Cochabamba, Bolivia, Sábado 6 de agosto de 2016
Opinión

Martin Schmid, constructor de hombres

MIREYA SÁNCHEZ E. Licenciada en Filosofía y Letras, magíster en Estudios del Desarrollo, docente e investigadora mire_sanchez@hotmail.com | 06/08/2016 | Ed. Imp.


En clases del diplomado en Investigación Intercultural, algunos compañeros melómanos comentaron la música barroca de las Misiones. Acordaban que el Festival Internacional de Música Renancentista y Barroca Americana Misiones de Chiquitos constituye, a nivel mundial, el circuito más importante en este tipo de música. Fue nada más escuchar aquello para evocar con enamorada añoranza la imagen de Martin Schmid, sacerdote jesuita y extraordinario arquitecto de los más bellos templos construidos en tierras de la Chiquitanía.

Las iglesias barrocas mestizas de San Javier, San Ignacio, San Rafael y Santa Ana de Velasco, San José y Concepción fueron construidas bajo su dirección. Son tan magnas y bellas, que fueron declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Pero no acaba ahí la grandeza del misionero. Schmid fue también músico de enorme talento. Espíritu privilegiado, desbordó la labor evangelizadora, otorgándole un carisma distinto a través de la educación, particularmente de las artes.

La música, la fabricación de instrumentos, la construcción de iglesias, de retablos, del dorado de los altares ocuparon buena parte de su tiempo. Su legado es inconmensurable. Siglos después, pueblos enteros dan fe, a través de su música, de sus monumentos, artesanías y cánticos, de la presencia de este extraordinario ser humano. Conocemos mucho de la historia de las Misiones por las cartas que enviaba a sus superiores, pero quizá esta, escrita en 1744, es la que revela a plenitud su carácter: “Pienso que Vuestra Reverencia se preguntará: ¿Qué es del longilíneo Schmid?, ese misionero en el nuevo mundo del otro hemisferio. ¿Vive aún, o está muerto y desaparecido? Respondo en pocas palabras: Vivo, y gozo en general de una buena salud constante; mejor dicho, llevo una vida más que alegre, deliciosa. Brevemente: canto, taño instrumentos, juego; más aún: danzo, bailo. ‘Magnífico misionero —dirá Vuestra Reverencia— si es que eso agrada a sus superiores’. Más misionero —digo yo— y precisamente por eso misionero, porque canto, taño y danzo. Sé que la predicación de la palabra de Dios es un deber para el apóstol, pues en la Biblia dice ‘sus palabras se difundirán hasta los confines de la Tierra’. Como sabrá Vuestra Reverencia en el mismo lugar dice ‘su sonido se difundirá’, donde me es lícito y me agrada interpretar ‘sonido’ como ‘canto’. De esta manera canto con la voz, canto con los órganos, canto con las arpas, las trompetas, las chirimías, los clavecines, los violines y los violones. Más aún, enseño a cantar a los niños, hijos de los indios, aún cuando (se trate de instrumento que) yo no haya tocado anteriormente”.

Schmid fue culto, polifacético, amante de los indios y amado por estos; “constructor” en el sentido más amplio del término, según la mirada de Joseph M. Barnadas. Vuelvo a pensar en él y en su maravillosa obra, producto del encuentro amoroso de dos mundos. Sí, digo amoroso porque solo el milagro iluminado del amor y de la belleza del canto parece haber hecho posible semejante transformación, la de él, la de aquellas gentes.


Tags: martin, schmid, constructor, hombres




  • QUIENES SOMOS:



Copyright © 2003-2018 Opinión. Todos los derechos reservados.