Cochabamba, Bolivia, Domingo 15 de octubre de 2017
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Abogacía y justicia

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Por: RICARDO ARELLANO C. | 15/10/2017 | Ed. Imp.
A los abogados siempre se los ha despellejado inmisericordemente en el patíbulo de la opinión pública, y han sido blancos fáciles de inmerecidos vituperios. Y es que en el ejercicio de su profesión, el abogado libra descomunales batallas en que se enfrenta a su propia humanidad, a sus incertidumbres existenciales y a sus certezas morales. Al abogado se le exige proceder con veracidad y franqueza, al servicio de la verdad y de la justicia; sin embargo, se le exige también confidencialidad y lealtad con su cliente. Se le reconoce el derecho a la libertad de defensa, que implica la libertad para aceptar o rechazar cualquier asunto en que se requiera su patrocinio, y al propio tiempo, se le recuerda que debe actuar con probidad, y ponerse al servicio únicamente de causas justas. El abogado debe recorrer entonces, como intrépido volatinero, la delgada cuerda tendida entre el bien y el mal, aferrado únicamente a su consciencia. La inviolabilidad en el ejercicio de su profesión es el salvoconducto que se concede al abogado, para cruzar esa línea trémula y peligrosa, pues fuera de la posición de confort en que lo blanco es blanco y lo negro es negro, la humanidad se debate en un limbo lleno de matices y claroscuros en el que la definición del bien y del mal depende del juego de contrastes y de la perspectiva, y en que muchas veces, la criminalidad es solamente un peldaño de más o de menos en la escala de la legalidad. Y es precisamente en ese limbo, donde la humanidad linda con lo inhumano, en que se ejercita el abogado, por lo que, quizás, este último se encuentre “más allá del bien y del mal”, es decir, más allá de las definiciones convencionales de lo bueno y de lo malo.

Por eso el desprecio de muchos se cierne, sin contemplaciones, sobre los abogados. Estos han tenido que descender hasta el inframundo de las pasiones y sentimientos más abyectos de los humanos para descifrar las claves de su injusticia, o quizás, las razones de su “inhumanidad” (porque hasta el homicida ha tenido razones que lo han precipitado a la barbarie, aunque ello no justifique moralmente su conducta). Pues, a diferencia de lo que pensaba la filosofía platónica, la justicia no es un arquetipo que resplandezca impoluto en un topus uranus y que se alcance estirando la mano hacia el firmamento. Es un rescoldo de esperanza, un destello de virtud, enterrado entre las cenizas y la escoria. El abogado debe escarbar en las entrañas de ese cenagal, y así rescatar un resto de luminosidad de entre las tinieblas. Luego de peregrinar en las oscuras galerías subterráneas del alma humana, el abogado asciende a la superficie y nos planta en la cara aquello que preferimos ignorar: nuestra intolerancia, nuestra falta de empatía con el prójimo, nuestra crueldad y nuestros vicios. Tal vez por eso, porque los abogados nos recuerdan que somos imperfectos, que tenemos un lado oscuro y demoniaco, que somos incapaces de hermanarnos sinceramente y de ser solidarios (y por ello, los buscamos para hacer simples transacciones), es que los despreciamos. Ellos nos aterrizan a trompicones en nuestra mezquindad, desgarran el velo de Maya (o de la diosa Temis) y nos muestran el rostro desfigurado de nuestra inhumanidad. Como decía Montaigne, “la naturaleza misma ha dotado al hombre de cierto instinto hacia la inhumanidad”, y el abogado lo sabe; sabe que en la franja claroscura en la que esta condenado a existir, la barbarie no es cualitativamente distinta a la civilidad, es solo un paso de más o de menos en la apretada línea de la existencia. Sabe que hasta el criminal más avezado tiene su lado humano, y que debajo de las conductas más nobles e intachables, se agitan, pugnando por aflorar, sentimientos viles y perversos.

Por eso, es labor del abogado humanizar la justicia, hacerla no imperfecta, pero sí sensible a las diferencias e imperfecciones del comportamiento humano, algo más que un mecánico y ciego pesaje de pretensiones en una balanza. El abogado está para recordarnos que, frente a la utópica justicia divina y a la barbárica “justicia” por mano propia, la justicia terrenal de los tribunales es la única valiosa y recomendable para el hombre. La conducta humana imperfecta solo merece los premios y castigos, las recompensas y sanciones imperfectas que aplica una justicia terrenal imperfecta. El rigor y precisión implacable e irreversible del paraíso o del infierno son excesivos y desmesurados para los simples mortales.


Tags: abogacía, justicia




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