Cochabamba, domingo 19 de noviembre de 2017
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MIRADAS ANTROPOLÓGICAS

El oscurantismo de Occidente

| | 07 nov 2017

Las primeras menciones sobre la mujer posmenopáusica se hallan en el Génesis, en el pasaje de Abraham y Sara, quienes reciben la visita de ángeles que les prometen recuperar la fertilidad. La voluntad divina le confiere a Sara la capacidad de engendrar un hijo. Aquí se destaca el carácter sobrenatural del trato entre Dios, Abraham y Sara.

En tiempos antiguos, la mujer quedaba encinta desde las primeras ovulaciones, y los embarazos sucedían continuamente. Su espaciamiento estaba asegurado por periodos de lactancia, durante los cuales se suspendía la función ovárica. En estas condiciones, la menstruación era un fenómeno raro, al menos en la mujer adulta. Asimismo, la esperanza de vida era baja, y la mayoría de las mujeres moría antes de la menopausia.

El antiguo mundo grecorromano no hace referencias a la menopausia. El “Corpus Hippocraticum” se refiere en forma ambigua, en “El tratado sobre la naturaleza de la mujer”, a un cuadro de amenorrea que podría corresponder al climaterio, como a una amenorrea instalada durante la etapa fértil. Recién en el papiro egipcio de Ebers (1400 a. C.), se hace referencia precisa a la menopausia y a las sensaciones de calor comparables a los sofocos. La civilización pagana relacionó la menopausia con la espiritualidad, similar a la tradición hebrea y judeocristiana. Platón, en “El Banquete”, se dedicó a las teorías sobre el amor y el impulso erótico, y confiesa que todo lo que sabía del amor aprendió de Diótima, una mujer posmenopáusica.

Durante la Edad Media, las descripciones sobre la menopausia fueron escasas y esporádicas. Sin embargo, en las sociedades feudales se destaca una noción desfavorable de la mujer posmenopáusica. Por ejemplo, la indemnización por la muerte de una embarazada era igual a la de un soldado, pero en el caso de la posmenopáusica la suma era casi nula. En este periodo, desarrollaron la idea de esta fase, relacionada con lo maléfico.

A partir del siglo XIV, la mujer posmenopáusica fue considerada la imagen de lo marchito y la decrepitud. La poesía francesa fue despiadada en la descripción de los cambios corporales de la mujer, sobre todo con los órganos relacionados con la procreación. Así lo hicieron Jean Le Fevre, en su retrato de “La bella de antaño”, y Deschamps en el “Lamento de una vieja sobre asuntos de la juventud”.

Durante el Renacimiento, las expresiones de la pintura de Leonardo procuraban mostrar el paso del tiempo. En la “Muerte de Adán”, que Piero della Francesco realizó en la iglesia de San Francisco de Arezzo, el anciano Adán conserva sus proporciones corporales. En cambio, Eva evidencia el paso del tiempo con sus pechos flácidos y la presencia de una destacada giba. El desprecio en contra de las posmenopáusicas aparentemente concluyó después de un siglo. En 1776, el inglés Fotherhill sugiere que el retiro de la menstruación podría ser de origen hormonal. En 1816, De Gardanne identifica científicamente con el término ménopause.

La teóloga Jacobelli, en “Risus Paschalis” (2004), estudió las raíces históricas y antropológicas del goce sexual en este periodo. Y sobre este punto, señala que el Domingo de Pascua, en Europa entre el 852 a 1911, los curas en la misa, para causar la risa en el pueblo, recurrían al imaginario sexual.



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