Cochabamba, Bolivia, Martes 17 de octubre de 2017
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Mal del siglo

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Por: RAMÓN ROCHA M. | 17/10/2017 | Ed. Imp.
Esa frase del siglo 19 se expresa hoy en la brecha generacional y el monopolio de la comunicación por los poderosos, que han dictado una consigna: textos cortos y diseños “con aire”. Nadie quiere devolver los periódicos al viejo arte de leer porque “se ven grises”.

Un pueblo mal informado, un pueblo que no lee ni los periódicos, ni textos cortos, ¿cómo va a defender la auténtica democracia? Pasaron casi dos siglos y en el 21 tenemos también crisis de creencias y de valores, que ya anunció el romanticismo. No todo era el optimismo huero del sistema capitalista, la creencia en el progreso indetenible del mercado mientras se prohibía la actividad sindical, se reforzaba a la Policía y la jornada de ocho horas, los beneficios sociales, las vacaciones pagas parecían inalcanzables.

También había poetas malditos, sitios oscuros de la conciencia de un sistema que hacía más pobres a los pobres y más ricos a los ricos. Los pobres serían carne de cañón de dos guerras mundiales y emergerían de ellas con vocación de paz y de amor, mientras los privilegiados por el sistema saldrían más ricos de la carrera armamentista.

Hablo de poetas malditos como Goethe, Lord Byron, Larra, Poe, o los franceses encabezados por Baudelaire, Verlaine, Rimbaud, quienes no disimulan su decepción y hastío por el sistema en el cual le tocó vivir.

Los expertos atribuyen este vacío existencial a la apuesta por la razón que se puso vigente con la Ilustración y el pensamiento de Descartes, del cual son deudores los Enciclopedistas con su cientificismo y el abandono de la filosofía como cosa del pasado.

El crepúsculo de los filósofos, del cual habló Giovanni Papini. De este linaje son Virginia Woolf, Alfonsina Storni, el existencialismo, la generación beat, los beatniks y los hippies; los opositores a la guerra de Vietnam y a cualquier otra guerra que emprendan los poderosos para vender sus armas.

Aquí hay que inscribir también el surrealismo, el teatro del absurdo, la revolución del 68 y la desconfianza de las y los jóvenes sobre el dictado de sus padres, tan afín con el sistema, que quiere volverlos santitos, buenos chicos, trabajadores, adictos al sistema, y considera un problema tener hijos libres, que hagan su voluntad y su vocación.

Los medios cada vez más desprovistos de contenido, el poder armamentista, el control de los países ricos sobre las economías de los países pobres, pero además el concepto de democracia formal, es decir, occidental, está matando la voluntad popular.


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