Cochabamba, jueves 13 de diciembre de 2018

Domi, la atleta que volvió a nacer tras perder una pierna y a su bebé

La orureña sufrió un accidente de tránsito cuanto tenía 19 años y su hijo de 10 meses falleció. Ahora usa prótesis, es gastrónoma y lucha para sacar adelante a su familia. Para ella, el basquet es su mejor “escape”.
| | 12 mar 2018 |

DOMITILA MALLCU POSA JUNTO A UNA PELOTA DE BALONCESTO EN EL PATIO DE SU CASA. BENJAMÍN JAMES





Domitila Mallcu se presenta como Domi. “Dime así. Está bien”, levanta la voz, en una extraña suerte de mezcla entre el modo imperativo y la dulzura de un tono que parece acariciar el aire. Vaya a saber los motivos de su elección. Lo curioso es que cuando los sábados va al estadio de Quillacollo (ahí, ubicado sobre la avenida Blanco Galindo) para jugar al basquet con sus compañeros en sillas de ruedas y dejar atrás la bronca por las cosas que salieron mal en la semana, hay algunos que la llaman “Deysi”.

Y sí. Acercarse a la pelota la aleja de la amargura. Le crea una coraza que la pone a salvo de todo aquello que le hizo mal, de la energía de las personas negativas contra la que batalla a diario, de los propios recuerdos poco amables que suelen aparecer de forma sigilosa e intensa. La pelota, sin dudas, es su “cable al cielo” (y no a tierra), es la mejor forma que encuentra la orureña, de 44 años, para sonreirle a la vida, a una que decidió, sin más, calzarse el traje de “docente estricta” para que la nueva “alumna” aprendiera a ser fuerte cuando solo tenía 19.

No pisaba los 20 cuando recibió el primer y más duro golpe. Los datos son los elementales para comprender el contexto. Preguntar y repreguntar en el ida y vuelta; y hacer piruetas que atenten contra la intimidad para escabullirse en el relato más ensimismado a fin de obtener detalles, para nada viene al caso.

Entonces, la información es la que sigue. Era 1992. Domi transitaba por la calle como cualquier día, en Quillacollo. Y no estaba sola. Cargaba a su bebé Iván, que en ese entonces tenía 10 meses. De pronto, la situación se tornó confusa. Lo que rememora la basquetbolista es que se encontró con un panorama desolador: había perdido toda la pierna derecha y también la vida de su hijo, producto de un accidente. Fueron víctimas de un choque. De paso, su esposo la abandonó.

Hacer danzar de nuevo en la memoria el recuento de los hechos es y será siempre algo doloroso para la orureña. Recordar es volver a vivir y aquel...aquel ha sido el acápite que cualquiera querría desprender de su libro personal, aunque ello implicara que la historia quedase incompleta.

“Parecía que el mundo se acababa. Estaba en el hospital. La verdad, no entendía nada. Más que todo, tuve fuerza por mi hija Sarita, pues yo había crecido sin madre. Sara tenía 4 años. Es una cosa inaceptable. Me sentía muy mal, ya no quería vivir”.

El proceso fue largo. Ahora es madre de cuatro hijos: Sara, de 28 años, Emanuel, de 21, Miguel, de 17, y Brenda, de 9.

Usa una prótesis que le permite caminar, cocinar y trabajar, a costa de un cansancio que no es leve, pues concentra gran parte del peso corporal en su lado izquierdo.

Trabaja en la Alcaldía de Quillacollo. Allí le dieron labores de gastrónoma (heredó las habilidades culinarias de su mamá, a quien solo tuvo hasta los 8 años). Domi les prepara el almuerzo a más de 800 estudiantes del colegio San Martín de Porres y está “contenta” con lo que hace. Sin embargo, no existió trampolín mágico alguno en esta historia. Antes tuvo que ingeniarse para tejer “chambritas” y elaborar manualmente unas billeteras para venderselas a una señora a cambio de unos pesos.

Cuando la situación mejoró, adquirió un kiosko, que montó en el mismo sitio en que vivía junto a Sara, en la Blanco Galindo.

“He luchado bastante. Me quise superar (llora)”, relata la basquetbolista, que el año pasado salió subcampeona con Quillacollo en el Nacional de Villazón y que en 2015 brilló con el primer puesto en la carrera sobre silla de ruedas en Tiraque.

También estudia. No terminó el colegio secundario cuando era adolescente y decidió ponerle fin a la asignatura pendiente. Es por eso que regresa a casa a las 23:00, luego de pasar clases.

“Siempre pido a Dios que mis hijos sean educados y que valoren lo que tienen. Quizás, de aquí a un tiempo, podamos adquirir algo para no ir de casa en casa (alquila)”.

No es solo una tregua lo que Domitila merece. Las pérdidas en la balanza pesan mucho. Es hora de que se equilibre la palanca.

Estudia

La orureña cursa su último año de bachillerato. Terminar el colegio secundario era una asignatura pendiente en su vida.

1 aspecto resalta en el caracter de Domitila: no le gusta perder durante el juego. “Así motivo a otras compañeras y les digo que con la lucha se obtiene todo lo que uno desea. Hagan deporte”.





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