Cochabamba, domingo 19 de noviembre de 2017
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DESDE EL CUARTO PROPIO

Si lo dicen las misses

| | 08 nov 2017

Más que controversiales han sido las posturas que se han generado a partir de la inesperada intervención de las concursantes a Miss Perú que, al momento de presentarse, en lugar de dar sus medidas sorprendieron a la audiencia lanzando las escalofriantes cifras de violencia contra las mujeres en el vecino país.

La polémica se suscita entre posturas que celebran una supuesta “revolución” en los certámenes de belleza y aquellas que denuncian un intento de atenuar las críticas de las que han sido objeto estos concursos, utilizando de manera oportunista la temática de la violencia contra las mujeres para reimpulsar Miss Perú, en el marco de una estrategia de marketing.

Para varias personas, lo ocurrido en el Perú es un aporte a la visibilización de la violencia ante la indiferencia con las muertes, violaciones y violencia contra niñas y mujeres que existe en nuestras sociedades. No importan los esfuerzos que han realizado diversas expresiones de los movimientos de mujeres para mostrar repudio y rechazo contra la violencia, si lo dicen las misses el asunto se vuelve público e inunda los medios de comunicación y redes sociales. Para otras, es una contradicción lo que se dice en un evento que pretende ser un instrumento de denuncia de la violencia machista, pero que promueve la “cosificación” de las mujeres, la valoración de la apariencia física antes que la condición de ser humano con derechos, y reforzar la competencia entre mujeres para lograr la aprobación patriarcal, lo que subraya la idea de que las mujeres son propiedad de los hombres.

Aunque es necesario reconocer el impacto que causó la iniciativa de Miss Perú en espacios en los que no se había logrado incidir desde los movimientos de mujeres, también es fundamental dejar claro que no se trata de una “revolución” feminista. Algunas feministas nos alertan sobre el riesgo de algunas iniciativas que parecen inocuas y que, al contrario, contribuyen a banalizar la violencia contra las mujeres, usándola como producto mercantil e invisibilizando el origen de la violencia contra las mujeres, ignorando que se trata de una problemática estructural que se alimenta de las relaciones desiguales de poder, que no son cuestionadas desde la “espectacularización”. La violencia contra las mujeres no es ningún show.



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