Cochabamba, domingo 17 de junio de 2018
ICONOCLASIA

El fracaso de la justicia penal

|  Abogado, licenciado en Filosofía y Letras y docente richi1479@gmail.com | 10 jun 2018

No nos engañemos. Un instinto primitivo pervive tenazmente agazapado bajo el celofán más fino y elegante de cualquier sistema punitivo, así sea este garantista y de vanguardia. Frente al crimen y la barbarie, este instinto no pide justicia, exige venganza. Pero esta rotunda pretensión, aparentemente irracional e incivilizada esconde un razonamiento lógico que es demoledor.

¿Frente a lo irremediable –frente al crimen consumado- qué queda sino es la venganza? Pues, la reparación solo es posible ante aquello que sí tiene remedio. Por eso, el derecho penal suele ser desconcertante, porque navega en esa zona de turbulencia en que confluyen la civilidad y la barbarie.

Entre el crimen y la pena solo existe una diferencia de grado. Ambas constituyen formas de violencia, aunque una de ellas, arbitrariamente legitimada por el Estado y el suplicio de un acusado, en ocasiones, puede ser tan cruel y criminal como el crimen mismo.

Hay mucho de primitivismo en la sociedad que se regodea con la desgracia de quien cae en manos de la “justicia penal”, que aplaude y celebra su encierro y su sufrimiento. Es el mismo instinto atávico que animaba a las masas ante la ejecución de un reo en el patíbulo durante la edad media.

El derecho penal es el crisol que le saca brillo a todas nuestras miserias. Aquí radica la aterradora certeza e infalibilidad del crimen: nos empuja, como sociedad, hacia una brutalidad irremisible y sin retorno. Ante la crueldad del crimen, solo queda la crueldad de la pena. No tenemos alternativas.

¿A qué se debe este albur trágico de la justicia penal? El derecho punitivo está inexorablemente atado al pasado. Salvo algunas excepciones, la justicia penal debe reaccionar ante hechos consumados, acabados, irreparables. A diferencia de otras ramas del derecho, el derecho penal no tiene un futuro a su disposición en el que pueda intervenir para transformar la realidad y restablecer el orden jurídico social, no sirve para resolver conflictos.

Otras áreas jurídicas, en cambio, pueden ser activadas para corregir, a futuro, el rumbo de los acontecimientos: que el deudor pague su deuda, que el progenitor irresponsable cumpla con la asistencia familiar, que el contratante cumpla con la ejecución del contrato y que el propietario despojado recupere la posesión de su inmueble.

¿Cómo interviene en el futuro el derecho penal ante los crímenes consumados (y no nos referimos a simples contravenciones o delitos patrimoniales)? Como dice Carnelutti: “Aquello que ha sido, ha sido; factum, infectum fieri nequit, decían una vez. Nadie puede hacer volver atrás el tiempo. Ninguno, ni siquiera Dios. ¿No hay, pues, remedio para el pasado? Si no fuese así, ¿Por qué se haría el proceso penal? Una oscura a intuición ha llevado siempre a los hombres a creer que exista un remedio”.

El derecho penal está entonces condenado a vérselas con lo irredimible; de antemano, está destinado a fracasar. El daño infligido por el delito es un hecho acabado.

“El remedio al pasado está en el futuro”, nos dirá, tautológicamente, Carnelutti, y añadirá que “no existe otra razón para establecer la certeza del delito, más que la de infligirle la pena. El delito está en el pasado, la pena está en el futuro. Dice el juez: debo saber lo que has sido para establecer lo que serás. Has sido un delincuente, serás un preso. Has hecho sufrir, sufrirás. No has sabido usar de tu libertad, serás encerrado. Yo tengo en mis manos la balanza, la justicia quiere que tanto como pesa tu delito, pese tu pena”.

Pero, ese tipo de justicia vengativa aporta muy poco o nada al futuro. Tiene como fundamento una equivocada extrapolación de la moral al campo del derecho.

En efecto, la virtud ética solo puede ejercerse, en rigor, ante hechos que están en trance de ejecución, para modificar positivamente la realidad, evitando el mal o produciendo el bien, creando, en suma, un mundo mejor. Como diría De Quencey, “cuando un asesinato aún no se ha cometido, es posible considerarlo desde una perspectiva moral y evitar por todos los medios que sea cometido. Pero, una vez que el crimen ha sido consumado, ¿De qué serviría ya la virtud moral?”.

Lo que diferencia un acto ético de heroísmo de un acto de venganza, es que solo el primero. Transforma la realidad, evitando el mal.



Tags: penal,justicia,fracaso,El

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