero también le está dando la espalda a películas significativas, que merecerían una mejor respuesta del público. A mí me dio pena, por ejemplo, el resultado de taquilla que tuvo Los viejos, una obra interesante. En los últimos dos o tres años, la única película que se ha defendido en la taquilla ha sido la del Pocholo, pero ha sido una excepción.






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