Cochabamba, domingo 19 de noviembre de 2017
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MIRADAS ANTROPOLÓGICAS

Violencia marital

| | 14 nov 2017

Una problemática bastante complicada en el mundo andino es la violencia marital. Sánchez Parga, antropólogo ecuatoriano, en “Por qué golpearla” (1990), señala que la violencia es inherente no tanto a la relación de género, sino a la de marido y esposa. Plantear el problema como restringido al marido elude el tratamiento sociocultural del mismo. En ese contexto, nos hacemos muchas preguntas: ¿A qué se debe tanta violencia marital? ¿Será el alcohol, los celos o que el hombre se siente inferior frente a la determinación de la mujer? ¿Habrá relación entre violencia sistémica y violencia marital?

La cosmovisión andina nos refiere un pensamiento dualista. Toda realidad se la mira en términos binarios, es decir, de los opuestos complementarios. De manera que esta forma de organización se manifiesta hasta en los niveles más variados de representación de la realidad. En esta lógica, en las culturas de los Andes, es posible concebir los encuentros que reproducen formas violentas, cuyo significado sirve para restablecer el equilibrio.

El mismo autor señala: “El tinku es la institución que mejor simboliza las implicaciones de esta violencia. Al ser una lucha ritualizada donde se encuentran dos grupos de una misma unidad social, es una forma de desahogar las agresividades y de poder rescatar un nuevo ciclo de relaciones amistosas, de intercambio y solidaridad”. En otras palabras, es una catarsis social. Y si relacionamos el matrimonio como el sistema de representaciones binarias, hombre-mujer, opuestos complementarios, esta violencia marital responderá a la misma lógica, es decir, la agresión, más que desatar el conflicto, significará la reproducción de las relaciones de la pareja. Otra catarsis para lograr el equilibrio.

En la investigación, “Por qué golpearla” hay algo que llama la atención: se trata del dominio de la virilidad del hombre frente al grado de percepción que tiene del poder de la esposa. Si pensamos en declaraciones expresadas por hombres violentos, ellos no titubean en afirmar que la mujer no le consulta para nada las decisiones que hay que tomar. Mientras él trabaja y vive fuera de la casa, ella cría a los hijos, trabaja y genera recursos económicos, se ocupa de la comida y no hace faltar nada. Aparentemente, esto lo aleja simbólicamente de su hogar y explica la agresión “sin motivo”. Así se entiende que se emborrache para golpearla y la mujer disculpe al hombre porque “estaba borracho y no se acuerda”.

En todo caso, pareciera que existe la dificultad de una comunicación verbal, la misma que supuestamente es un rasgo cultural de las sociedades tradicionales andinas, donde, según Sánchez Parga, “hay resistencia a la acción de hablar, lo cual significa una cierta violencia. Asimismo, existe una oposición simétrica entre la violencia física y la violencia verbal entre marido y esposa”. Pese a todo, la esposa no se queja del hecho de ser golpeada, sino del exceso de los golpes y principalmente de la frecuencia.

Sin justificar en absoluto, nos preguntamos lo siguiente: ¿Será posible que las formas de exclusión, explotación y dominio que sufre el hombre en un determinado ámbito sociocultural se reproduzcan en formas de agresión y violencia hacia su esposa, hijos y sociedad en general?



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