Cochabamba, Bolivia, Martes 10 de octubre de 2017
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La violencia contra la mujer

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Por: RAMÓN ROCHA M. | 10/10/2017 | Ed. Imp.
Durante el Festival Internacional de Cultura en Sucre, la escritora Rosario Barahona Michel nos enseñó cuán importante es el estudio de la historia para explicar que no vivimos una época excepcional, sino que hace siglos que las causas de la violencia contra la mujer son múltiples: económicas, sociales, culturales, ideológicas y no solo legales. Como buena historiadora en ese paraíso de los libros que es Sucre, Rosario leyó fragmentos de procesos coloniales en los cuales los varones castigan con extrema crueldad a las mujeres y no reciben ningún castigo.

Hubo un proceso seguido de oficio por la Audiencia de Charcas contra Manuel Dávila, quien vivía en amasiato (concubinato) con Manuela García. Manuel asesinó a Manuela en estado de ebriedad y salió libre por declaraciones de testigos, todos varones.

En 1808, hubo una denuncia interpuesta por Francisco Rojas, padre de Manuela, de quien dice que contrajo “una amistad bajo la palabra de matrimonio con un hombre pasajero y pardo” (negro o mulato), quien le dio mortales puñaladas a Manuela, mientras el asesino permaneció libre.

Eugenia Grosoley cuenta a la Audiencia cómo Francisco Castaño la llevó de noche “con feroces sablazos” y, en total desnudez, la acomodó en un potro y la azotó “con un verdugo” durante dos horas de los pies a la cabeza; y así amaneció atada al potro del tormento. Son lecturas de Rosario Barahona en el fondo Expedientes Coloniales, a raíz de una consultoría sobre violencia de género.

La rememoración de Rosario se produjo al encontrar en Yotala un santuario con los huesos de Manuela Cárdenas, cuya alma transita las calles coloniales porque murió trágicamente, según el fervor popular. Dicen que su alma goza de la dicha eterna, pese a que en vida sufrió el tormento de educar en la pobreza a ocho hijos.

Erbol registró, en junio de 2016, 2.700 agresiones contra mujeres. Y nada ha cambiado desde hace siglos. Ya no se puede “padecer la ineficiencia del sistema”, como dice Rosario, o hacer suyas las biografías de madre y abuela. Quizás la razón está en el fuerte dominio de la sociedad patriarcal, que siempre otorgó autoridad al varón. En el siglo 19, distinguidos pensadores franceses no eran partidarios de hacer estudios de campo: bastaba visitar la cocina donde habitaban sus atribuladas mujeres, tan necias y limitadas como los negros, porque sus cráneos eran similares de pequeños. Estos prejuicios apuntan a causas múltiples, a la conformación global de la sociedad colonial, republicana y actual, y no solo al agravamiento de las penas, que sería una torpe medida parcial, exclusivamente jurídica.


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