Cochabamba, domingo 19 de noviembre de 2017
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La voz del estigma

| | 11 nov 2017

Amanece en la Facultad de Humanidades de la Universidad Mayor de San Simón. De repente, los estudiantes y docentes madrugadores nos topamos con cientos de panfletos que empapelan sus muros. Curados de espanto, el asunto no sorprendería más de lo habitual (o sea casi nada), si no fuera que esta vez lo antiestético del asunto raya en lo obsceno. No solo es la cantidad de panfletos a full color que aparecen, no solo es el pegante utilizado que los sella de forma irremediable a las paredes arruinándolas sin remedio, sino es lo grotesco de la acción y contenido que causa la repulsa de moros y cristianos, incluso de los estudiantes, los supuestos autores.

En un espacio tan violento como es el de la universidad, en esta tierra de nadie donde impera la ley del más fuerte y la cruel política del palo y la zanahoria, que impone premio para el amigo y castigo y muerte para el contrincante, el acoso político es moneda corriente, y una de sus formas se traduce en lo que Hans-Joachim Neubauer llama la “voz del estigma”, materializada en panfletos, pasquines y libelos que circulan por sus muros físicos y virtuales. En ellos, muchas veces, el prestigio, el buen nombre, la experiencia académica o laboral, ya sea de docentes, estudiantes o autoridades, son trizados por anónimos infamantes.

Valga la oportunidad para vomitar con absoluto desprecio sobre esta práctica ruin y cobarde. A pesar de que en la universidad se han volatizado la ética, la estética, los valores y la decencia, aun así me es imposible comprender la actitud de algunos docentes y estudiantes que promueven o aceptan la producción anónima de este material, peor aún si está respaldada desde la academia. ¿Cómo es posible que docentes utilicen a estudiantes para este fin? ¿En qué cabeza cabe enseñarles a huir de la responsabilidad, incentivando los escritos anónimos, la creación de cuentas falsas, o ya también enseñando a no colocar el nombre de la persona a la que dirigen sus ataques?

Me tocó escuchar un comentario de una docente que validaba esta práctica, señalando que era el único camino que contaban para denunciar la inmensa corrupción e ineficiencia de docentes y autoridades, y no ser sujetos de represalias. Discrepo completamente. Y ojo, soy la primera en incentivar la denuncia a toda falta de ética, a cualquier abuso y corrupción, valoro infinitamente la crítica fundamentada. Es más, si esta denuncia y crítica se hacen con estilo, ironía, sarcasmo, humor, o ya también, con veneno y ulupica, bienvenida sea, siempre que uno se haga responsable de lo que dice y a quién lo dice.

Enseñar con la acción y el ejemplo a los estudiantes a ser irresponsables y cobardes con el pretexto de futuras y desagradables consecuencias es contribuir a la deformación de su carácter. ¿Qué se quiere y qué se tiene? Miserables que lanzan la piedra y esconden la mano, canallas solapados que contribuyen con sus actos a consolidar una cultura institucional violenta y carente de ética. Es más, considero que les hacen un flaco favor, porque no les permiten expresar con libertad su pensamiento y ejercer con autonomía su liderazgo.

Para terminar, y volviendo al panfleto de marras, un añadido más, mi protesta vehemente e indignada ante el desprestigio que este y otros de la misma calaña hacen de la “honra” de las mujeres, cuando supuestamente esta “honra” no obedece a las pautas de una sociedad tradicional y machista ni responde tampoco al imaginario masculino de liderazgo ¡Qué fácil e indigno atacar a las mujeres de esa manera!



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