Cochabamba, Bolivia, Domingo 6 de agosto de 2017
Informe Especial
El profesor cochabambino migró a Estados Unidos hace siete años con el objetivo de generar recursos para su familia. Al principio dice que fue duro.

Manuel asegura que halló un segundo hogar

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06/08/2017

Un grupo de bolivianos, durante una procesión con la Virgen de Urcupiña.

Manuel Andia se desempeñaba como maestro de primaria y, en sus horas libres, especialmente en la noche, tomaba el volante para trabajar y ganarse un dinero extra que reunía para los estudios superiores de su hija mayor.

Sin embargo, el destino se ensañó con el profesor de escuela. Unos delincuentes robaron su vehículo cuando, en un descanso para comer, cerca de la medianoche, había dejado el motorizado a tres cuadras de la Plaza Principal de Quillacollo.

El robo de su vehículo, en junio de 2010, además de privarle de su herramienta de trabajo, le dejó una deuda que había adquirido en una entidad financiera de Cochabamba. Debía todavía 4.000 dólares y su salario de maestro no le permitía pagar las cuotas, menos pensar en ahorrar para los estudios superiores de su hija.

Manuel asegura que, como si de una señal se tratara, José, un amigo suyo que había migrado a Estados Unidos 11 años antes, en 1999, le llamó desde Virginia.

Manuel le mencionó a su amigo la difícil situación económica por la que atravesaba y José le propuso probar suerte en Estados Unidos.

Un mes antes de Navidad, Manuel decidió probar suerte en Estados Unidos. Ingresó en forma ilegal al país del Norte, por el desierto y, después de pasar una infinidad de penurias, se reunió con su amigo y muchos otros compatriotas en Arlington, Virginia.

“Todo comienzo es duro, y más aún en un país ajeno al nuestro. Empecé en la construcción, lavando platos o, durante temporadas, sin trabajo”, puntualiza Manuel.

En más de una oportunidad, el profesor cochabambino recibió comida y ropa de entidades de beneficencia. Hace un par de años, Manuel consiguió un empleo como sereno en una institución y durante el día imparte clases de español a algunos residentes de esta comunidad.

Aunque su situación económica no ha mejorado ostensiblemente, desde 2015 empezó a enviar dinero a su familia que se quedó en Cochabamba, su esposa y sus dos hijas, la mayor que cursa el tercer semestre de la carrera de ingeniería comercial.

Manuel precisa que en Virginia encontró no solo a muchos compatriotas que le tendieron “las dos manos”, sino que también le prodigaron palabras de consuelo en los momentos más difíciles.

Manuel tiene planificado quedarse cuatro años más, hasta que su hija mayor salga profesional, y después de reunir 15 mil dólares, regresar a Bolivia.

Lo que consuela a Manuel es que, según su percepción, varias zonas de Virginia tienen un aspecto similar al valle de Cochabamba, por su naturaleza, su clima y porque, “la mayor parte de los bolivianos es de Cochabamba y me siento como en mi tierra, en mi Llajta”.

El maestro de 48 años asegura que gracias a la fortaleza de la comunidad y a la solidaridad que demuestran unos con otros, muchos de los bolivianos que llegan a Virginia reciben apoyo para conseguir trabajo, un lugar donde quedarse en forma temporal y consejos de quienes viven en ese país desde hace décadas.

Y si se trata de comidas, asegura Manuel, los bolivianos, y especialmente los cochabambinos, tienen a la mano una gran variedad de platillos, desde el tradicional silp’ancho, pasando por el chicharrón, o la chicha, que se consigue en ocasiones especiales.

En cuanto a las danzas, Manuel señala que una de las que más le gusta es el pujllay de Chuquisaca, porque es bien vistosa y le hace recuerdo a su esposa, quien nació en Sucre.

Hasta que sea tiempo de retornar a la Llajta, Manuel trata de hacer su vida más llevadera, cada fin de semana o cuando se da tiempo, juega fútbol con sus compañeros.






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