Cochabamba, Bolivia, Domingo 24 de julio de 2011
Ramona
ENTREVISTA AL ESCRITOR PACEñO QUE PRESENTA SU NOVELA EL AMOR SEGúN EN COCHABAMBA ESTE MIéRCOLES

Sebastián Antezana: “Mi novela cuenta el amor, el desamor y algunas de sus formas”

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Por: Santiago Espinoza A. | 24/07/2011


Aunque la práctica periodística lo ha vuelto en una suerte de competencia de la RAMONA, siendo el actual editor del suplemento cultural Fondo Negro de La Prensa, Sebastián Antezana es, en realidad, amigo, lector y hasta colaborador involuntario de estas páginas. Y desde luego, ha aparecido también en más de una ocasión en virtud a su trabajo literario, que en unos pocos años lo ha convertido en uno de los escritores más interesantes y “seguibles” de la narrativa boliviana contemporánea.

Ganador del Premio Nacional de Novela 2008 con La toma del manuscrito, que no pocos –incluido el suscrito- consideran una de las obras más logradas que ha recibido este galardón, Antezana (nacido en México en 1982) estará de paso por Cochabamba para presentar su segunda novela, El amor según (Editorial El Cuervo), en un acto que tendrá lugar este miércoles 27 en la Biblioteca del Centro Simón I. Patiño (Av. Potosí Nº 1450, casi Portales), desde las 19:00. Aprovechando el lanzamiento de su nuevo libro, entrevistamos –vía mail- al autor paceño para indagar en los pormenores de la escritura de El amor según, conocer su valoración de la literatura y del periodismo cultural boliviano y, como no podía ser de otra manera, sacarle algunas palabras sobre el trabajo de otros escritores.

- ¿Cómo nació esta segunda novela tuya?

Voy a ser poco original y prestarme una frase que considero apropiada: “¿Cómo ha sido escrita? Como no debe escribirse nunca un libro: es casi una secreción. Comenzó a vivir bajo la forma de una extraña sensación de melancolía” y luego se concretó -espero- en algo que al momento de releerla me preocupaba mucho: ver si podía explorar un terreno absolutamente distinto, absolutamente nuevo. O sea que nació casi como una necesidad física y con el tiempo y las correcciones fue volviéndose un giro narrativo consciente, respecto a lo que había escrito antes.

- ¿Padeciste, de alguna manera, la maldición de la “segunda novela/obra”, esa que –cuenta la leyenda- persigue a aquellos escritores que, tras un debut exitoso (como fue en tu caso La toma del manuscrito), se sienten demasiado presionados al momento de escribir y publicar su próximo trabajo?

Sí y no. Lo que pasa es que, como se sabe, el subconsciente está absolutamente colonizado, y por eso uno siempre tiene la preocupación -crítica/marketinera- del cómo será recibido el nuevo libro, cómo será leído –si es que lo es en absoluto-, etc. Pero en el caso de EAS (El amor según) la cosa pasó también por otro lado. Me costó muchísimo escribirla, pese a su brevedad me demandó un costo emocional importante y, por eso, finalizarla y lanzarla ya sola a correr al campo fue también un momento de libertad, casi un gesto de rebeldía con una historia que me tenía no poco dominado.



- La anterior pregunta viene a cuento porque en esta nueva novela tuya hay más rupturas que constantes con respecto a La toma del manuscrito, al menos en los aspectos más “visibles”, como la extensión (El amor según es mucho más breve), la ambientación contextual (de una expedición cuasi colonial del África transitas a un lugar y tiempo más contemporáneos, aunque no del todo especificados) o el estilo narrativo (de un registro más coral y polifónico a una historia concreta narrada por un solo personaje). ¿Hubo una intención consciente de escribir algo “diferente” a tu primera novela?

Sí, absolutamente, es distinta en extensión, ambientación, estilo y varias cosas más. Es un poco lo que decía antes: quise dar un giro de 180 grados. Después de LTdM (La toma del manuscrito) me sentí un poco conflictuado. Lo que pasa es que en su escritura me llegó durísimo el síndrome de la primera novela: querer escribir mucho y de lo más posible. Y, bueno, aunque no creo que eso sea algo malo, en esta nueva novela sí tenía la intención expresa de explorar otros registros, otros tonos, otros ritmos, más pausados, menos enrevesados, que dejen de lado el fuego artificial y hablen de algo menos atravesado por el filtro del artificio: la cotidianidad. EAS es un intento de ver –quizás prematuro, quizás no bien logrado, no lo sé- si yo era o no un escritor de una sola línea. En estos días de absoluta ansiedad comunicativa, quería probarme que, dentro de lo que a mí me interesa, podía escribir en más de un nivel. Y, bueno, esta segunda novela es el resultado de ese impulso.

- ¿Qué otras continuidades o rupturas encuentras entre tu primera novela y El amor según?

Creo que hay bastantes más rupturas, fuera del tema de la fotografía y cierta vaguedad policial que es un poco el líquido amniótico en el que se envolvieron ambas en su inicio. Más allá de ello, los intentos de ruptura de esta nueva novela respecto a la anterior son varios y, creo, se dan en distintos niveles: la extensión breve, la estructura casi lineal, el estilo narrativo más bien llano y despojado, el ritmo poco interrumpido, etc.

- Por otro lado, encuentro que hay una “fijación” constante que estaba presente en La toma del manuscrito y que aparece nuevamente en El amor según: las fotografías. De hecho, esta última novela está antecedida de una cita de Susan Sontag sobre las fotos. ¿Qué hay detrás de este interés tuyo por la fotografía?

Me gusta la idea de la mezcla de lenguajes. Creo que lo visual tiene mucho que aportar a lo escrito y viceversa. Y, dentro del lenguaje de la imagen, la fotografía es un espacio privilegiado: la construcción de por lo menos dos temporalidades que conviven en un solo momento, la refracción de la linealidad de la historia y sus consecuencias en las formas de narrar, la radical bifurcación del tiempo que representa una imagen congelada y sus implicaciones en el lenguaje, son instancias cruciales, absolutamente fundamentales, a la hora de construir una historia. Además, las mías, generalmente, se originan a partir de imágenes, algunas formas, unos colores, sensaciones que sugieren un fondo que debe ser desarrollado. Allí hay algo especial.

- ¿Cómo fue el proceso de escritura de El amor según? ¿Cuánto te demoró terminarla?

La comencé a escribir en 2009, en Inglaterra, donde vivía en ese momento haciendo un master. La escribí rápidamente, quizás en dos meses, y lo que me demoró bastante más fue el proceso de corrección, que me duró como dos años. Siempre pasa. Soy puntilloso hasta el hastío a la hora de editarme y corregirme. Creo que precisamente por la brevedad e intensidad de la escritura de esta novela, su corrección fue un proceso largo y meditado.

- ¿Cuál es el origen del título? ¿A qué alude El amor según?

En esta novela que cuenta el amor, el desamor y algunas de sus formas, el título es un intento de marcar una distancia (es decir, es un intento de narrar al amor desde su inverso proporcional), una invitación al lector a completar la historia y un gesto que intenta acercar la obra a la indeterminación, que es una estética a la que en el momento de escribir me sentía muy cercano. Creo que, sobre todo, sin embargo, El amor según alude a un algo inalcanzable, a una imposibilidad de acercarse a algunos conceptos que, en un plano mucho más concreto y pedestre, se traduce también en una imposibilidad mía a definir un título.

- Hay, en El amor según, un personaje interesante, una periodista obsesionada con resolver la desaparición sobre la que gira la novela. ¿Crees que en la construcción de este personaje haya tenido algo que ver tu experiencia como periodista?

En realidad no mucho, creo que ese personaje, Alejandra, funciona mucho más como un mecanismo narrativo, como un argumento que se acopla a otros para hacer funcionar la maquinaria de la novela. Lo que pasa es que, en el fondo, la acción en la novela es mínima, apenas ilustrativa, de modo que los personajes no cumplen grandes papeles más allá de su naturaleza figurativa, casi metafórica. Y creo que eso, también en el fondo, ilustra nuestro propio drama personal, somos personas que viven siendo la alegoría de algo más.



- A propósito, ¿cuál es tu valoración del periodismo cultural boliviano, del cual haces también parte?

Es una pregunta con más de una respuesta o, por lo menos, con una respuesta punteada. El periodismo cultural boliviano, en general, es mediocre. Allí hay un problema de inicio que es de concepto: se confunde –y se fusiona en las páginas de los periódicos y en las secciones de los noticieros televisivos– cultura con las formas más básicas del folclorismo e incluso con la esfera del espectáculo. Esto, por supuesto, es un designio de los directores de contenidos de los medios. Más allá de eso, el periodismo cultural depende en gran medida de la práctica y el consumo cultural, por lo que, inevitablemente, en Bolivia no es todo lo que podría ser. Hay gente que, evidentemente, hace un trabajo muy digno y de absoluta calidad –ustedes son un claro ejemplo, quizás el más claro en el país– pero también otra que asume la cultura como un área que, cuando hay suerte, simplemente debe ser difundida, cuando en realidad debe ser difundida, sí, pero también analizada, problematizada y, cuando lo amerita, puesta bajo un reflector. Es decir, no basta, por ejemplo, con difundir información sobre la presentación de una obra de teatro o un concierto, sino que se debe trabajar más a fondo.

- ¿Crees que tu trabajo como periodista está separado de tu trabajo literario o, por el contrario, crees que son tareas, en alguna medida, complementarias?

Son tareas absolutamente complementarias. Esto puede sonar herético para algunos, pero creo que el buen periodismo –sobre todo el cultural– no está exento de una cuota de ficción. Y más allá de ello, es claro hace bastante ya que las fronteras entre géneros se han ido diluyendo, y cada vez más distintos lenguajes se fusionan y alimentan unos de otros. Cuando esto está bien manejado puede dar resultados sorprendentes. La crónica, por ejemplo, y el periodismo narrativo en general, hace más de dos décadas que se han vuelto de las expresiones mejor logradas de la mezcla entre literatura y periodismo.

-¿Cuál es tu valoración de la literatura boliviana actual?

Creo que pasa por un momento interesante. Se ha hablado mucho de nuevas generaciones y –pese a que el concepto es problemático y eminentemente cíclico, recurrente– creo que lo que está ocurriendo ahora es particularmente notable. Esto, claro, porque Bolivia ha sido mediterránea en más de un sentido por muchísimos años, pero, literariamente hablando, me parece que poco a poco vamos consiguiendo algo parecido a una salida al mar: algunos escritores jóvenes –otro calificativo problemático– están publicando y siendo reconocidos fuera de nuestras fronteras; algunos de nuestros autores ya son nombres reconocidos a nivel Latinoamérica e incluso en España; cada vez se exploran más géneros y estilos de forma consciente y organizada; las editoriales están progresivamente interesadas en sacar al aire propuestas innovadoras, sin descuidar sus usuales apuestas; la única Carrera de Literatura del país recibe cada vez más estudiantes y el movimiento hacia la profesionalización literaria se nota más fuerte. Es claro que falta mucho, pero estos pasos adelante son alentadores.

- ¿Cuál es la última obra literaria nacional que te ha satisfecho como lector y por qué? ¿Cuál es la última que te ha decepcionado y por qué?

Acabo de terminar de leer Hablar con los perros, la última novela de Wilmer Urrelo –que se presenta el lunes 25 en La Paz– y confirma lo que se perfilaba y casi definía en Fantasmas asesinos: él ha conseguido un estilo definido, que en este libro se ha sofisticado a un grado extremo. Se trata de una novela larga, compleja y exigente en su estructura, con una voz narrativa endiabladamente original y volátil en extremo. Lo que ha conseguido Urrelo es casi una proeza porque, en cerca de 700 páginas que coquetean con la estampa urbana y el enigma policial, atrapa de forma magistral la curiosidad del lector y se acerca de manera a la vez explícita y sutil a una violencia que desintegra los cuerpos y las almas, una violencia aniquiladora. No sé si hay algo igual en la literatura boliviana contemporánea. Al otro lado del espectro –¡qué complicado!– creo que la última novela de Silvio Mignano, Nausícaa, una lección sobre el amor, no está en absoluto bien lograda. Tan poco, en realidad, que la tuve que dejar a medias.

- ¿En qué otros proyectos literarios estás trabajando?

En 2009, paralelamente a la escritura de EAS, comencé el proceso de investigación de una novela que aún está en esa etapa y que en poco comenzaré a escribir. Se trata de un proyecto de bastante más largo aliento, parecido en extensión a LTdM, pero que esta vez tiene que ver con algo que me obsesiona y que ha ocupado casi todas mis lecturas libres: la ciencia ficción y las visiones sobre el futuro. Me interesa explorar las implicaciones que la revolución tecnológica y las desigualdades de la vida moderna –además de los discursos regentes de esta post-postmodernidad– tendrán en el futuro en la escritura, y, concretamente, en la escritura de ficción. No soy un fatalista, no creo que el libro vaya a desaparecer, pero sí creo que para él, y para el mecanismo de la lectura y escritura, está cercano a un interesante periodo de indefinición y cambio.

santi.espinoza@gmail.com



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