Cochabamba, sábado 24 de febrero de 2018
Desde Afuera

Hijos sin identidad

| | 09 feb 2018

Blaise Pascal, que además de físico y matemático era filósofo y lo mismo investigaba sobre los fluidos que se zambullía en la teología, pronunció en su tiempo, allá por el siglo XVII, una frase tan magnífica como irrefutable: "el corazón tiene razones que la razón no entiende".

El amor, ya se sabe, difícilmente se puede explicar con ecuaciones y teoremas, cuando nadie sabe de dónde viene y a dónde va. Por eso es tan complicado que, cuando atrapa a alguien con sus ocho brazos de pulpo, este se pueda escapar, por más que sepa que tal sentimiento puede venir acompañado, en ocasiones, de toda suerte de problemas.

Al igual que la física nos enseña que los imanes poseen dos polos magnéticos denominados polo norte y polo sur y que los polos iguales se rechazan entre sí, mientras que los opuestos se atraen, en las relaciones suele pasar que el alma gemela resulta ser, precisamente, la que menos se parece a la propia. Y está muy bien. Nada como complementarse y enriquecerse. En lo físico, en lo intelectual y en lo cultural.

Porque aunque algunos lo consideren imposible, también gentes de distinta cultura, nacionalidad e incluso religión pueden llegar a enamorarse e intercambiarse con agrado lo que cada uno tiene, por distinto que sea. En la mezcla y la diferencia están la sabiduría, el conocimiento y ese ampliar los horizontes que permite aprender más y comprender mejor.

Pero -hay peros en todas las cosas-, tiene sus riesgos, sobre todo en el caso de que se rompa el amor y haya hijos compartidos. Y por lo que vemos cada día con mayor frecuencia, a veces son de tal magnitud, que no se sabe si merece la pena correrlos.

En estos tiempos de aldea global, el mundo se ha achicado, pero las fronteras de los países siguen siendo férreas para los asuntos familiares. Sucede incluso dentro de la UE que ahora, preocupada por la cantidad de casos que afectan a ciudadanos de dos patrias de su circunscripción, empieza a valorar la posibilidad de una legislación común, que proteja a los hijos en todo su territorio.

Los hijos llegan, por lo general, gracias al amor, pero ¿qué sucede en las parejas formadas por miembros de distintos países, cuando el sentimiento se agota y cada uno quiere vivir en su lugar de procedencia? ¿Qué pasa entonces con los hijos y hasta con los perros, que no se pueden devolver como "el rosario de mi madre" y que siguen siendo hijos de los dos, hasta que la muerte los separe?

La realidad obliga a la reflexión en España, tras los casos de María José Carrascosa, a quien el litigio por la custodia de su hija, de padre norteamericano, le costó 14 años de cárcel; de Juana Rivas, quien pese a justificar su huida con sus pequeños por malos tratos ha sido acusada de sustracción de menores y es posible que tampoco se libre de la prisión; o de Antoni Miquel, que lucha con todas sus fuerzas para evitar devolver a su hija a Chequia, en contra de su voluntad y la de la niña, como ha ordenado el juez tras reclamarla su madre.

Son solo algunos ejemplos entre tantos otros, incontables tanto en España como en el resto del mundo, de los que nunca se enteran más que los cercanos. El problema parte de que no existe una legislación internacional y los padres tienen que repartirse a los hijos según las leyes de dos países; pero aunque la hubiera como pretende la UE, ¿cómo repartiría los hijos el rey Salomón? ¿Acaso si decidiera dividirlos en dos alguno de sus progenitores desistiría por amor y sería el que luego recibiría a los niños completos? (...).

Tomado de la agencia EFE



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