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PARALAJES

Democradura

| | 12 nov 2017

El autoritarismo del siglo XXI en realidad fue una invención del siglo XX, del Partido Revolucionario Institucional, en México. El PRI fue el maestro de la ultra-hegemonía; creó una dictadura de partido de predominio incontestable, aunque sin necesidad de proscribir a los otros partidos ni de suprimir por completo la libertad de expresión, de asociación y las libertades políticas –como ocurrió bajo otros sistemas de dictadura partidaria más secante. El PRI, aunque de manera imperfecta, manipuladora, inconsistente y corrupta, respetó en lo más esencial el juego de la democracia liberal. Por esta razón, en el albor del siglo XXI, finalmente perdió el poder ante otro partido competidor (el PAN, de derechas), el cual tuvo que trabajar en condiciones adversas, varias décadas, para lograr socavar la hegemonía y el monopolio político establecido por el PRI. La democracia bajo el priismo estaba envilecida; era, virtualmente, “la dictadura perfecta”. Y pese a todo, el mantener las formas de la democracia, así sea como “farsa”, permitió que el partido imperante fuera finalmente derrotado. Mucho puede haber tenido que ver, tanto en la estabilidad y larga duración del régimen, como en el hecho de su pacífica y democrática conclusión, el hecho de que lo importante era que prevaleciera el partido, y no algún caudillo supremo y único.

Es verdad que el PRI volvió al poder recientemente, pero bajo reglas y condiciones fundamentalmente diferentes. Esto muestra que las formas son importantes, que tienen un efecto más allá de lo formal. El hombre como animal simbólico no puede prescindir de las formas en prácticamente ningún aspecto de su quehacer. Hay quienes desprecian las formas en la vida pública por cuanto ven en ellas el sostén de ficciones e hipocresías. Pero, las formas en la política son de suma importancia. En el siglo XXI, la dictadura pura y dura, la dominación descarnada sin contemplaciones, resulta repudiable e ilegítima a nivel planetario. Por esa razón, los caudillos y partidos políticos de escasa vocación democrática o libertaria, y con pretensiones de dominio perdurable, no se permiten desmontar por completo las estructuras de la democracia formal, en particular en el aspecto electoral y jurídico. La legitimidad que brindan los comicios electorales les resulta imprescindible. Los pronunciamientos judiciales les brindan una pátina de legalidad. Prefieren ser genuinamente populares y mayoritarios, pero, si no lo son, están dispuestos a la manipulación. Si la popularidad ya no está en el grado deseable, entonces queda el recurso de dar la apariencia de popularidad, que es lo que finalmente importa.

En este nuevo siglo, el paradigma de tal modelo de política lo representa el Gobierno de Putin. Bajo un ropaje electoral, prospera un régimen fuerte con visos de perdurar por mucho tiempo. Toda oposición ha sido efectivamente neutralizada. Kásparov, excampeón mundial, y acaso el mayor ajedrecista de la historia, ha tirado la toalla y ha renunciado a su nacionalidad rusa. Putin es muy popular (por encima del 80 por ciento ), sobre todo en las regiones fuera de las principales metrópolis (Moscú y San Petersburgo). El pueblo añora la perdida grandeza del mundo soviético, unida al aún más viejo sentimiento de un destino mesiánico de Rusia en mundo.

Turquía ha virado en similar dirección. El fallido conato de golpe contra Erdogan no ha hecho sino fortalecerlo, como acaso pasó con Chávez tras el golpe de 2002. Por último, China ha detenido la liberalización que parecía el curso natural e inevitable de una nación que es ahora la primera potencia industrial y comercial y que había apostado por la integración en los mercados mundiales, aunque sin abandonar su dictadura de partido clásica. La reciente designación/entronización del poderoso Xi Jinping (tildado de “nuevo Mao”) consolida el modelo capitalista autoritario chino.



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