Cochabamba, Bolivia, Viernes 28 de abril de 2017
Editorial

El lamentable rol de la OEA

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28/04/2017 | Ed. Imp.
Si la muerte de un solo ser humano es ya muy lamentable, lo es más la de casi tres decenas de personas. Tal es el saldo de, entre civiles (la mayoría) y oficiales de seguridad, víctimas del actual conflicto venezolano que, a lo largo de un mes, ha dejado también cientos de heridos y más de mil detenidos. Desde esta tribuna, condenamos con dureza la violencia, provenga esta de la represión de las fuerzas del Estado, de grupos paramilitares o de manifestaciones opositoras que dejan de ser pacíficas. Ninguna vida vale un Gobierno o una ideología.

Por otro lado, ya lo dijimos hace una semana, fallecido Hugo Chávez y sin dotes iguales de liderazgo, su sucesor, Nicolás Maduro, afrontó con poco éxito los problemas en curso desde fines de la década pasada. Una política monetaria errante, el cierre de la frontera con Colombia, el ahondamiento del autoritarismo represivo y la corrupción, junto a una desinstitucionalización estatal, agravaron el cuadro hasta llegar a este punto de un conflicto iniciado en la misma llegada del líder bolivariano al poder, en 1999, desde cuando fue resistido por las élites de su país.

Reafirmamos de igual modo que no compartimos el total respaldo del Gobierno boliviano a su par venezolano. Por más aliado incondicional que haya tenido el Ejecutivo nacional, no puede ahora pasar por alto la severa crisis y ofrecer un recíproco apoyo incondicional, cuando se sabe que hay serios errores políticos y de gestión que deben ser superados, y que hay escasa voluntad para ello.

Dejando sentadas tales posturas, sostenemos de igual modo que es por demás lamentable el rol que ha cumplido la Organización de Estados Americanos (OEA) en el conflicto. Y es que el organismo, creado en 1948, si bien en décadas pasadas tuvo iniciativas valorables en cuanto a la defensa de los intereses del hemisferio, no pudo nunca alejar el halo de la injerencia de las potencias del continente.

“Desde el mismo momento de su nacimiento, la OEA se enfrentó a las visiones propias de los países latinoamericanos y caribeños (…). Decir que está dirigida por Estados Unidos no resulta un brindis a la retórica antiimperialista. No hay más que ver su financiamiento para entender de modo claro a quién obedece y para quién trabaja. Estados Unidos financia el 80 por ciento del presupuesto del Sistema Interamericano de Derechos Humanos, que se ha convertido en los últimos años en la principal punta de lanza contra el Gobierno democrático de Venezuela”, señala un artículo del Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (CELAG).

Y, más allá del mencionado Sistema, desde que en mayo de 2015 asumió el cargo de secretario general de la OEA, el uruguayo Luis Almagro no ha hecho más que profundizar los ataques contra el Gobierno de Maduro, tomando partido explícitamente y sin matices por la oposición, y así renunciando al esperado rol de mediador de la crisis. El que fuera Canciller del Gobierno izquierdista de José Mujica no escatima adjetivos para referirse al Ejecutivo venezolano, así como tampoco gestiones para lograr la condena al mismo por parte de la comunidad regional. Tal papel, en vez de acercar a las partes, polariza mucho más a una nación profundamente dividida, a la que le cuesta ahora hallar una salida pacífica y democrática a sus problemas. Tan estridente fue desde el inicio lo de Almagro, que el mismo Mujica —también crítico del chavismo y respetado por izquierdas y derechas— lo cuestionó ya a fines del 2015: “Lamento el rumbo por el que enfilaste y lo sé irreversible, por eso ahora formalmente te digo adiós y me despido".

Por lo anterior, no aplaudimos, pero tampoco nos sorprende que el Gobierno de Venezuela haya determinado el pasado miércoles iniciar su salida de la OEA, decisión cuyo inicio de trámite ha aplazado hasta hoy. En lo poco que resta para el cumplimiento de tal amenaza, ojalá tanto Almagro como Maduro reflexionaran y comenzaran un diálogo que en primer lugar frene la violencia.


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