Cochabamba, Bolivia, Domingo 2 de febrero de 2014
Escenario Político
ANÁLISIS

Saber hacer

Por: ENRIQUE IPIÑA MELGAR EXMINISTRO DE EDUCACIÓN | 02/02/2014

No fuimos a la escuela y al colegio para quedarnos allí; sino para formarnos y prepararnos, como nos recomendaban los antiguos romanos, que no aprendamos solo para la escuela, sino para la vida (“non scholae sed vitae discimus”).

Pero, ¿qué fue lo que aprendimos en la escuela? Muchos responderán que aprendimos a conocer relativamente las ciencias y las artes, a ser personas responsables y buenos ciudadanos. De acuerdo. Fue así; aunque de manera y calidad diversa, dependiendo de los niveles culturales, económicos y sociales de las familias y de las unidades educativas. Otros - aunque estimo que muy pocos - tal vez responderán que aprendieron a trabajar y a ganarse la vida produciendo bienes o servicios. Pero la gran mayoría de los bachilleres no terminamos el colegio ya formados para trabajar, sino para ingresar en la universidad y adquirir una profesión liberal. Por eso la gran mayoría de nuestros títulos de bachiller solo acreditan que hemos sido formados en “humanidades”; es decir, en ciencias y letras.

Y esa es la explicación de cómo hemos llegado a tener demasiados profesionales licenciados en las diversas carreras tradicionales, pues para ingresar a la universidad el título de bachiller era y aún es el único requisito adecuado e indispensable. Esta manera de organizar la educación, que conduce unilateralmente hacia las carreras académicas tradicionales, ha fomentado siempre la errónea convicción y el prejuicio social de que solamente los licenciados, doctores e ingenieros son “profesionales”, ubicando a los técnicos en un nivel de formación que no era considerado de verdaderos profesionales, cuando en Europa la formación profesional ya era sinónimo de formación técnica.

CIFRAS Hace unos años, en un informe de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) se conoció que de 100 personas que conforman la fuerza laboral boliviana, 13 eran licenciados, en tanto que solo 3 eran profesionales técnicos. Lo normal, según la misma OIT, hubiera sido solamente 1 licenciado, seguido de 19 técnicos y 80 trabajadores calificados por cada 100 personas trabajadoras. Por eso es que ahora, cuando pensamos en industrializar el país y competir en el mercado internacional, necesitamos desarrollar el bachillerato técnico con urgencia, como una alternativa al bachillerato humanístico. De esa forma tendremos bachilleres técnicos; es decir técnicos medios que, con tres años más en el nivel superior, podrán graduarse como técnicos superiores en una amplia gama de saberes apropiados para nuestro desarrollo.

Esta estructura de la educación media o secundaria termina en dos ramas de igual trascendencia y reconocimiento social: la formación profesional técnica y la formación académica universitaria; y tiene muchos años de aplicación en los países industrializados. Ha sido la clave del éxito en la formación de sus recursos humanos para disponer, por un lado, de abundantes técnicos en la medida del desarrollo de sus industrias; y, por el otro, de abogados, ingenieros, economistas y científicos para orientar y dirigir sus políticas nacionales de desarrollo económico y social.

RESISTENCIA Esa es la misma fórmula que los expertos en educación han intentado aplicar en nuestro país desde la última década del siglo pasado. Pero sus recomendaciones y las leyes que las siguieron aún encuentran fuertes resistencias en el seno mismo de la sociedad boliviana; es decir, en las familias. Pareciera que no hay una sola familia boliviana que no aspire a que sus hijos obtengan títulos académicos: licenciados, doctores y otras dignidades que han venido a sustituir a los antiguos títulos nobiliarios, que ya no tienen ninguna importancia. Es - ni duda cabe – una vigorosa reminiscencia de las estructuras sociales heredadas de la época virreinal.

NUEVA COMUNIDAD Solo así el viejo país, acostumbrado a comprar todo hecho, podrá transitar hacia una nueva comunidad humana, en la que sepamos hacer nuestros propios utensilios, herramientas e instrumentos múltiples de trabajo, menaje del hogar, medicinas, materiales y equipos diversos y medios de producción en general, realmente apropiados a nuestras necesidades. Solo así podremos conquistar el derecho a decidir nuestro camino hacia el porvenir sin nocivas dependencias de carácter unilateral o unidimensional. En eso consiste el desarrollo y la madurez de las sociedades modernas.

Y eso es lo que recomienda el Informe Delors, de la UNESCO, cuando propone una mejor educación para el siglo XXI: que junto al ser y al conocer, los niños y los jóvenes aprendan a hacer por sí mismos lo que necesitarán para vivir en este complejo y cambiante mundo; en el que todo el futuro, súbitamente, se ha hecho presente y nos encuentra, a nuestro pesar, sin la necesaria preparación.

Quiero creer que aún estamos a tiempo.

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