Cochabamba, domingo 19 de noviembre de 2017
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OIKOS

Primer año de Oikos

| | 15 nov 2017

El primer año de publicación de esta columna trajo consigo una diferencia fundamental en el tratamiento del tema ambiental en un medio de comunicación. No se trata de una columna de opinión, sino más bien del análisis de temáticas específicas, basado en información científica. Se expusieron temas álgidos que aquejan a los ecosistemas, pero también a nuestra seguridad a mediano y largo plazo. Se hizo notar que tanto las autoridades como el público no se sienten inmiscuidos en la temática ambiental. Y es en esto que hoy quiero hacer hincapié. Los desastres que ocurren en el planeta siguen percibiéndose como algo lejano y extraño a nosotros. Esa percepción es, por lo menos, irresponsable. Cuando preferimos hacer ciclovías, reconstruir plazuelas y organizar ferias de la comida, en vez de solucionar la contaminación atmosférica (CA), falta de áreas verdes, carencia de agua, deforestación, etc., solo estamos demostrando ignorancia, incompetencia en nuestra relación con el entorno, y sacamos a relucir nuestra cultura displicente, individualista y cortoplacista.

Nuestra mentalidad dicta que consideremos que la responsabilidad de cambiar recaiga siempre sobre alguien más. No hemos logrado trascender nuestras limitaciones para situarnos como parte del problema. Cuando nos afecta un desastre, no vemos que fuimos nosotros mismos los que directa o indirectamente causamos aquel daño. “La Pachamama otra clase está”, decía un líder como muestra burda de nuestro divorcio del medio ambiente.

Algunos se han dado cuenta de esto, pero, lejos de educar para cambiar, se han dado a la vulgar tarea de manipular. Existen muchos ejemplos de esa manipulación. Tenemos el caso de la laguna Alalay en Cochabamba, donde se ha llegado incluso a utilizar a líderes vecinales para restar autoridad al Crempla (Comité de Recuperación, Mejoramiento y Preservación de la laguna Alalay), anularlo y negar la existencia de un riesgo para la salud pública; peligro tan grande como aquel referido a la CA en la ciudad.

En este último tema, sabemos que la principal fuente de la CA proviene del parque automotor y de las ladrilleras, pero no se han tomado en cuenta otras fuentes como los ríos y lagunas urbanas que emanan metano, sulfuro de hidrógeno y cianotoxinas. Estas moléculas no son parte de las partículas PM10, cuya concentración es indicadora de la calidad del aire, pero también pueden tener efectos comparables o incluso peores. Autoridades y transportistas negocian nuestra salud y seguridad como si se tratara de objetos comercializables, y con pleno conocimiento de que se produce un promedio de 160 muertes cada año por la CA. Pero aún así se construyen ciclovías y se planifican trenes de baja capacidad para una ciudad que no cuenta con la infraestructura adecuada para darles cabida. Y se lo hace porque asegura votos.

Sí, ha sido un año de exploración de la psique ambiental cochabambina y boliviana, un tiempo para darse cuenta de que en esta lucha somos ellos (a los que les dimos el poder) y nosotros, pero que en conjunto somos los artífices de nuestra vergonzosa situación actual. Es hora de decir basta al siempre hallar una llanura de paja en ojos ajenos, sin ver el gran tronco que ciega nuestra propia visión.



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