Cochabamba, Bolivia, Sábado 16 de diciembre de 2017
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Machuca

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Por: MARCELO DURÁN V. | 16/12/2017 | Ed. Imp.
El higo no es una fruta, el tomate no es una verdura. La lluvia cae a 28 kilómetros por hora. La Tierra rota a una velocidad de 1.609 kilómetros por hora, pero se desplaza a través del espacio a la increíble velocidad de 107.826. Hace poco han determinado la velocidad del Sol en 864.000 kilómetros por hora. La homosexualidad en animales se ha comprobado en más de 1.500 especies. La luz del Sol tarda 8 minutos y 19 segundos en llegar hasta Tierra. La ciencia ha traído un nueva forma de ver y entender todo lo que nos rodea en base a hechos concretos, medibles, tangibles y comprobables. Pasamos de creer que la Tierra estaba encima de una tortuga gigante a encontrar el Bosón de Higgs. Desde los hermanos Wright hasta el primer hombre en la Luna pasaron solo 66 años. Sin embargo, todavía nos gobierna el prejuicio, el desconocimiento y sus terribles consecuencias (racismo y xenofobia, por ejemplo).

Hace unos días, se viralizó un mensaje en redes sociales que mostraba la foto de una mujer morena con un niño rubio en brazos, dentro de un bus, bajo la premisa de que “aparentemente no es su hijo” y de que se trataría de un posible caso de rapto de menores. Los comentarios no se hicieron esperar. Entre frases como “el olmo no da peras”, muchos justificaron esta acción como una manera de “prevenir” y “ayudar a difundir” la voz de alerta. El resultado final: el niño es albino. La madre sí era su madre. Podemos decantarnos en una sesuda discusión alrededor de este hecho. Pero quiero poner un ejemplo, un ejercicio transgresor llamado Machuca. En 1973, antes del golpe militar en Chile, un sacerdote de avanzada resolvió que la mejor manera para construir una mejor sociedad era permitiendo espacios de encuentro. Por lo tanto, como director de un colegio de clase alta en Santiago, invitó a varios chicos de las poblaciones que vivían allí cerca a pasar clases junto a sus distinguidos estudiantes. Unos bajaban de un Mercedes, otros de sus abarcas. Pero este experimento no era para dualizar en lo bueno/malo, rico/pobre o arriba/abajo como aparenta, sino para probar que todos somos iguales en una misma esencia, y que, dentro del aula, lo único que importa es aprender el lenguaje universal de la ciencia. Les recomiendo que vean esta película chilena: “Machuca” (2004), con sus hijos, en familia, como un ejercicio para descubrirnos más allá del color de piel o del origen étnico o social. Vivimos un país fascinante, rico en cultura, pero contagiado por el miedo, por esta enfermedad que no nos deja ver más allá de nuestros muros, de nuestras alarmas y cercos eléctricos. Es verdad que hay peligro y debemos estar atentos. Pero, ¿qué tal si en vez de sacar una “foto/denuncia” hubiéramos conversado con la mamá y nos hubiera contado sobre su hijo albino? ¿Estamos enseñando a usar celulares y ya no a hablar con personas?


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