Cochabamba, Bolivia, Miércoles 28 de marzo de 2012
El País

La pobreza viaja en expreso

Por: La Paz / Anf | DELINA CORTES ALCÓN | 28/03/2012 | 10:49

“¡Ceja, Villa Adela!, ¡Hay asientos! ¡Villa Adela!”. Don  Fausto,  un heladero con  mandil amarillo, camisa celeste, pantalón de tela color café, zapatos negros y una gorra amarilla que le cubre el rostro ya envejecido, grita eufórico, convocando a los pasajeros. Vende helados dentro y fuera del Expreso, mientras anuncia para el chofer del bus. Su cálida sonrisa y buen humor se hacen visibles en el trato con los clientes, pero más aún con los chóferes, con quienes tiene una relación amigable y hasta confidente.

Don Fausto –y otros como él- alterna día por medio en el trabajo de heladero dentro de la línea del Bus Expreso. Su forma de retribuir a los choferes es en dinero o con productos, con helados, como en su caso. Los vendedores de salteñas, como Evaristo, pagan el apoyo de los choferes a sus ventas con una salteña y anunciando para ellos gratuitamente hasta que el bus se llene e inicie su recorrido desde la Plaza Alonso de Mendoza de la ciudad de La Paz.

Una fila de una veintena de impacientes pasajeros se extiende frente al hotel “Señorial Montero”. “¡Ay!, por qué tardan tanto. Ahí está el bus parado. Por qué no baja rápido”, protesta doña Juana, una ama de casa que se dedica al comercio y vive en Villa Adela. “Bajé para vender algunas medias y pantis. Soy una de las mañaneras y siempre subo a estos buses, porque son directos, pero a veces tardan mucho y hay que esperar largo rato”, explica en la fila.

“¡Ya, pues, maestro! Ya es hora. ¡Mira, tanto te estamos esperando!”, protesta doña Anastasia, mujer de pollera de 40 años y un bebé en la espalda, que se acerca hasta la puerta del bus, estacionado en la plaza, para expresar su reclamo. “Ya vamos a salir; esperen no más, porque al chofer –que es él mismo- le han quitado los policías su licencia de conducir”,  responde Rubén Chávez. Pero, media hora después, pone en marcha el vehículo hacia la parada. La licencia era un pretexto para esperar que la fila creciera y así alcanzar la hora del medio día, la que congrega a una mayor cantidad de pasajeros que suben a la Ceja y Villa Adela.

Don Rubén abre las puertas, mientras se escuchan nuevas protestas. “¡Se están colando!, ¡Coladores atrás, hemos esperado tanto tiempo, tienen que ir atrás!”, grita Mariela, estudiante de la UMSA. “Cada día bajo con 10 ó 20 bolivianos, dependiendo si voy a almorzar aquí abajo o en mi casa”, cuenta. “Pero este transporte, aunque me hace esperar mucho tiempo, me hace ahorrar dinero, por lo menos para las fotocopias de la universidad”, agrega. Mariela ahorra entre dos y tres bolivianos por día, entre 15 y 18 por semana y entre 60 y 72 bolivianos por mes. El costo del pasaje de los minibuses es de entre  2 y 2,50 bolivianos en los horarios pico y 1,50  en los de menor demanda.

“¡Ceja, Ceja, 1,50! ¡Hay asientos, Ceja!”, continúa Rubén Chávez,  chofer asalariado que trabaja en esta línea desde  hace  17 años. “Nosotros no podemos salir así, vacío. Hay que esperar a que haya fila para ganar algo, que sea hora pico”, dice al explicar la tardanza.  Según la presidenta del “Sindicato Mixto de Transportes”, María Mamani, el costo del  pasaje no cambia ni en los horarios pico. Es fijo. “Los adultos, pasando la Ceja, pagan 1,80 bolivianos; los universitarios 1,50 y los escolares 1,20”, aunque las tarifas no siempre se respetan.

Las personas de la tercera edad, mujeres embarazadas, señoras con bebes en brazos y  discapacitados ocupan los asientos de las primeras filas. A pesar de que el bus ya está lleno, el chofer sigue recogiendo pasajeros a su paso por la Avenida Montes. Algunos deben viajar parados y otros, incluso, sentados en el motor o colgando de las puertas. Por ahorrar 1,50 ó 1,30 bolivianos, muchos viajan parados, porque a esos centavos les dan otro uso de compra.

“Yo me subo aquí, porque ahorro para el pan. Así no más, no se puede gastar dinero ya. Caro es el minibús y en las noches no hay, mientras que el bus nos recoge aunque ya no haya asientos, nos lleva con bultos, todo nos lleva,  no nos riñen ni nos cobra más”, dice doña Dionisia, quien se sujeta con fuerza de los agarradores metálicos de los asientos.

Un pasajero de tercera edad  afirma que utiliza el bus porque va directo a su casa: “No corro el riesgo de quedarme en la Ceja y que me asalten. Es más, no pago otro pasaje y me evito estar esperando minibús,  porque se llena rápido; mejor es esto, incluso más barato”. Están “viejitos, pero bien”, dice.

Unos se tambalean, otros se chocan, se empujan y se aferran a las barandas metálicas para no caer encima del otro. Los asientos lucen viejos y rayados,  con leyendas “Te amo”, “Tú y  yo”, “Lorena y Pablo for ever” y algunas groserías. Las cortinas, sucias y empolvadas, hacen más evidente la situación precaria de los vehículos, su mal estado y falta de higiene. “Todos los domingos hacemos limpieza del carro”, asegura el ayudante Pedro.

El bus se cruza en la autopista La Paz-El Alto con otro vehículo Expreso plantado en medio de la carretera. Don Rubén se detiene para subir a los pasajeros que se quedaron en el lugar. “Los llevo, porque es mi compañero y tenemos eso de norma, tenemos que ayudar al otro”, aclara. Los buses sufren este tipo problemas,  sea porque les falla el motor o las llantas, lo que genera molestia entre los pasajeros. “Una vez me pasó eso. ¡Ay no! No sabía qué hacer en medio de la calle, noche también, con bultos. ¡Ay no! Ni qué hacer. Sé renegar siempre. Le sé reñir al chófer. ¡Por qué no te has revisado tu auto! Sé reclamarle, por suerte otro bus nos sabe recoger, sin cobrarnos nada”, recuerda doña Julia, ama de casa y comerciante.

El chofer admite que el mantenimiento es caro. “Las llantas cuestan caro, el motor, todo traga este bus, para nosotros queda poco para llevamos a la boca un pan”, argumenta Chávez. Destaca que si hubiera apoyo del gobierno, como en el caso de los Especiales de hace años, su situación sería mejor. “Nosotros servimos al pueblo, por ellos estamos trabajando”, dice.

“Los compañeros están sobreviviendo. Esto es una lucha por la sobrevivencia, porque muchos están dejando este oficio, se han ido a trabajar en flotas, minibuses, y ahora solo quedamos unos 15 y apelamos a la conciencia de los pasajeros, porque se trabaja por los más humildes, por la gente de escasos recursos”, afirma María Mamani.

El bus llega a su destino, Villa Adela. Descansa de cinco a diez minutos y vuelve a salir. Doña María registra la hora de llegada y salida y con voz de mando ordena a todos los hombres que trabajan en la Asociación ponerse en fila y mantener los buses en orden de llegada.

Don Max, chófer de 50 años, ya está listo para bajar a la ciudad  y arranca su motor, con una cantidad mínima de pasajeros. “El amor a este trabajo es lo que me mantiene aquí”, comenta. Doña Filomena, mujer de pollera y esposa de don Max, cuenta: “Poco se gana en este trabajo; por eso yo le ayudo a mi esposo, anunciando o cobrando el pasaje. No es caro, porque es un  boliviano hasta la Ceja y 1,80 hasta Villa Adela. De ahí, no mas se va para al mantenimiento del auto; diesel, llantas, motor, se invierte, caro es, en dólares”.

Los vehículos son de los años 70, importados de China, Europa y Estados Unidos. Son de medio uso. Los motores, cambios, aceite y llantas tienen costos elevados y, debido a su antigüedad de estos, los precios de los repuestos oscilan entre los 50 y 200 dólares. El valor del bus para la venta es de entre 8.000 y 12.000 dólares, precio que varía según el estado del vehículo. Los nuevos cuestan entre 25.000 y 30.000 dólares.

Doña María dice que enviaron una carta al presidente Evo Morales para que los apoye y dote con nuevos buses, como préstamo, que ellos pagarían poco apoco, con su sueldo.

Están esperando su respuesta. “Así no vamos a poder subsistir, tal vez desaparezcamos  y quién saldrá más afectada será la gente humilde, la gente de escasos recursos, ellos van a salir perjudicados si desaparecemos”, afirma.

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