Cochabamba, Bolivia, Domingo 9 de abril de 2017
Informe Especial
Gracias al apoyo de su familia salió adelante y hoy trabaja en una institución financiera, baila caporales y maneja bicicleta.

Eduardo Martínez logró mucho más de lo que se propuso

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Por: Jhenny Nava B. jnava@opinion.com.bo | 09/04/2017

Eduardo Martínez con su traje de caporal.

Tomar el trufi para ir a trabajar, pasear en bicicleta, cocinar, nadar o navegar por internet son solamente algunas de las actividades que Eduardo Martínez, de 39 años, realiza de manera independiente y con total normalidad.

Su llegada a la familia Martínez Adriázola un abril de 1978 trajo angustia en un momento, porque sus padres no sabían el futuro que le esperaba, sin embargo Eduardo ha sabido forjarse ese camino con mucho esfuerzo y sacrificio y ahora puede valerse por sí mismo.

Cada mañana despierta antes de las 7:00 horas para asistir a su trabajo en una entidad financiera que le abrió las puertas para desempeñarse como mensajero interno.

"Es el trabajo más bonito que he tenido y me encanta estar en contacto con la gente", cuenta. Antes de esa experiencia inició su vida laboral en la empresa Gedesa.

Su vida ha estado rodeada de pasión por los deportes y el baile. Su desempeño como bailarín de caporales lo ha llevado a ser el guía de tropa de los Zambos Caporales, fraternidad a la que ingresó el año pasado, sin embargo estuvo más de 25 años involucrado con la danza que le ha traído grandes satisfacciones.

La natación es otra de sus grandes pasiones que además le ha permitido recorrer el mundo.

"Es el hijo que más ha viajado" cuenta su padre, que hace poco presentó un libro sobre la vida de Eduardo, para guiar a otros padres en la comprensión y manejo del trastorno y conseguir así la superación de los niños.

Desde que era muy chico su padre Carlos Martínez lo impulsó a hacer deportes y Eduardo eligió la natación. Viajó a varias olimpiadas que lo llevaron hasta Irlanda del Norte a competir. Todos los viajes fueron una experiencia de vida para Eduardo que tuvo que aprender a desempeñarse solo fuera de su país.

En su cuarto guarda como un tesoro un medallero con más de 25 reconocimientos que muestra orgulloso a quien lo visita.

EDUCACIÓN Y ÉXITO

Nadie, ni nada le ha cortado las alas a Eduardo al momento de tratar de superarse, pero el apoyo y amor de sus padres y sus tres hermanos mayores ha sido fundamental para esta tarea.

Su madre Virginia y su padre Carlos cuentan que cuando se enteraron de que el bebé tenía el trastorno genético no comprendían bien la noticia y trataron de buscar toda la ayuda posible para sacar a Eduardo adelante, en ese entonces en el departamento había muy poca información sobre el síndrome, pero decidieron buscar terapeutas que lo ayuden a superarse. Foniatras, educadores y fisioterapeutas formaron parte del equipo que la familia eligió para Eduardo. En la casa había un acompañamiento total y se lo trataba como a un niño normal exigiéndole a que aprenda a comunicarse mediante el habla, uno de los problemas que tienen las personas con el trastorno genético para desarrollar.

Actualmente, Eduardo puede tener una charla con cualquier persona.

"Ese trabajo fue costoso, le tenía que enseñar a que no señale las cosas como lo hacía todo el tiempo, sino a pedirlas".

A un principio asistió a algunos centros, uno de ellos denominado Arcoiris donde su tutor le enseñó incluso a movilizarse solo desde los 12 años.

Para lograr su independencia, su madre cuenta como anécdota que lo dejaban caminar solo por la calle, pero que toda su familia se ponía a su resguardo en las esquinas para que no le pasara nada, pero fue así que poco a poco y entrando a la adolescencia Eduardo comenzó a ser más independiente.

“Hoy no tenemos miedo de dejarlo solo, está listo para defenderse en la vida y podemos partir en cualquier momento”, dice su padre.

El único deseo pendiente que le queda por cumplir a Eduardo es el de encontrar una pareja para formar una familia.

Hace algunos años conoció a Pamela, una joven que también tiene el trimosoma 21. Después de más de un año de relación, finalmente sus caminos se separaron.

Sin embargo, “Edu” como lo llaman sus amigos y familia no ha perdido la esperanza de conocer al amor de su vida.

El más querido

Eduardo es el cuarto hijo de la familia Martínez Adriázola y el más querido por sus hermanos y padres.

Cuando su hermano mayor se enteró que tenía síndrome de Down decidió comprometerse a cuidarlo toda su vida








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